El sol de las tres de la tarde pegaba fuerte sobre las calles polvorientas de Rosario cuando sonó la campana del Liceo Secundario Nuestra Señora del Carmen. Como una cascada de uniformes azules y faldas a cuadros, los estudiantes salieron en tropel, cargando sus mochilas gastadas y sus sueños de adolescentes.
Yamilet Cruz caminaba entre sus amigas, su pelo largo recogido en una cola de caballo que se balanceaba al ritmo de sus pasos. A sus 17 años, ya mostraba la belleza que la haría destacar entre las muchachas de Rosario: ojos color miel, sonrisa perfecta y una figura que comenzaba a llamar la atención de más de uno.
"Ay, muchacha, tú estás loca si crees que con esa matemática vas a pasar el año", le decía Kimberly mientras se acomodaba la falda del uniforme, siempre tratando de que le quedara más corta de lo permitido.
"A mí no me importa la matemática", respondió Yamilet con una sonrisa traviesa. "Yo no nací para estar sentada en una oficina sumando números toda la vida."
Daniela, la más callada del grupo, caminaba a su lado cargando más libros que las otras dos juntas. "Pero Yami, sin estudios no vas a llegar a ningún lado", murmuró tímidamente.
"¿Estudios?" Kimberly soltó una carcajada. "Mira a Jennifer López, mira a las modelos de las revistas. ¿Tú crees que ellas llegaron donde están por saber álgebra?"
Las tres siguieron caminando por la calle principal de Rosario, pasando frente a los pequeños colmados, las casas de zinc y concreto, y los hombres que jugaban dominó bajo la sombra de los almendros. Era un pueblo donde todos se conocían, donde las noticias volaban más rápido que el viento, y donde los sueños parecían demasiado grandes para sus calles estrechas.
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Más adelante, en la plaza central de Rosario, cuatro jóvenes estaban sentados bajo la sombra del único árbol frondoso del lugar. Alexander Núñez, con sus 19 años y sus ojos soñadores, miraba hacia la dirección por donde sabía que vendría Yamilet.
"Ey, Alex, tú te quedaste pegado ahí", le dijo Emilio Valdez mientras le daba un codazo. "¿Todavía esperando a tu princesa?"
Randy Gómez, que estaba rebotando una pelota de baloncesto contra la pared, se rió. "Hermano, a ti te tienen engañao. Esa muchacha ya no quiere saber nada contigo."
"¿Cómo tú sabes eso?" preguntó Alex, tratando de sonar desinteresado pero con una nota de preocupación en la voz.
Kelvin Torres, el más bocón del grupo, se acercó con una sonrisa maliciosa. "Porque mi hermana me dijo que la vio el sábado en Baní, montada en una jeepeta full con un tipo que parecía tener más pesos que tú años."
Nelson Morales, el más serio por ser seminarista, trató de calmar las aguas. "Ustedes no deben estar hablando así de las muchachas. Además, pueden ser chismes."
"Chismes, ¿eh?" Randy dejó de botar la pelota. "Pues mi primo que trabaja en la gasolinera de la entrada del pueblo dice que esa jeepeta la han visto varias veces por aquí. Y que el tipo que la maneja no es de por aquí."
Alex se puso de pie, incómodo. "Yamilet no es así. Ustedes no la conocen como yo."
"Ay, Alex, tú eres muy ingenuo", se burló Kelvin. "Las mujeres bonitas como Yamilet no se quedan con muchachos como nosotros toda la vida. Ellas buscan quien las mantenga."
"Habla por ti", respondió Alex con molestia. "Yo voy a estudiar ingeniería y voy a darle todo lo que ella se merece."
Los muchachos siguieron bromeando y burlándose suavemente de Alex cuando de repente vieron una motocicleta Honda roja acercarse por la calle principal. El conductor era un hombre joven, de unos 30 años, con cadenas de oro que brillaban bajo el sol y una camisa de marca que contrastaba con la sencillez del pueblo.
