SEIS | DESTINOS CRUZADOS.

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Habían pasado semanas desde su llegada a Nueva York

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Habían pasado semanas desde su llegada a Nueva York. Un mes exacto. Pero lo que debería ser un periodo de adaptación y nuevas oportunidades, se había convertido en un campo minado de silencios, miradas evitadas y una tensión que se podía cortar con el filo de un cuchillo. Giyoon no lo estaba pasando bien en el restaurante. Jimin tenía ese maldito don: caerle bien a todos sin esfuerzo. Pero lo que más le crispaba la piel era verlo con Seokjin.

No porque estuviera celoso, o eso se repetía. Bueno... tal vez sí. El sub chef era su único amigo real desde que llegó. Y verlo tan cariñoso con Jimin, tan atento, tan cómodo, le resultaba insoportable. No es que Seokjin lo hubiera sustituido. Es que Giyoon lo quería para él. Sin ese pequeño rubio siempre en medio, sonriendo, acaparando las miradas.

Ese día, sin embargo, Giyoon se sentía ligero. Jimin tenía una presentación que lo tendría fuera todo el día, y por primera vez en semanas, el restaurante le pertenecía de nuevo. Bromeaba con Seokjin, su risa se escuchaba con naturalidad, y hasta los empleados notaron su buen humor. Pero no todos compartían esa alegría.

Desde la barra, Jungkook lo observaba con el ceño fruncido. ¿Por qué estaba tan feliz... justo el día en que su hermano no estaba?

Había notado la tensión entre ellos, claro que sí. Pero quiso pensar que se trataba del agotamiento, de la presión de trabajar juntos. Y además, era un día especial para Jimin, uno que suponía también importante para su esposo.

Era la primera presentación de Jimin en un teatro real, ante miles de espectadores. Había trabajado duro por ese papel, y lo había conseguido. Jungkook se sentía orgulloso, emocionado incluso, como si el logro fuera suyo también.

Eligió su mejor ropa esa mañana. Quería verse bien para su persona favorita en el mundo. Había comprado un ramo de flores precioso, el tipo de flores que uno simplemente sabe que pertenecen a alguien especial. Las colocó con cuidado en la zona del personal, en agua, para que estuvieran frescas para el gran momento.

Y sin embargo... algo le rondaba la cabeza. Giyoon no se había mostrado nervioso, ni pendiente del reloj, ni emocionado. Estaba demasiado tranquilo. Como si no tuviera ninguna intención de ir. Como si Jimin no importara.

Y eso le calaba como una espina invisible bajo la piel.

—¿A qué hora nos iremos? —Preguntó Jungkook con una sonrisa esperanzada, los ojos brillando de ilusión.

—¿Disculpa? —Giyoon alzó la vista.

—A ver la presentación de Jimin... faltan dos horas. —Insistió, bajando un poco la voz ante la indiferencia del mayor.

—Lo siento, Jungkook, no puedes ir. —Soltó sin mirarlo siquiera, como si la conversación le aburriera.

—¿Qué? ¿Estás bromeando, verdad? —Parpadeó incrédulo, era su hermano. ¡Tenía que ir!

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