One Shot

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Sanzu

Hermano Haru. Hermano Haru. Juguemos ¿sí?

Tan alegre. Tan risueña. Tan jodidamente ruidosa.

Cinco años desde la batalla de las tres deidades. Cinco años en los que su maldita voz araña mi cabeza como un recordatorio de que nunca podré librarme de ella. Siempre está en mi mente, adherida a mi piel, a mi sangre, escondía en las cicatrices que me devuelve mi reflejo cada mañana.

Senju Akashi.

Mi pequeña y dulce hermana menor. Mi mayor desgracia.

El blanco de estas paredes me da náuseas. El silencio de esta habitación me desespera tanto que no se como terminó viniendo una y otra jodida vez.

La cama es demasiado grande para un cuerpo tan pequeño. El ventanal genera una vista nocturna espléndida de Tokio. Algo jodidamente inútil para un paciente que no puede verlo.

El paso de los años le ha sentado bien a esta perra. Conserva su rostro infantil, las pestañas largas le acarician las mejillas y el cabello le llega hasta la cintura. Su cuerpo cambió: senos grandes y caderas anchas. Perdió los músculos que había ganado en la adolescencia. Su piel está tan pálida que parece un cadáver, como cualquiera de las ratas traicioneras que terminan en manos de los estúpidos Haitani.

Mirarla es como mirarme en puto espejo. Una versión ridicula, frágil, jodidamente débil y delicada hasta doler. Una muñeca de porcelana que nunca pidió ser tocada. Pero yo... yo quiero quebrarla.

Senju se convirtió en un rumor callejero. Un viejo cuento entre pandillas. La grandiosa líder de Brahman. Querida por muchos que la adoraban como una diosa. Odiada por otros que siempre la vieron solo como un pedazo de coño.

El mundo cree que Senju Akashi murió aquella noche. Yo también lo creería. La abandonaron, joder. La dejaron desangrándose bajo la lluvia.

Takeomi... ese hijo de puta ni siquiera la nombra. Siempre fue un payaso con aspiraciones demasiado altas para una basura como él. Sueños en los que Senju y yo solo éramos un estorbo. ¿Que fue más fácil para ese mediocre?

Dejarme toda la carga. Hacerme responsable de todos y cada uno de los malditos errores que cometía Senju. Ella era una niña alborotada, incapaz de quedarse quieta, incapaz de no arruinarlo todo.

Tantas veces he querido arrancarle los cables del cuerpo, romper la máquina hasta dejar de escuchar su jodido pitido. Callar lo único que retumba en esta habitación. Pero cada vez que la miro dormir, cómoda, termino llegando a la misma conclusión: sería demasiado fácil. Una muerte rápida no es castigo, es escape y esta perra no merece una salida tan sencilla.

Mis manos se cierran en puños dentro de mis bolsillos. Las saco de mi pantalón a rayas, y en una de ellas agito una pequeña cajita plateada, el tintineo de las pastillas me tranquiliza. Sonrío, porque se que tome la decisión correcta.

Lo confirme esta tarde, cuando el hospital llamó.

Despertó.

Y ahora duerme con esa cara de ángel, descansando más de lo que ha hecho durante estos últimos años. Seguramente creyendo que me olvidaría de ella. Creyendo que olvidaría quien desgarró mi rostro con sus putas mentiras.

La rabia me sube por la garganta. Me inclino sobre ella y dejo que mi mano caiga sobre su cuello. El frío de su piel manda una descarga eléctrica que recorre todo mi cuerpo.

Presiono, primero suave, dejando que su piel alrededor de mis dedos se vuelva blanca. Después presiono con más fuerza, despertando un odio que por momentos creí muerto.

Lazos De Sangre Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora