PARTE ÚNICA

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Billy había entrado a formar parte del Circo Esmeralda cuando tenía once años, después de una breve pero dura vida de malos tratos. Sus padres creían que el enanismo que padecía era un castigo de Dios, de ahí que cuando tuvieron la oportunidad de vendérselo al señor Smith por un puñado de monedas no se lo pensaran dos veces. El señor Smith, el dueño del circo, le dejó las cosas claras desde el principio. Lo había comprado, lo que significaba que le pertenecía, así que debía hacer todo lo que él decía o lo abandonaría a su suerte en mitad del desierto para que se lo comieran los coyotes.

Habían pasado nueve años desde entonces. Billy había cumplido los veinte, y el circo se había convertido en toda su vida. Mientras recorrían el sur y el oeste de Estados Unidos, Bob El Acróbata, Sharon La Tragafuegos, John El Albino y Martha La Forzuda eran la única familia que tenía. A todos les dolía que el señor Smith los exhibiese como si fueran ganado pero, ¿quién sino iba a darles trabajo? Además, todos compartían un miedo cerval al mundo exterior. Su hábitat se circunscribía a las tiendas de lona y a las carretas. Allí eran respetados. Se preocupaban por el bienestar de los demás, se cuidaban; incluso se querían.

Pero no supo lo que era el amor pasional hasta que apareció Sheyla.

Sheyla tenía una cantidad impresionante de pelo en la cara, y el señor Smith no había dudado ni un instante en contratarla cuando una mañana apareció en busca de trabajo, mientras estaban instalados a las afueras de Aurora (Nebraska). No era perfecta, ni mucho menos. Utilizaba su barba, espesa y dura, como una barrera que interponía entre ella y el mundo, y pronto se hizo famosa por su mal genio, sobre todo por las mañanas, hasta que el café le hacía efecto.

Estuvo representando el espectáculo de la Increíble Mujer Barbuda durante seis meses. Fue lo mejor de aquel Estado de llanuras interminables y nubes de polvo en suspensión permanente. Sheyla no había sido su primer amor —ya había estado enamorado antes—, pero sí la primera mujer que lo había correspondido. La primera que había mirado más allá de sus imperfecciones. Cuando se despertaba y la contemplaba durmiendo a su lado se sentía tan dichoso que tenía la sensación de que podría explotar de alegría, como una granada de fuegos artificiales. Se encontraba en el epicentro de un torbellino de felicidad, y se paseaba por entre las casetas con una gran sonrisa de cemento armado. Por las noches, durante los descansos, iba a la carpa de Sheyla, pese a lo indignante que le resultaba ver a los paletos de turno mofándose de ella.

«Es mi trabajo, así que no te metas», le había advertido la primera noche, después de que estuviera a punto de partirse la cara con un tipo borracho que se había pasado toda la función riéndose a carcajada limpia.

«Solo trataba de defender tu honor», le explicó él.

«¿Mi honor? El honor no me llena el estómago. Además, ¿no te parece genial que nos paguen solo por mirar? Nunca he ganado dinero tan fácilmente. Es casi como si les metiéramos la mano en el bolsillo y les robáramos la cartera».

Les iba bien. O eso creía él. El amor lo había cegado hasta el punto de no ser capaz de ver la realidad. Era la única explicación que le encontraba al hecho de que fuese el único que no se diera cuenta de que Sheyla pasaba cada vez más tiempo con Otis, el Hombre de Goma. En la nota que le dejó cuando se fugaron le decía que lo sentía, que era una buena persona y se odiaba por romperle el corazón, pero que tenía que entender que Otis le proporcionaba cosas que él, por su pequeño tamaño, nunca podría darle. Cosas de hombres como Dios mandaba.

Eso lo sumió en una depresión. Empezó a pasarse la mayor parte del día metido en la cama, y cuando salía de ella deambulaba por el asentamiento como alma en pena. Todos veían que tenía el corazón roto en mil pedazos, pero nada de lo que le decían lo reconfortaba. El señor Smith nunca tuvo una actitud paternalista con él, de ahí que decidiera mantenerse al margen del asunto hasta que su número circense empezó a resentirse. Una tarde le pasó un brazo alrededor de los hombros y se lo llevó a dar un paseo. Se sentaron en unas rocas y miraron el horizonte despejado de Ohio. El señor Smith encendió un cigarrillo y se lo tendió. Billy lo cogió y se llenó los pulmones de humo.

CircoWhere stories live. Discover now