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Año: 1983 – Ciudad de Heredia

El sonido de la lluvia golpeando los techos de chapa era lo único que rompía el silencio en la madrugada. El teléfono sonó a las 3:17 a. m., y como siempre, el detective Ethan Rivas respondió al primer timbre.

—Rivas, habla. —Su voz era grave, cansada pero firme.

—Detective, tenemos otro caso.Heredia Central, bloque industrial. Es igual que los anteriores... sólo que esta vez... hay algo extraño. Muy extraño.

Ethan colgó sin responder. No hacía falta. Se vistió con rapidez, ajustó su abrigo largo y se aseguró de que su arma estuviera cargada. En la cocina, su hermano mayor, Marcus, tomaba café, vestido con su bata médica y los ojos hundidos de tanto leer informes forenses.

—¿Otro más? —preguntó Marcus sin girarse.

—Sí. Y esta vez, dicen que hay algo distinto.

—Siempre lo dicen.

Ethan salió al encuentro de sus dos compañeros en la agencia independiente: Valeria Cruz, analista en perfiles criminales, y Noah García, técnico forense y experto en rastros.

Apenas llegaron a la escena del crimen, comprendieron que esto no era como los demás. El cuerpo de la víctima, una joven de unos veinticinco años, yacía en medio de un círculo dibujado con símbolos antiguos, desconocidos para cualquiera de los presentes.

—Esto no es ritualismo común —murmuró Valeria—. Esto es... algo más.

Ethan se agachó para examinar el cadáver. En su mano rígida, la joven sostenía una nota, escrita con una caligrafía fina y temblorosa.

"No me buscarán. Pero los encontraré. Y cuando lo haga... no se asusten. Yo volveré."

Los policías intercambiaron miradas nerviosas. Noah fotografiaba todo, intentando ignorar el escalofrío que recorría su espalda.

—¿Nombre de la víctima? —preguntó Ethan.

—Isabella León, 26 años. Psicóloga clínica. Hermano: Elías León, psiquiatra retirado, especializado en fenómenos de disociación.

—¿Dónde vive?

—En la zona norte de Heredia. Se aisló nadie sabe por qué. Vive completamente solo.

Ethan cerró los ojos un instante. Su instinto le gritaba que estaban abriendo una puerta que nunca debió tocarse.

Una semana después de haber encontrado el cuerpo de Isabella en la madrugada, algo cambió. A las 4:04 a. m., mientras analizaban los rastros en la agencia, la electricidad falló brevemente. Al regresar la luz, la joven Isabella León, la víctima del crimen... estaba de pie en la entrada del edificio.

No sangraba. No hablaba. Pero estaba allí.

Nadie gritó. Nadie corrió. Ethan se mantuvo en pie, como si algo dentro de él hubiera esperado ese momento toda su vida.

—No vine para asustarlos —dijo Isabella, su voz hueca, lejana—. Vine para advertirles. Esto... esto no ha terminado.

—Estás muerta —dijo Noah, temblando.

—Lo sé. Y por eso no puedo ayudarlos mucho. Pero mi hermano, Elías... él sabrá qué hacer.

—¿Tu hermano? ¿El que se encerró por causas misteriosa? —preguntó Valeria.

—Sí. Él ha empezado a odiar este mundo. Pero entiende las reglas del otro.

Isabella comenzó a desvanecerse, como niebla en la madrugada. Antes de irse, pronunció una última frase

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⏰ Última actualización: Jun 28 ⏰

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