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Desde que Madara Uchiha tuvo uso de razón, una verdad se grabó en su alma: en su mansión, presentarse como Omega era la maldición más cruel y despiadada que podía existir.
No hizo falta que alguien se lo dijera; fue testigo de ello, día tras día, en el silencio cómplice de los pasillos y en las miradas vacías de los condenados.
Lo observó.
Observó cómo todos lo Omegas de la manada eran tratados peor que basura, forzados a una existencia de sumisión, silencio y oscuridad.
Ser un Omega era una sentencia de por vida.
Sus vidas no les pertenecían. Eran sombras funcionales, confinados a las labores domésticas: limpiar, cocinar y servir.
No vivían: existían y sobrevivan, segundo a segundo, en ese mundo cruel.
Desafortunadamente, su presencia iba más allá de lo doméstico. Eran objetos sexuales, cuerpos a disposición de la lujuria de cualquier Alfa que pasara por allí.
Los vio, innumerables veces, ser jalados del brazo por un hermano, padre, primo, tío, abuelo o un simple visitante, y arrastrados hacia cualquier habitación desocupada para saciar su lascivia.
Y los vio salir con los ojos brillantes de una humillación que nadie más parecía notar.
Cada vez más rotos. Cada vez menos vivos.
Si un Alfa se fijaba en uno de ellos, el destino era inevitable: un matrimonio forzado.
No existía la opción de negarse; era una orden, un trámite para ceder los pocos derechos que le quedaban a su nuevo dueño.
Sin embargo, ese contrato cruel tenía una grieta: si el Alfa no lo marcaba, el anillo de matrimonio era solo un adorno.
La pesadilla continuaba, pues otros Alfas seguían teniendo derecho a usarlo a su voluntad.
El cuerpo del Omega seguía siendo un territorio que podía ser profanado por todos, hasta que una mordida lo reclamara como propiedad exclusiva.
Por eso, ver a un Omega salir de una habitación con una marca sangrante en el cuello, aunque fuera llorando, no era una escena de dolor, sino de alivio.
No era felicidad por unir su vida con la persona que amaban — ese sentimiento no existía dentro de aquellos muros —, sino por la seguridad que esa marca significaba.
Se volvían presas de un solo depredador.
Madara lo entendió demasiado pronto: los Omegas preferían mil veces vivir un infierno con un solo verdugo que ser el juguete de todos.
También entendió que los Omegas con mayor suerte, eran aquellos que salían de esas habitaciones envueltos en sábanas blancas manchadas de carmesí, liberados para siempre de su calvario.
Creció viendo cómo los Alfas quebraban, día a día, cada vez más, el espíritu de esos seres inocentes.
Y cada noche, sin falta, se arrodillaba junto a su hermano menor, cerrando los ojos con fuerza, repitiendo la misma plegaria silenciosa:
Un Alfa. Por favor, déjame ser un Alfa.
Una esperanza que, pronto, chocaría contra el muro sangriento de su realidad.
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