(pov Reaper)
No importa cuántas almas arrastres cada día, nunca pesa menos. La gente suele imaginar que el dios de la muerte debería ser frío, eficiente, como una podadora mecánica, como si este trabajo no tuviera conciencia ni corazón.
Que tonteria...
Yo me canso. Me hundo. Y últimamente... me deprimo más de lo que quisiera admitir. Cada alma que atraviesa mis manos me recuerda que no hay descanso, ni redención para mí. No hay lágrimas que limpiar, no hay recompensas que recibir. Solo un flujo interminable de desesperación humana, mezclado con mi propia soledad.
Toriel. No hay nombre que me queme más la garganta. La diosa de la vida. Mi opuesto perfecto. Mi debilidad. La que alguna vez pensé que podría ser más que una amiga, el equilibrio que hacía que mi existencia tuviera un atisbo de sentido. Hasta aquel día...
Lo último que recuerdo fue verla firme, enfrentando al demonio, extendiendo su propio poder para proteger lo que yo nunca podría salvar. Y luego... su final. Borrada, consumida, como si nunca hubiera existido. Su muerte no solo fue un golpe; fue una grieta en mi mundo, un vacío que no nadie pudo llenar.
Y sin embargo, debemos seguir. Mi deber nunca se detiene. Mi trabajo no espera mi duelo. Recojo las almas corruptas, las que ni siquiera saben arrepentirse. Cada rostro, cada espíritu que atravieso me recuerda que soy la pesadilla de todos: el que los juzga, el que los recibe, el que los condena.
Qué ironía cruel: la muerte no se creo para salvar.
Papyrus suele decir que debería mirar hacia adelante, que todavía tenemos un deber. Claro que él puede decirlo: se ocupa de las almas puras, las luminosas, las que ascienden sin resistencia. Admito que siento algo de envidia. Yo, en cambio, recibo la basura espiritual: asesinos, crueles, monstruos que ni siquiera se detienen a cuestionar su maldad. Créame, una eternidad entre ellos puede convertirte en uno.
Y aún así... debo seguir. No puedo quejarme. No puedo detenerme. Soy un dios de la muerte. Estoy atrapado en mi papel, eterno, sin libertad, sin consuelo. Todo lo que siento, todo lo que añoro, debe quedarse oculto, enterrado bajo siglos de deber y sacrificio.
Esa noche —o lo que sea que cuente como noche en el plano de los dioses— me asignaron un caso extraño: un alma que no había llegado a ninguno de los lados, ni al mío ni al de Papyrus. Un limbo.
Si hay algo que detesto más que la monotonía de mi labor, es un error en la lista.
...
El sitio era un vacío absoluto. Oscuro, como si alguien hubiera borrado hasta el concepto de color.
Allí estaba él: sentado, encorvado, con una bufanda roja tan viva que parecía una burla contra toda la oscuridad que lo rodeaba.
—Así que tú eres el error... —murmuré, más para mí que para él.
Levantó la cabeza, y lo primero que noté fueron sus ojos. Bueno, su único ojo... o cuenca. Brillaba apenas, apagado, la mirada de alguien que hace mucho dejó de luchar, pero que todavía tenía una chispa de ironía, como si supiera quién era y a qué había venido.
—Vaya... me mandaron visita —su voz sonaba ronca, usada, como si hubiera practicado hablarle a la nada durante siglos—. ¿Qué quieres?
No respondí de inmediato. Estoy acostumbrado a que los mortales me imploren, me maldigan, me lloren. Este tipo, en cambio, parecía... aburrido. Como si el solo hecho de haber pisado aquel lugar ya fuera un fastidio. Increíble. Nadie había tenido tal osadía.
—Soy Reaper. Dios de la muerte —dije al fin, dejando que mi guadaña descansara en el suelo del limbo—. Y tú eres Geno, ¿correcto? —Por supuesto había leído la lista, la razón por la que la mitad de los dioses se alarmó, tanto como para enviarme personalmente.
Él se rio, una risa breve y sin alegría.
—Correcto. El cadáver que nunca termina de ser cadáver. Un zombi.
Bien. Humor negro. Mi especialidad.
Me acerqué y extendí la mano. En este punto ya hubiera desgarrado su cuerpo con un corte excepcional y preciso, sin pena, sin importancia. Sin embargo, aquel no parecía ser el tipo rudo que se resistiría; opté por ser un poco más elegante, pero... nada. Normalmente, el alma se desprende como una fruta madura. Pero al tocarlo, nada pasó. Ni un destello, ni un tirón. Solo... nada.
Fruncí el ceño y apreté más, el soltó un quejido que ignoré.
—¿Qué clase de broma es esta? —dije, algo molesto.
—Oh, ya lo intenté todo —dijo él, cruzando los brazos como si estuviéramos discutiendo algo casual—. Cortarme, desgarrarme, arrancarme pedazos, decapitarme, fracturarme. Ni un rasguño. Créeme, si pudieras llevarme, yo mismo te ayudaría a empujar-
Detuve su habla. No necesitaba explicarme las mil y una formas de suicidio; me lo sabía todo. Me quedé inmóvil. Yo. El dios de la muerte. Atascado frente a un alma que no moría.
No decidí qué me irritaba más: que el sistema estuviera roto o que este condenado estuviera tan calmado al respecto. Tal vez era la idea de que los demás dioses me enviaron por esta misma razón. Ahora era mi problema.
—No debería ser posible... —susurré.
—Bienvenido a mi mundo —respondió él, extendiendo los brazos al vacío, su calma era perturbadora, su falta de emociones irritante—. O bueno, a mi no-mundo. Aplausos, por favor. —Efectivamente estaba loco.
Algo en su descaro me arrancó una risa seca. Una carcajada mínima, pero real. Frustración, tal vez. Eso fue raro. No recordaba la última vez que me reí.
—Volveré —le dije, recogiendo mi guadaña.
—Oh, claro. No olvides traer una baraja o algo. El entretenimiento aquí es de primera.
Mientras me retiraba, una idea persistente martillaba en mi cabeza: no pude llevármelo. Ni con todo mi poder. Ni con toda mi furia. Esa alma, contra toda regla, estaba fuera de mi alcance. Y eso lo convertía en el ser más interesante que había visto en siglos.
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Alguien para ti [AFTERDEATH]
Hayran KurguEl dios de la muerte y un inmortal. -pensamientos de reaper y como aprende el significado de amar. -dos pendejos inexpertos y necesitados. ------------------------------------------ esta historia nació cuando estaba de esquizo escuchando "Someone T...
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