El mundo a su alrededor se había ido destiñendo despacio, casi sin que ella se diera cuenta, hasta convertirse en la estampa gris de una película vieja, de esas donde el fondo es siempre plano y el aire parece pesado, lleno de polvo. El eco de los gritos en la cocina todavía le zumbaba detrás de las orejas. Había peleado con Marcus, otra vez, una discusión agria y repetitiva que olía a cerveza barata y a frustración acumulada, mientras sus padres se limitaban a mirar hacia otro lado, cruzados de brazos, negándose a pronunciar la palabra terapia como si nombrarla fuera a invocar un demonio en la sala.
¿Qué caso tenía? Todo lo que se suponía que debía hacer, todo lo que una buena hija y una buena hermana se encargaba de resolver, ella ya lo había hecho. Se había desvelado, había limpiado desastres en silencio, había cubierto ausencias. Y aun así, persistía esa sensación pastosa en la garganta de que nada de lo que ofrecía sería jamás suficiente. Su mente iba por un lado, rígida y cansada, y su corazón arrastraba los pies por el otro, en un desacuerdo constante que la dejaba vacía, convenciéndose a cada minuto de que nada de ese esfuerzo había valido la pena. Sus padres no moverían un dedo; tenían demasiado pánico de que un tratamiento o un historial médico atrasaran el futuro de Marcus, su entrada a la universidad, su frágil estabilidad. Y Max simplemente se había quedado sin aire. Ya no tenía fuerzas para seguir empujando una pared que no se iba a mover.
Afuera, la noche de Wellsbury continuaba su curso. Se había negado rotundamente a ir a la fiesta en casa de Brody, esa reunión organizada para celebrar con risas ruidosas el éxito de la obra escolar y el poema de Ginny. No quería ver rostros radiantes ni escuchar felicitaciones que se sentían ajenas. Así que se encerró en su habitación, buscando el amparo de la oscuridad absoluta, donde nadie pudiera pedirle que sonriera.
Le dolía el pecho físicamente, una opresión sorda justo debajo del esternón, el preámbulo de un colapso emocional que venía persiguiéndola desde hacía meses. En la penumbra, el único pensamiento que lograba fijarse en su cabeza era Marcus. Sabía exactamente cómo se sentía él. Su hermano solía gritarle que ella no entendía nada, que vivía en su propio universo dramático, pero la realidad era que no había nadie en este mundo que conociera ese fondo oscuro mejor que ella. Solo que Max no tenía el lujo de derrumbarse. No podía ir por ahí contando el dolor que le arañaba el estómago por dentro, ni el peso muerto que cargaba en los hombros desde que tenía memoria. En la casa de los Baker, las reglas invisibles eran claras: ella tenía que ser la buena, la que sacaba buenas notas, la fuerte, la que no causaba problemas ni requería llamadas de la escuela, porque toda la atención, toda la preocupación y todo el amor angustiado de sus padres ya tenían un dueño absoluto. Siempre se trataba de Marcus.
Se incorporó de la cama con una lentitud de anciana, sintiendo el frío del suelo en los pies descalzos. Cruzó el pasillo en silencio, movida por un instinto que no lograba apagar: quería comprobar que su hermano seguía allí, que no había vuelto a buscar consuelo en el fondo de una botella. Sus padres podían cerrar los ojos y pretender que todo era una fase de la adolescencia, pero ella sabía distinguir el brillo opaco de una adicción cuando la tenía enfrente.
Antes de llegar, vio la silueta de su padre salir del cuarto de Marcus. Max se detuvo en las sombras, suponiendo que él también compartía esa misma angustia nocturna. Esperó a que sus pasos se alejaran por la escalera y luego empujó la puerta con cuidado. La habitación la recibió con un golpe de aire frío. La cama estaba completamente vacía, las sábanas revueltas y la ventana abierta de par en par, dejando entrar el susurro de los árboles del jardín. Max se asomó por el marco, alcanzando a distinguir la figura de su hermano escabulléndose entre los arbustos, perdiéndose en la oscuridad de la calle.
—Ni siquiera hizo el truco de la almohada —mascullo entre dientes, con una exasperación que le supo a hiel.
Con movimientos mecánicos, casi coreografiados por los años de complicidad y secretos, se acercó a la cama de Marcus y acomodó las mantas, ahuecando los almohadones para que, si su madre abría la puerta por la mañana, pareciera que el chico seguía durmiendo allí. Al salir, su mano buscó el interruptor de la pared por pura costumbre: apagó la luz tres veces, un ritual silencioso para calmar la marea en su cabeza, y tomó sus cosas. Si el mundo iba a seguir rompiéndose, al menos no lo vería ocurrir desde su cama. Se fue a la fiesta.
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¿cuál es el siguiente paso?
FanfictionLa historia se centra en max baker que intenta lidiar con la depresión, se le cae la máscara y sus demonios al fin son visibles para el mundo, pero... ¿El mundo estará listo para max?. ***** Me acabo de terminar la tercera temporada de Ginny y Georg...
