Prólogo

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Los gritos desgarradores de una madre resonaban por todo el hospital, mientras la policía peinaba las calles en busca de la recién nacida. La niña jamás fue encontrada. Buscaron en cada rincón de la ciudad. Pero fue en vano, era como si la tierra se la hubiera tragado. De un momento a otro había desaparecido de su cuna en aquel hospital, y sus padres solo podían llorar.

—Los bebés humanos son tan frágiles —murmuró aquel hombre de cabellos plateados, observando con una mezcla de fascinación y ternura a la criatura dormida en sus brazos. La acunó con un cuidado inusual en él, como si el más mínimo movimiento pudiera deshacerla. Abrió la puerta de la gran mansión: todo era lúgubre, y afuera llovía con fuerza. Al entrar una voz juvenil resonó desde lo alto de las escaleras.

—Vaya sorpresa, al parecer el invierno ha traído algunas novedades —dijo un joven de piel pálida descendiendo lentamente, con una expresión de alerta. El aroma metálico en el aire encendió su instinto.

—Ve y trae a tus hermanos —ordenó el rey sin prestarle demasiada atención. La hostilidad entre ambos era evidente, imposible de disimular. Se acercó al hombre y fijó la vista en el bulto que este sostenía.

—¿Qué es eso? —preguntó, perplejo. El aroma que emanaba del pequeño cuerpo era tan denso, tan delicioso, que luchaba con todas sus fuerzas por no arrebatárselo y beber de él hasta saciarse—. ¿Desapareces durante meses y nos traes un regalo de consuelo?

—Te lo diré cuando estén todos presentes. Obedece —respondió el rey, con tono firme y seco. Lucian obedeció a regañadientes.

Se dirigieron al comedor, donde poco a poco se reunieron los demás hijos. Ciertamente, todos estaban sorprendidos por la visita: no veían a su padre hacía demasiado tiempo, pero no se abalanzarían a abrazarlo ni mucho menos; después de todo, las muestras de cariño no eran algo común en su familia.

— ¿Qué haces aquí? Ya asumíamos que habías muerto —gruñó Dacius desde el sofá, recostado con los ojos entrecerrados. Sus ojos azules, tan profundos como pozos vacíos, lograban intimidar incluso sin esfuerzo.

—Seth, acércate —ordenó el rey, ignorando los cuestionamientos de su hijo.

El primogénito obedeció, caminando con cautela hasta su padre. Este, sin decir más, retiró con lentitud la sábana del hospital que cubría a la niña.

—A partir de hoy, ella será responsabilidad de todos ustedes —declaró el rey.

Los ojos enormes de la pequeña se abrieron, atentos, como si ya comprendiera el peligro que la rodeaba. Seth se quedó inmóvil ante aquella mirada.

—¿Qué pretendes con esto? ¿A qué estás jugando, padre? explícanos —suplicó Seth con seriedad, sin apartar la vista del rey.

—Necesito que ustedes se hagan cargo de ella, que la cuiden y la eduquen, que la críen como si fuera parte de esta familia. Aún no es momento de explicaciones. Por ahora, limítense a obedecer mis órdenes —dijo mientras colocaba a la bebé en los brazos de Seth. El joven jamás había sostenido a una criatura tan frágil; apenas sabía cómo sujetarla.

—Justo lo que nos faltaba, ¿cómo se supone que nos controlaremos para no devorarla? —se quejó Dacius, aún en el sofá, sin intención de moverse.

—Yo me marcho. Volveré en unos días para ver cómo va todo —anunció el rey, ignorando el reclamo de su hijo, mirando a cada uno con detenimiento—. Y no la maten. Es lo único que les pido: desde ahora es parte de esta familia.

Tras dejar su última orden, se marchó sin decir más, dejando a los seis jóvenes vampiros solos, con su nueva hermana y completamente confundidos.

—¿Nos podemos alimentar de ella? —preguntó Damián con la naturalidad de quien pide permiso para servirse vino.

