cap 1

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Capítulo 1 — Sombra de Sangre y Perfume de Guerra

La lluvia caía como cuchillas sobre las calles de Berlín, oscureciendo aún más la ciudad que ya de por sí respiraba crimen. Entre las luces de neón apagadas y los callejones húmedos, un hombre caminaba con la calma del que no teme a la muerte, sino que la controla. Su abrigo negro ondeaba con el viento y su olor —mezcla de pólvora, sangre y almizcle alfa— hacía que hasta los perros callejeros se alejaran.

Leonhart Walker, jefe de la organización Nachtjäger, no era simplemente temido. Era leyenda. Un alfa sin cadena, nacido entre ruinas de guerra, moldeado por traición, convertido en el cazador más letal del continente. Dominante. Imparable. Y completamente solo.

Sus ojos, tan grises como el cielo antes de una tormenta, no mostraban emoción mientras observaba los restos del último “mensaje” que su organización había dejado para los Seo: una bodega ardiendo, con hombres aún gritando dentro.

Pero esa noche no había satisfacción. Solo un vacío familiar.

—Están tardando mucho en reaccionar —gruñó con voz grave, mientras se encendía un cigarro con calma asesina—. ¿Dónde estás, Seo?

A más de 8.000 kilómetros de distancia, en Seúl, en un ático sellado por sistemas de seguridad imposibles de romper, Jae-min Seo observaba los mismos fuegos... en una transmisión en vivo.

Hermoso. Elegante. Y letal.

Su cabello oscuro caía sobre su frente, desordenado de forma perfecta, mientras su expresión fría ocultaba la tormenta que hervía por dentro. Omega, sí. Pero no uno cualquiera. Él era un omega sin cadenas, sin dueño, sin sumisión. Criado para comandar, para manipular, para destruir desde el corazón mismo de la mafia coreana.

Y ahora su imperio estaba siendo atacado por un animal europeo con aires de dios.

—Walker... —susurró Jae-min, con una sonrisa tan suave como venenosa—. Vamos a ver quién caza a quién.

Dio una orden con un solo movimiento de mano, y toda la habitación se puso en marcha. Asesinos se preparaban. Tratos se cerraban. Espías se infiltraban. Nadie hablaba. Nadie preguntaba.

Nadie desobedecía al omega.

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Días después...

El punto de encuentro era neutral. Un club nocturno en Moscú, un lugar donde el lujo se disfrazaba de pecado y la violencia se guardaba en copas de cristal. Allí, sin quererlo —o tal vez por designio del destino—, Leonhart y Jae-min se vieron por primera vez.

El alfa entró como si le perteneciera el mundo. Alto, imponente, brutal. Su sola presencia hacía temblar el aire. Pero entonces, su mirada se cruzó con la de un joven sentado solo, rodeado de guardaespaldas disfrazados de camareros.

Y el mundo se detuvo.

Los dos sabían quién era el otro. Lo habían estudiado. Soñado. Odiado. Amenazado. Pero nada los había preparado para lo que sintieron al verse.

El olor de Jae-min era dulce, sutil... y peligroso. Un omega fuerte, con feromonas perfectamente controladas, como veneno lento en copa de vino. Y sin embargo, en ese instante, Leonhart lo sintió todo: el deseo, el peligro, el deseo de poseerlo y al mismo tiempo, la certeza de que él también podría ser destruido.

—¿Eres tan silencioso como dicen, señor Walker? —dijo Jae-min, alzando su copa sin romper la sonrisa.

—Solo cuando las palabras sobran —respondió Leonhart, acercándose sin pedir permiso.

El aire entre ambos se volvió denso, eléctrico, casi insoportable. Ni los guardaespaldas se atrevían a intervenir. Era una guerra fría en forma de conversación.

—¿No deberías matarme? —dijo el omega, con voz suave pero desafiante.

—¿Y arruinar el único momento interesante de esta maldita guerra? —respondió el alfa, con una sonrisa seca—. Aún no.

Ambos sabían que no debían estar hablando. Eran enemigos jurados, herederos de odio. Pero algo más profundo —más oscuro, más primitivo— ya se había encendido.

Un instinto que ni el deber, ni el orgullo, ni la guerra podría apagar fácilmente.

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Esa noche, ninguno de los dos durmió.

Jae-min volvió a Corea con las palabras de Leonhart grabadas en la piel. Y Leonhart, por primera vez en años, sintió que había algo que deseaba... no matar, sino tocar.

Pero lo sabían: ese deseo podría ser el principio de su fin.

O el nacimiento de una alianza que haría arder el mundo.

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Muy pronto capitulo dos :)

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