No sé ni por dónde empezar.
Todo parece quebrarse: los días, los objetos, hasta mi paciencia.
Mi teléfono se arruinó, y con él, el poco contacto que me quedaba con el mundo.
Pero si lo pienso bien, no fue el teléfono -fui yo.
Todo alrededor parece haberse contaminado, como si mi entorno y yo nos hubiéramos podrido al mismo tiempo.
Hay algo curioso en todo esto:
Pero es la primera vez, en que la mierda y el diamante brillan juntos.
Mis defectos y mis virtudes, mis ruinas y mis destellos, todo mezclado.
Soy el reflejo de lo que odio y de lo que alguna vez amé.
Estoy cansado.
Casi treinta años y sigo sin saber qué hago con esta vida que labré con mis propias manos.
No busco fama, ni aplausos, ni que nadie me aplauda.
Solo quería calma, pero ni siquiera eso sé construir.
Mis acciones contradicen mis deseos, como si algo dentro de mí disfrutara arruinarlo todo.
Mi enojo me arrastra.
Me hace cometer torpezas, me hace herirme, me hace explotar cuando debería mantenerme en silencio.
Y después me odio por no poder controlarlo.
Hoy, por ejemplo, terminé con la espalda rota en el trabajo.
Doble turno.
Y a nadie le importó.
Ni una palabra, ni una mirada.
Solo cansancio y silencio.
Encima mi sobrino está enfermo.
Lo amo tanto, y me duele más no poder hacer nada.
Es una impotencia que duele en los huesos.
Con mi esposa lo hemos intentado todo.
Nada se da.
No llegan los hijos, ni la esperanza.
Y ese vacío nos carcome poco a poco.
A veces siento que la vida se burla, que me premia con una mano y me destroza con la otra.
Que me cobra con intereses cada pequeño respiro de paz.
Que me usa como trapo, y aún así espera que sonría.
Discutir con ella fue el último golpe.
Me dolió más que cualquier jornada, más que cualquier castigo.
Y ahí entendí que la vida no es justa, ni sabia, ni amable.
Es un juego de azar, un tablero que gira cuando quiere y te arrastra sin pedir permiso.
Hoy no pienso fingir que todo está bien.
Hoy no haré nada.
Solo dejaré que esta tormenta grite por dentro, que todo lo reprimido se desate.
Porque estoy harto.
Porque me cansé de tragarme el ruido.
Y aunque todo parezca ruina, sé que todavía hay algo brillando bajo el lodo.
El diamante y la mugre.
Ambos son míos.
Y ambos están vivos.
