Perspectiva: Lady Bae Joohyun
Londres, 1853
El día amaneció cubierto por una neblina pálida que se aferraba a los tejados como un velo de luto. El cielo, plomizo y estancado, parecía conspirar con el destino para ahogar cualquier intento de alegría. Desde la ventana de su dormitorio, Lady Bae Joohyun observaba cómo la ciudad despertaba con esa elegante desgana que solo Londres parecía dominar. Las calles adoquinadas, humedecidas por la llovizna persistente, brillaban con una melancolía casi poética.
El té humeaba aún en la porcelana blanca con bordes dorados cuando la puerta se abrió sin que ella lo permitiera.
—Joohyun —anunció su madre con voz vibrante, sujeta a la emoción de quien cree traer buenas nuevas—. Ha llegado una carta del vizconde Kim.
Joohyun no se volvió inmediatamente. Mantuvo los ojos en la ventana, en los caballos que pasaban tirando de carruajes opulentos, en los hombres con sombreros altos y mujeres cubiertas de terciopelo. Ninguno de ellos la miraba, pero ella los conocía bien. Gente de apariencia perfecta, de modales exactos. Gente como su madre quería que fuera.
—¿Y qué desea el vizconde? —preguntó finalmente, sin alterar su tono.
La señora Bae caminó hasta la pequeña mesa frente al diván y dejó la carta sobre el mantel bordado.
—Su hijo, el heredero. Ha pedido tu mano.
Una pausa. El aire pareció detenerse.
Joohyun no reaccionó. No abrió los ojos de más, no palideció, no derramó el té. Solo parpadeó una vez. Luego giró con lentitud, como si temiera confirmar que aquello no era una broma de mal gusto.
—¿Y tú… has aceptado por mí? —dijo finalmente.
La señora Bae frunció el ceño como si su hija acabara de hablar en un idioma extranjero.
—Por supuesto. ¿Qué otra cosa esperabas? ¿Que rechazara al heredero del imperio Kim? ¿Que negara una alianza que devolverá prestigio y solvencia a esta familia?
Joohyun dejó la taza en el platillo con un sonido seco. Caminó hacia el centro del dormitorio, el eco de sus pasos amortiguado por la alfombra de diseño oriental.
—Nunca he intercambiado una palabra con él —susurró—. No sé si le gusta la música, si odia los perros, si lee poesía o colecciona insectos. No sé qué cara pone cuando miente, si tiene mal carácter o si habla en sueños. ¿Cómo se espera que lo acepte?
—Se espera que hagas tu deber, hija —respondió su madre con tono firme, cruzando los brazos sobre el corsé de satén—. Como yo lo hice. Como todas antes que tú. Ese es el precio de tu apellido.
Joohyun sintió un nudo áspero subirle por la garganta. Pero no lloró. No se lo permitiría.
—¿Y qué tal si deseo un precio diferente? ¿Y si no quiero pertenecer a nadie?
La señora Bae se acercó. Puso las manos en sus hombros y la miró con ternura, aunque sus palabras fueron una sentencia.
—Ya no estamos en posición de elegir, Joohyun. Esa época terminó cuando tu padre enfermó y las cuentas dejaron de cuadrar. El matrimonio con los Kim nos salvará… o nos hundiremos con gracia.
Silencio. Denso. Aplastante.
Horas más tarde, ya vestida con una bata azul medianoche, Joohyun descendía por la escalera de roble que conectaba el segundo piso con la sala de visitas. A esa hora, la casa parecía más fría que nunca. El mayordomo le informó que la señora había salido a hacer visitas sociales —posiblemente a presumir el compromiso aún no anunciado— y que la señorita tenía la casa para sí.
Eso fue todo lo que necesitó para dirigirse al único lugar donde se permitía sentir: el jardín invernal.
Era un espacio pequeño, de cristales altos cubiertos por enredaderas que se empeñaban en desafiar el clima londinense. Allí crecían violetas, narcisos tardíos y jazmines que se aferraban al vidrio como si quisieran escapar. Era su rincón desde niña. Su reino privado. El único sitio donde podía respirar.
Se sentó en el banco de hierro forjado. Pasó los dedos por la corteza de una maceta agrietada y cerró los ojos. Por un instante, imaginó que corría. Que cruzaba Hyde Park sin sombrero, con el cabello suelto y las botas llenas de barro. Que no había promesas ni deberes. Solo viento y libertad.
—Disculpadme, milady. ¿Deseáis que traiga su abrigo? Está haciendo aire frío y puede contraer un resfriado.
La voz de su doncella la sacó del ensueño. Era Wendy, la única en esa casa que se atrevía a hablarle con familiaridad cuando nadie miraba.
—No —respondió Joohyun, abriendo los ojos con suavidad—. El frío es más honesto que la gente.
Wendy se sentó junto a ella sin pedir permiso. Sabía que podía hacerlo.
—¿Es cierto lo del heredero Kim?
Joohyun asintió lentamente.
—Y mañana se hará el anuncio. En su casa. Con velas, champán y mentiras bien envueltas.
Wendy la miró de reojo.
—¿Es apuesto, al menos?
Joohyun sonrió, la primera sonrisa verdadera del día.
—No tengo idea. Nunca lo he visto. Pero aunque lo fuera… no deja de ser una celda bien decorada.
Wendy guardó silencio. Luego, con cuidado, puso una manta sobre las piernas de su señora.
—¿Y si escaparas?
Joohyun la miró.
—¿A dónde iría? ¿A vivir como institutriz? ¿A coser en la trastienda de una modista? ¿A cargar maletas en la estación? Las mujeres como yo no pueden huir… solo se les enseña a no desear.
Wendy suspiró.
—Tal vez aún no conoces a alguien que te enseñe lo contrario.
Joohyun no respondió. Pero algo en su pecho latió diferente. Como si la semilla del deseo, dormida durante años, hubiera sentido el roce de una luz nueva.
Cuando regresó a su dormitorio, encontró sobre su tocador una tarjeta de invitación con bordes dorados. Era simple, elegante y devastadora:
"La familia Kim tiene el honor de invitar a Lady Bae Joohyun a una cena privada en su residencia este viernes 17 de abril, con motivo de celebrar la futura unión entre ambas casas."
La dejó donde estaba. No podía tocarla. No aún.
Esa noche, no durmió. Observó el techo. Escuchó las campanadas. Pensó en la palabra "esposa" como si fuera una soga de seda. Suave, pero firme. Invisible, pero mortal.
Y justo antes del amanecer, mientras el cielo comenzaba a clarear sobre los techos oscuros de Londres, Joohyun se prometió algo que no sabía si sería capaz de cumplir:
No entregaría su corazón.
No sin luchar primero.
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El Jardín de los Secretos
RomanceLondres, 1853. En una sociedad donde las apariencias lo son todo, los Bae y los Kim han pactado un matrimonio que promete fortuna, estabilidad y poder. Lady Bae Joohyun, hija de una familia noble y el refinado heredero Kim Jongin, producto del nuevo...