—No —sentenció Seth, manteniéndola firme en sus brazos—. Es solo un bebé, asqueroso y humano, pero un bebé al fin y al cabo. Y nuestro padre fue claro: no debe morir. No sé qué está tramando, pero no será nada bueno, de eso estoy seguro.

—Seth, tú no vas a cuidar eso. Apuesto que tardarás dos días en convertirla en tu desayuno —dijo Damián, alejándose con indiferencia.

—Dámela —ordenó Lucian, arrebatándole a la niña con un gesto tan brusco que el silencio se apoderó de la sala. La bebé rompió en llanto por el movimiento repentino; aquel sonido agudo resonó entre las paredes de piedra, incomodando a los hermanos.

—¿Y cómo te vas a llamar, pequeña humana? —preguntó el castaño, acercándola a su rostro, tratando de tranquilizar aquel llanto tan peculiar.

El aroma que desprendía la criatura lo enloquecía, pero contra todo instinto la sostuvo con torpeza, como si estuviera hecha de cristal. La niña apenas lograba mantener los ojos abiertos entre los sollozos.

—Se llama Selene —intervino Dacius de pronto, ahora de pie junto a su hermano menor.

Todos lo miraron, desconcertados.

—¿Y tú cómo lo sabes? —rió Lucian con incredulidad.

—Lo dice su pulsera —respondió, señalando la pequeña muñeca de la niña.

Lucian tomó la mano de la bebé y leyó en voz baja lo que decía grabado en la etiqueta. Por un instante, sus ojos jade, siempre ardientes de arrogancia, se suavizaron. Nadie dijo nada. El silencio se hizo espeso, incómodo, casi antinatural.

—Entonces supongo que tendremos que encargarnos de esto —dijo en voz baja, sin apartar la vista de la criatura.

Seth lo observaba con recelo. A pesar de sus diferencias, conocía cada expresión de su hermano, y esa en particular —esa mezcla entre desconcierto y miedo— no la había visto nunca.

—¿Qué significa esto realmente? —insistió Seth, rompiendo el silencio—. Padre nunca hace nada sin una razón. Esto no es solo una "hermana". Hay algo más... algo que no nos ha dicho.

—¿Y cuándo nos lo ha dicho todo? Desaparece todo este tiempo, reaparece con esto en los brazos y nos exige que nos encarguemos —reclamó Dacius, esta vez con una voz más seria. Había tomado asiento, los codos apoyados sobre las rodillas y la mirada clavada en Selene, como si tratara de adivinar su secreto.

—Tal vez...—intervino Nerón, el más reservado de los seis, que hasta entonces había permanecido en una esquina, con los brazos cruzados— ...ella no sea para alimentarse. Tal vez sea para otra cosa. Un experimento de nuestro padre, así como Lucian y yo.

La bebé volvió a llorar, agitando sus diminutos brazos. Nerón ladeó la cabeza, no lograba entender aquel idioma con el que se comunican los recién nacidos.

—Tiene hambre —dijo Seth, aclarando la duda en el rostro de su hermano.

—No va a beber sangre —añadió Dacius de inmediato.

—No. Pero necesitará algo: leche, un corazón latiendo cerca, algo humano —la voz de Nerón se desvaneció en un murmullo pensativo—. ¿Sabemos siquiera cuánto tiempo puede sobrevivir aquí entre nosotros?

El aire se volvió denso, casi inmóvil. Los candelabros del comedor parpadeaban con llamas vacilantes. Los jóvenes desviaron la mirada hacia el menor de los hermanos, que permanecía en silencio observando desde las escaleras. Todos sabían lo impredecible y peligroso que podía resultar Eliot.

Lucian fue el primero en romper el silencio, con una media sonrisa amarga mientras acariciaba el rostro de la niña.

—Selene, ¿eh? Un nombre bonito para una criatura condenada.

Rojo DulzorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora