Capítulo 1 - La Tormenta y el Príncipe

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La tormenta se cernía sobre el puerto de Silvenis como una criatura viva. Las olas azotaban los acantilados con violencia y el viento se colaba entre las velas rasgadas del Érebo, la temida embarcación pirata comandada por Jeon Jungkook. Los marineros corrían de un lado a otro, asegurando cuerdas y tensando velas. Pero el capitán no se movía. Permanecía firme en la proa, empapado, el cabello largo pegado a su rostro lleno de cicatrices, los ojos oscuros fijos en la costa.

—¿Está seguro, capitán? —preguntó Hoseok, su segundo al mando, cubriéndose con una capa mojada.

—Está allí. Lo sé —respondió Jungkook sin parpadear—. Esta noche se lo arrebataré al rey.

Y esa noche, el príncipe Park Jimin dormía plácidamente en la torre de mármol blanco. Su cabello rubio estaba ligeramente despeinado sobre la almohada de seda. La piel de su pecho, expuesta por la camisa abierta, brillaba bajo la luz de la luna. Era el favorito de su padre. Consentido, frágil y siempre protegido. El único lugar donde no había guardias era su cuarto, porque nadie se atrevía a desafiar al Rey Taemin.

Nadie... excepto Jungkook.

El golpe fue rápido. Un humo espeso llenó la habitación y Jimin se incorporó tosiendo, desorientado. Apenas pudo ver una silueta imponente entrar por el balcón antes de que unas manos fuertes lo tomaran por la cintura.

—¿¡Qué—!? ¡Suéltame! —gritó, luchando en vano contra un pecho desnudo y duro como piedra.

Jungkook lo sostuvo fácilmente, sujetándolo como si fuera una pluma.

—Lo siento, alteza —susurró con una sonrisa torcida—. Esta noche me pertenece.

Y antes de que Jimin pudiera gritar otra vez, todo se volvió oscuro.

Despertó con el movimiento del barco. Estaba amarrado, no con violencia, sino con firmeza: muñecas atadas al cabecero de una cama de madera gruesa, en una habitación decorada con mapas y botellas de ron. El olor a sal y cuero lo mareó. Luego, lo vio: sentado en una silla frente a él, el pirata más temido del mar, observándolo como un depredador.

—¿Quién... quién eres? —susurró Jimin, con el corazón desbocado.

Jungkook se levantó. Caminó lento, como un león. El pecho desnudo cubierto de tatuajes —dragones, espadas, nombres tachados— y el cabello mojado cayéndole sobre los hombros. Tenía una cicatriz en la ceja y otra en la clavícula. Era salvaje. Hermoso y aterrador.

—Me recuerdas, ¿no? —dijo mientras se acercaba, deteniéndose a centímetros de su rostro—. Hace diez años. Tú estabas en el balcón. Yo era un esclavo, encadenado, arrastrado por tus soldados. Tú me miraste.

Jimin abrió los ojos, asustado. Sí... sí lo recordaba. Un niño sucio, con mirada triste y rabia contenida. Se habían cruzado los ojos por un segundo. Y ahora estaba allí, imponente, peligroso... y más guapo de lo que Jimin quería admitir.

—¿Por eso... me raptaste? —murmuró, con la voz temblorosa.

—No solo por eso —Jungkook le acarició la mejilla con los dedos ásperos—. Quiero herir a tu padre. Pero también... te deseé desde ese día. Y cuando un pirata desea algo, lo toma.

Jimin se sonrojó. Estaba asustado, sí... pero también confundido. Jungkook no lo había tocado con crueldad. Lo miraba como si lo devorara con los ojos, como si lo hubiera idealizado por años. Había deseo en esos ojos oscuros, ardiente y sucio... y por alguna razón, el cuerpo de Jimin lo sentía. Se tensó, luchando contra esa sensación.

—No puedes hacerme esto... soy un príncipe...

—Aquí no lo eres —Jungkook sonrió—. Aquí eres solo Jimin. Y estás en mi cama.

Se inclinó. Los labios de ambos se rozaron, apenas. Y en ese roce, Jimin tembló. Sentía calor en la cara, en el cuello, entre las piernas. No sabía si era miedo, o algo peor.

—No voy a forzarte —susurró Jungkook contra sus labios—. Pero quiero que sepas que te he deseado más de lo que he odiado a tu familia.

Se separó y se fue sin mirar atrás, dejándolo atado, confundido, y con el corazón latiendo como un tambor de guerra.

Al día siguiente, Jimin fue liberado de las ataduras, pero no de la vigilancia. Estaba en el camarote de Jungkook, con ropa sencilla y el cabello aún limpio. El capitán no lo trataba como a un prisionero cualquiera. Pero tampoco como a un huésped. Era algo más...

Una obsesión.

Durante los días siguientes, Jungkook no tocó a Jimin. Pero lo miraba. Oh, cómo lo miraba. En las noches, se sentaba en una esquina, con una copa de ron en la mano, y simplemente lo observaba dormir. A veces se acercaba, le arreglaba una hebra de cabello, le rozaba los labios con los dedos, y luego se alejaba antes de perder el control.

Jimin comenzó a soñarlo. A imaginar cómo se vería sin pantalones, cómo se sentirían sus manos tatuadas en su cintura. Se odiaba por ello. Era su captor. Pero el deseo lo atrapaba más que las cuerdas.

Hasta que una noche, Jimin habló.

—¿Por qué me miras así?

Jungkook no respondió. Se acercó.

—¿Por qué me trajiste aquí si no piensas hacerme nada?

—¿Y si te digo que sí quiero hacerte cosas? —su voz era ronca.

Jimin tragó saliva.

—Entonces hazlo.

La habitación se llenó de silencio.

—Estás jugando con fuego, príncipe —dijo Jungkook con los ojos prendidos.

—Tal vez me cansé del hielo.

Y entonces, Jungkook lo besó.

No fue suave. Fue urgente. Casi salvaje. Los labios se buscaron con desesperación, las lenguas se enredaron y los cuerpos se apretaron sin barreras. Jimin gimió contra su boca, y Jungkook lo alzó como si no pesara nada, llevándolo hasta la cama sin dejar de besarlo. Las manos grandes del pirata recorrían la piel suave de Jimin como si fuera un mapa del tesoro, tocando con devoción.

Y justo cuando la ropa comenzaba a volar por el camarote... la puerta se abrió de golpe.

—¡Capitán! —gritó Hoseok, entrando sin pensar—. Es ella. ¡Está aquí!

Jungkook se separó bruscamente, el pecho agitado, la mirada ardiente aún fija en Jimin.

—¿Ella?

—Lady Naerye... ha abordado el barco. Dice que quiere verte.

El cuerpo de Jungkook se tensó. El pasado acababa de entrar en su santuario... y con él, los verdaderos demonios.




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Entre Cadenas y Mareas // KOOKMINHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora