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El salón estaba lleno de risas, destellos de copas y voces que se superponían unas a otras. Sunoo llevaba puesto un traje sencillo, de esos que uno elige sin pensar demasiado, porque en realidad lo importante no era él esa noche. El protagonista era su mejor amigo, Jungwon, quien celebraba su compromiso rodeado de la gente que más quería.

En teoría, Sunoo también debía estar feliz. Después de todo, había acompañado a Jungwon desde sus primeros amores adolescentes hasta ese día en el que se prometía para toda la vida. Y en efecto, lo estaba… al menos en la superficie. Reía con los demás, bailaba de vez en cuando, y hasta chocaba su copa cuando alguien lo invitaba a brindar.

Todo iba bien hasta que encendieron el proyector.

—Una recopilación de recuerdos —anunció alguien, entre palmas y gritos de entusiasmo.

Las primeras imágenes no hicieron más que enternecerlo: Jungwon con los cabellos despeinados de niño, los años de instituto, las fiestas improvisadas en la sala de prácticas. Todos reían, recordando anécdotas y lanzando comentarios cariñosos.

Y entonces apareció él.

Heeseung.

En la pantalla surgió esa sonrisa que había marcado una era entera en la vida de Sunoo. Una fotografía sencilla, de las tantas que habían tomado en aquellos años. Heeseung con la cabeza ligeramente inclinada, los ojos brillantes, como si siempre supiera un secreto que el mundo ignoraba.

El aire pareció escaparse de los pulmones de Sunoo. Habían pasado dos años desde el accidente. Dos años intentando convencerse de que había seguido adelante, de que podía respirar sin él. Y sin embargo, bastó una sola imagen para que el vacío regresara, crudo y violento.

Él tenía apenas veintitrés años, y ya sentía que la vida lo había desgastado más de la cuenta.

Disimuló. Rió un poco, fingió atender el brindis, y cuando las atenciones comenzaron a dispersarse, se levantó con una sonrisa ensayada y salió sin hacer ruido.

El aire nocturno lo golpeó en el rostro al abandonar el salón. No pensó demasiado, solo caminó unas calles hasta el primer bar con luces encendidas. No era un lugar sofisticado, más bien uno de esos con mesas desgastadas y olor a madera húmeda.

Se sentó en la barra.

—Un whisky —pidió, con la voz más firme que encontró.

El primero bajó lento, quemándole la garganta. El segundo lo ayudó a desenredar un poco la maraña de recuerdos que lo estrangulaban. El tercero, sin embargo, lo arrojó de lleno a esa imagen de Heeseung, tan sonriente, tan vivo, que la herida volvió a abrirse como si el tiempo nunca hubiera pasado.

Estaba por pedir el cuarto cuando una mano alargó unos billetes hacia el bartender.

—Cárgalo a mi cuenta —dijo una voz serena.

Sunoo giró el rostro. Frente a él había un chico alto, de piel pálida y gesto inexpresivo, como si lo hubieran arrancado de un cuadro en blanco y negro y puesto en medio del bar. El bartender lo saludó con familiaridad, lo que indicaba que no era la primera vez que aparecía por ahí.

—¿Qué… qué haces? —preguntó Sunoo, con los ojos rojos, húmedos, apenas disimulando el temblor.

El desconocido se encogió de hombros. —No lo sé. Solo no me gustó verte tan triste.

Aquellas palabras, pronunciadas con tanta simpleza, lo desarmaron un poco más que el alcohol. Sunoo negó con la cabeza, hizo el ademán de levantarse, pero las piernas no le respondieron bien. El mareo lo golpeó con fuerza y casi se desplomó.

Sunsun ; Palacio Blanco. Tahanan ng mga kuwento. Tumuklas ngayon