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Septiembre 2010 (diez años atrás)

La noche olía a mar y a madera húmeda. Thesa corrió por el sendero, con la respiración entrecortada y el corazón golpeando en su pecho. Sabía que alguien la seguía, que cada crujido entre los arbustos confirmaba la sombra que se acercaba. Gritó un nombre, pero el viento lo devoró antes de que llegara a ninguna parte. Luego, todo fue un silencio afilado, como si la tierra misma hubiese decidido tragársela.

Octubre 2020 (actualidad)

Kara Sullivan sabía que estaba metiéndose en un juego peligroso, pero el dinero era demasiado tentador.
Hacía años que se había retirado de los trabajos ilegales, esos que exigían más astucia que moral, pero la oferta de Louis Easterman no dejaba lugar a dudas: un pago millonario por hacerse pasar por alguien que había desaparecido diez años atrás.

La primera vez que vio la foto de Thesa Easterman, se quedó inmóvil.
El parecido era inquietante: los ojos verdes, la mandíbula firme, incluso la manera de pararse en la imagen transmitía una presencia que ella también podía imitar.
Solo el color de cabello delataba la diferencia: Kara era de cabello negro, mientras que Thesa había heredado el rojo intenso de toda su familia. El resto podía moldearse: peinados, ropa, gestos, una sonrisa ensayada frente al espejo.

Louis le entregó carpetas repletas de detalles: la rutina de la familia, las aficiones de Thesa, sus manías, sus amigos, incluso las frases que solía repetir. Pero había algo más: un matrimonio arreglado con Timothe Bakers, pactado cuando ambos eran adolescentes.

La boda nunca llegó a celebrarse: la noche anterior, Thesa desapareció sin dejar rastros.

—Tu parecido es la clave —dijo Louis con esa sonrisa envenenada. Aun con duda, sin poder creer tal cosa del destino actuando a su favor. Era maravilloso. —Nadie sospechará, y si lo hacen, ya será demasiado tarde.

La entrenó durante un mes y medio: clases de pintura, recuerdos inventados, gestos ensayados.

—De nuevo —ordenó Louis.
Kara repitió la sonrisa frente al espejo, estirando los labios hasta que le dolieron.
—No es suficiente —chasqueó él, con impaciencia—. Thesa inclinaba la cabeza a la derecha, no a la izquierda.
Kara obedeció.

Intentó recordar los gestos de una mujer que nunca había visto más que en fotografías, una vida que debía aprender a imitar como si fuera suya. La máscara se pegaba cada vez más a su piel, pero por dentro se sentía vacía, como si la sombra de Thesa la fuera devorando poco a poco.

El plan era simple, regresar como Thesa y asegurarse de que la fortuna Easterman cayera en las manos correctas. Lo que ocurriera después no sería problema suyo.


La mansión Easterman se alzaba imponente sobre una colina, rodeada de bosque y con vista al mar. El viento parecía morder la piedra centenaria y Kara sintió un escalofrío al atravesar el portón de hierro.
Las miradas la devoraron desde el primer instante. Tías, primos, sirvientes... todos enmudecieron al verla entrar como si un fantasma hubiera regresado.

Kara no se centró demasiado en cada rostro memorizado, porque alguien más se llevó toda su atención.
Discreto, sin acercarse demasiado. Devorándola con una mirada azulada intensa que le provocó ganas de regresar a su pequeña casa, lejos de estos terrenos.

El único que no se movió fue Timothe.

Memorizó todo de él, con una foto poco visible que le ofreció Louis. Kara sabía que sería un contrincante fuerte, pese a toda la historia que tuvieron con la verdadera Thesa.
Aquella chica se largó un día antes de su boda y que regresara diez años después, la ponía en una situación bastante difícil. Muy difícil.
Pero aquello no la asustaba, era lo de menos, tenía un plan y un monólogo. La asustaba el hecho de que él no actuara como se esperaba; tampoco mostró alguna reacción como los demás.
Solo está allí.
Parado al final del pasillo, erguido, con la misma mirada que había sostenido diez años atrás. Sus ojos no brillaron de alegría: se estrecharon con sospecha.

La Mansión EastermanWhere stories live. Discover now