Amber no quería que la encuentren. Maxwell no estaba buscando nada.
Pero fue en esa sala vacía que todo cambio.
Esta no es una historia perfecta.
Es una historia de dos personas que, por alguna razón, se buscaron.
Eso ya es motivo suficiente par...
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La luz de la tarde entraba por la ventana del aula de ensayo. Amber Watkins estaba sentada en el borde de una silla metálica, la espalda encorvada, los dedos apoyados sobre el mástil de su guitarra negra. Especial Roja —así la llamaba, aunque de roja no tuviera nada— descansaba sobre sus piernas como si fuera una extensión de su cuerpo.
El silencio de la sala era espeso, interrumpido solo por el leve zumbido del amplificador. Amber respiró hondo antes de dejar caer los dedos sobre las cuerdas. Una melodía suave, algo triste, llenó el aire. No era una canción completa, apenas un pedazo sin letra, un eco de algo que no se atrevía a terminar.
Tocaba con los ojos cerrados, como si intentara esconderse dentro de cada nota. En la pared frente a ella, un espejo polvoriento devolvía una imagen algo difusa: el reflejo de una chica de cabello oscuro, desordenado, con una expresión que oscilaba entre la calma y la resignación.
De pronto, una puerta se abrió con un chirrido leve. Amber no se detuvo. Pensó que sería algún profesor o un estudiante despistado buscando otra sala. Pero la persona no se fue. Se quedó quieta, escuchando.
Cuando las últimas notas se apagaron, una voz rompió el silencio:
—Eso fue... muy bueno.
Amber levantó la mirada. En la entrada, apoyado contra el marco, estaba un chico de estatura media, cabello castaño claro, con una mochila al hombro y una expresión de incomodidad genuina. Parecía debatirse entre irse o seguir hablando.
—Lo siento —dijo rápido—. No quería interrumpir. Pensé que el aula estaba vacía.
Amber bajó la mirada y desconectó el cable del amplificador sin responder. No le gustaban los halagos, y mucho menos las interrupciones.
—No pasa nada —murmuró al final, apenas audible.
El chico dio un paso dentro. —Soy Maxwell. Maxwell Scott. Estoy en segundo año de literatura, pero... a veces vengo acá. Me gusta escuchar cuando alguien toca.
Amber levantó una ceja, incrédula. —¿Vas a las aulas de música solo para escuchar a gente tocar?
—Bueno, no siempre hay gente —respondió él con una sonrisa torpe—. Pero hoy tuve suerte, supongo.
Amber guardó la guitarra en su estuche con movimientos lentos. Cada gesto suyo parecía medido, como si temiera romper algo invisible si se apuraba demasiado.
—¿Tú estudias aquí? —preguntó Maxwell, intentando llenar el silencio.
—Sí. Música.
—Tiene sentido. Tocás como alguien que entiende lo que hace.
Ella alzó la mirada un segundo. Había algo en sus ojos —no enojo, ni sorpresa, sino una mezcla de cansancio y distancia— que lo descolocó.
—No creo que entender sea la palabra correcta —dijo—. Solo... toco.