Prólogo: Las Cenizas del Traidor
"¿Por qué...?"
Esa fue la única palabra que logró escapar de sus labios, mientras la sangre manaba de su pecho, caliente y espesa, empapando su uniforme escolar.
Frente a él, con la lanza de luz aún humeante en su mano, Rías Gremory lo miraba con frialdad absoluta. Sus ojos, antes llenos de dulzura, ahora eran dos pozos vacíos, carentes de empatía.
"No eres quien creemos, Issei. Eres peligroso", dijo sin titubear. "El consejo lo ha decidido. No podemos permitir que algo como tú siga existiendo."
Detrás de ella, Akeno apartaba la mirada, conteniendo las lágrimas. Kiba sostenía su espada, sin moverse. Xenovia y Rossweisse lo rodeaban, no para protegerlo, sino para impedirle escapar.
Lo habían traicionado.
Sus amigos. Su familia.
¿Pero por qué?
Un poder que no comprendía había comenzado a crecer dentro de él. No era el Boosted Gear. No era el dragón. Era algo más… ancestral. Algo que incluso los demonios temían.
"Has estado cambiando, Hyoudou", dijo Azazel, apareciendo entre las sombras, su voz teñida de resignación. "Sueños extraños. Técnicas que no pertenecen a este mundo. Energías que desafían las leyes del Inframundo. Ya no podemos ignorarlo."
Issei cayó de rodillas, la lanza de luz clavada en su abdomen. Su visión comenzó a desvanecerse.
La muerte, pensó.
Así termina todo…
---
Pero entonces, algo se quebró dentro de él.
No era el dolor. Ni la desesperación.
Era un límite.
Una muralla invisible que, durante toda su vida, había contenido un poder más grande de lo que podía imaginar.
Y ahora, rota, dejó escapar una tormenta.
En la oscuridad de su mente, un espacio se abrió. Un vacío silencioso, donde el tiempo no existía. Y en el centro, una figura se alzaba, envuelta en sombras y relámpagos.
—Finalmente despiertas —dijo la figura, con voz grave y autoritaria.
Issei lo miró… y se vio a sí mismo.
Pero no era él.
Ese hombre tenía el cabello largo y oscuro, ojos ardientes como brasas, y una presencia que parecía desafiar incluso a la muerte.
—¿Quién... eres? —susurró Issei, confundido.
—Tú. O lo que fuiste —respondió la figura—. Yo soy Indra Ōtsutsuki. Y tú... eres mi reencarnación.
El silencio pesó como el hierro.
Indra extendió su mano, y un ojo giratorio de tres aspas brilló en su palma. Luego, un segundo, púrpura, se abrió en su frente.
—Llevas dentro de ti mi legado. Mi voluntad. Mi maldición. Fuiste sellado, limitado, manipulado para vivir como un simple humano. Pero ya no más.
—¿Por qué ahora?
—Porque la traición despierta lo que el amor mantiene dormido.
---
Issei abrió los ojos.
Su cuerpo seguía en el suelo, pero ya no sentía dolor. La lanza de luz se desintegró como polvo bajo su aura creciente.
Los demonios retrocedieron instintivamente.
Su cabello flotaba con la energía que brotaba como una fuente. Sus ojos, ahora encendidos con el Sharingan, escaneaban a cada uno de los que lo habían condenado.
Rías dio un paso atrás.
—¿Qué... qué es esto?
—El principio —respondió Issei, su voz más profunda, más pesada—. Y el final… para ustedes.
Azazel levantó la mano para protegerse, pero fue inútil. Una ráfaga de chakra lo arrojó decenas de metros.
Akeno cayó de rodillas. Xenovia se desmayó. Kiba apenas podía mantenerse en pie.
Rías intentó hablar, pero Issei la miró con una mezcla de furia y vacío.
—Yo los amé. Confié. Luché por ustedes.
Un halo de chakra azul se formó alrededor de él. El esqueleto de un Susanoo emergió, etéreo pero amenazante. Y en su espalda… el Rinnegan se abrió, brillante como una luna violeta.
—Y esto es lo que recibí.
---
Esa noche, el cielo de Kuoh se partió.
Las casas nobles del Inframundo sintieron el temblor en el tejido mismo del chakra y la magia.
Y dos figuras, en sus respectivos territorios, se alzaron ante el presagio.
Sona Sitri, dejando caer su libro al suelo, sintió un escalofrío que no podía explicar.
Seekvaira Agares, desde su torre de vigilancia, vio el cielo resquebrajarse y sonrió, como si por fin hubiese confirmado una vieja sospecha.
—Ha comenzado —dijeron ambas, en distintos lugares, al unísono.
Y en sus ojos… no había miedo.
Había interés.
---
Issei desapareció esa noche. No volvió a ser visto por los demonios que una vez lo llamaron "aliado".
Pero rumores comenzaron a surgir. De un joven con ojos que todo lo ven, capaz de manipular fuerzas desconocidas incluso para los grandes señores del inframundo.
Un joven con un aura divina… y una mirada rota.
Algunos decían que era una reencarnación maldita. Otros, que era un dios vengativo.
Pero dos mujeres en especial lo buscaban, no para sellarlo…
Sino para entenderlo.
Y, quizás…
Para sanarlo.
Porque aunque Issei Hyoudou murió aquella noche traicionado por quienes más amaba…
Indra Ōtsutsuki despertó con una única certeza:
Esta vez no perdonará.
---
¿Te gustaría que prepare el capítulo 1?
