Capitulo I: Un Aliado

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El sol de mediodía caía oblicuo sobre las calles de Metrópolis, reflejándose en las fachadas altas de vidrio y acero como si quisiera derretir la ciudad entera en un solo resplandor. El tráfico rugía con su música metálica y los peatones, cada uno en su mundo, cruzaban las avenidas como hormigas apuradas, sin mirar al costado. Frente al gran edificio del Daily Planet, esa mole coronada por el globo dorado que parecía flotar en el aire como un ojo vigilante, Bruce se sentó en una banqueta fría de metal, encogiendo las piernas y sosteniendo contra el pecho una carpeta con papeles.

Hacía apenas media hora había cruzado esas puertas giratorias. Había subido con la espalda recta, con sus tacones golpeando el mármol y la falda ajustada como si fuera una armadura de seda. Había llevado lo mejor que tenía: el vestido azul medianoche que tanto le gustaba, sencillo pero elegante, el que caía sobre sus rodillas con un vuelo ligero que contrastaba con la rigidez de su porte. Había pasado un buen rato en un baño público antes de venir, puliendo cada detalle sin ayuda de nadie. Alfred se había negado, como siempre. “No es correcto, maestro Bruce. No es propio.” Las palabras de Alfred resonaban aún, ásperas como papel de lija en su memoria, aunque lo había dicho con la voz grave de siempre, mitad cariño, mitad sentencia.

Bruce se había arreglado solo: base de maquillaje discreta para suavizar sus facciones, un leve delineado que hacía que sus ojos oscuros parecieran más alargados, labios pintados de un rojo no demasiado chillón, lo justo para sentirse observado, no ridiculizado. Había acomodado con cuidado la peluca: un cabello castaño con reflejos dorados, natural hasta en la textura, tan realista que apenas podía creerse que no creciera de su propio cuero cabelludo. Le encantaba mirarse al espejo en esos instantes, incluso cuando las sombras de sus músculos le incomodaban. La línea de su mandíbula, demasiado firme, la amplitud de sus hombros, demasiado evidentes. Había aprendido a ocultar lo que podía, a suavizar los ángulos con ropa bien escogida, pero últimamente le resultaba más difícil. El entrenamiento, las noches golpeando a criminales, la vida de Batman se imprimía en su cuerpo como cicatrices invisibles. Y ese cuerpo, cada vez más marcado, chocaba con la delicadeza que deseaba mostrar cuando se travestía.

No era que soñara con ser otra persona. No quería transformarse en mujer, ni escapar de lo que era. Lo que Bruce quería, simplemente, era jugar, probar, explorar otra piel que le diera libertad, que lo liberara del peso inamovible de “Bruce Wayne, millonario arisco, fantasma de mansión, loco sin remedio”. Travestirse era un respiro, un secreto personal que le hacía sentir ligero, que le arrancaba una sonrisa íntima frente al espejo. “Señorita.” La palabra le gustaba, aunque se apresuraba a corregirla con un murmullo, con una timidez que le ardía en la garganta. No soportaba los pronombres femeninos; no eran suyos. Pero ese pequeño título juguetón, esa forma de que alguien reconociera su disfraz sin pisotearlo, era suficiente.

Ahora, en la banqueta, con los archivos apretados contra su pecho, el recuerdo de lo ocurrido media hora atrás le pesaba como plomo. Había avanzado hasta la recepción del Daily Planet, con la seguridad bien fingida en cada paso. Había pedido hablar con un periodista, cualquier periodista, y había deslizado el sobre sobre el mostrador. Y entonces lo habían mirado. No con la discreción venenosa a la que estaba acostumbrado en Gotham, donde las sonrisas se ocultan tras copas y los cuchicheos se hacen en los baños. No, en Metrópolis lo habían mirado de frente, sin disfrazar el asco ni la burla. Una recepcionista con el ceño fruncido, un guardia que arqueó una ceja, dos empleados que se dieron codazos y rieron por lo bajo. Alguien murmuró: “Ni siquiera lo intenta, ¿ves los hombros? ¿Quién se cree?” Bruce lo escuchó todo. Y aunque fingió que no, aunque mantuvo la barbilla alta y la voz firme, cada palabra le atravesó como un alfiler clavado en la piel.

Lo habían echado en cuestión de minutos. Ni siquiera tocaron los papeles. No quisieron escuchar su explicación, ni leer los datos que había pasado noches enteras recolectando bajo la lluvia de Gotham. Un informe detallado, pruebas de corrupción que cruzaban ciudades, nombres que podían derrumbar imperios políticos. Nada de eso importó. Solo vieron a un hombre con vestido. Solo vieron un travesti. Y no quisieron más.

Señorita Wayne | SuperBat AUStories to obsess over. Discover now