1. La ofrenda

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Helen

Me dolía la cabeza. No sabía si era por el golpe que me dieron al meterme en la camioneta o por el miedo que me estaba tragando desde que desperté en este bosque. No era un bosque cualquiera. El aire era espeso, como si respirara conmigo. Como si supiera que yo no debía estar aquí.

-¿Dónde estoy? -pregunté por tercera vez.

Nadie respondió. Los hombres que me escoltaban caminaban en silencio, con los ojos fijos al frente. Parecían humanos, pero algo en su forma de moverse me ponía los pelos de punta.

Una mujer caminaba detrás de mí. No era como los demás. Su mirada era distinta.

-¿Tú sí vas a hablarme? -le dije.

-No deberías hablar tanto -respondió con voz baja, pero firme-. Aquí, el silencio es más seguro.

-¿Seguro de qué?.

Ella me miró por unos segundos. Luego se acercó y me susurró:

-No son hombres, no del todo. Son hombres lobo.

Me reí. No porque fuera gracioso, sino porque era absurdo.

-Si claro y esto que es algún tipo de secta.

-No. Esto es Umbra. Y tú... eres la elegida por la Luna.

-¿Umbra?

-Un territorio de hombres lobo. Uno que no perdona errores y nuestro Alpha es el más poderoso y temido de todos.

Quise correr. Gritar. Pero algo me decía que no iba a llegar lejos. Así que me quedé. Con el corazón latiendo como si quisiera escapar por sí solo.

Nos detuvimos en un claro. Y allí estaba él, el supuesto Alpha.

Alto. Fuerte. Con una expresión que decía "no me hables". Caminó hacia mí como si el suelo le perteneciera. Me miró, me olfateó literalmente.

-Esto es una broma -dijo con desprecio. -Es humana.

-Sea una humana o no es tu mate -dijo la mujer.

Mate. Esa palabra me sonó sucia.

-¿Mate? ¿Eso es como mascota? Porque si es así, te aviso que no me gusta que me den órdenes.

Él me miró con rabia. Como si mi existencia le molestara.

-No la quiero. Que se quede en el establo.

-Perfecto -respondí, con el corazón en la garganta-. Así no tengo que verte la cara.

Me dejaron en un establo viejo, con heno húmedo y olor a madera podrida. Me senté en la esquina, temblando el frío me estaba matando, sin olvidar la suciedad que tenía. De seguro me veía espantosa pero eso no es una de las cosas que mas me preocupa en este momento.

Pensé en Édgar, mi novio. La única persona que me quedaba en el mundo ya que mis padres habían fallecido hace dos años. Él era mi refugio. Mi casa. Y ahora... ni siquiera sabía si estaba vivo. Me pasé la noche pensando en cómo escapar. En qué dirección correr. Pero más que todo en una cosa los hombres lobo... eran reales.

➳༻❀✿❀༺➳

A la mañana siguiente el sol apenas había salido cuando lo vi. En el claro de piedra. Sin camisa. Golpeando troncos con los puños envueltos en vendas. Cada golpe sonaba como un trueno. Su respiración era feroz. Como si estuviera peleando con algo invisible.

Me acerqué. No por curiosidad. Por necesidad, necesitaba explicaciones.

-¿Siempre entrenas con tanta rabia? -le dije.

Él no respondió. Golpeó más fuerte.

-¿O es que no sabes cómo hablar sin gruñir?

Silencio.

-¿Cómo te llamas?

Nada.

-Vamos, no puede ser tan difícil. Un nombre.

-No te vas a morir por decirme.

Se detuvo y me miró. Sus ojos eran puro fuego.

-¿Por qué quieres saberlo?

-Porque si voy a vivir en este lugar, al menos quiero saber el nombre del idiota que me secuestro.

Su mandíbula se tensó, dio un paso hacia mí.

-Alejandro. -Lo dijo como si escupiera veneno-. Alejandro Cruz.

-¿Por qué estoy aquí?

-Créeme, no te quisiera aquí pero que se puede hacer.

Iva a decirle algo pero se dió vuelta y se fue el muy imbécil dejándome con más preguntas sin responder.

Nota de autora
Gracias por llegar hasta aquí.
Esta historia no trata de vínculos perfectos, ni de lunas que protegen.
Trata de lo que arde cuando el destino se equivoca.
Si sentiste algo en estas primeras líneas, espera a ver lo que aún no se ha dicho.
Nos leemos en el próximo capítulo. 🌕🖤

La luna no me advirtió Stories to obsess over. Discover now