El Infiltrado

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En una noche sin viento, cuando las estrellas parecían detenidas en el firmamento, el castillo de la reina Sindel en Edenia reposaba con su habitual solemnidad. Nada perturbaba la quietud de los salones, y la bóveda real —enterrada en las profundidades del castillo, protegida por runas antiguas y guardianes encantados— parecía impenetrable.

Desde las sombras más densas del bosque exterior, una figura emergió sin hacer ruido. Su cuerpo era de metal líquido, sin forma definida. Se deslizaba como mercurio vivo, deformando su silueta a voluntad. Una abertura en la muralla, apenas del tamaño de una grieta, fue suficiente. Su cuerpo se comprimió, se reformó y volvió a avanzar.

Los guardias nunca lo vieron. Donde había puertas cerradas, se convertía en filo para cortar. Donde había barrotes, se volvía humo de acero y atravesaba. Las alarmas mágicas, diseñadas para percibir sangre, alma o intención, no sabían cómo reaccionar ante una criatura que cambiaba constantemente

Llegó a la antesala de la bóveda. La puerta, una maravilla de ingeniería arcaica y brujería antigua, palpitaba con energía azul. Cualquier ladrón común habría sido destruido al tocarla. Pero este ser no era común. Se arrodilló ante la cerradura, su brazo mutando en complejas herramientas. Lentamente, con precisión, comenzó a desactivar los sellos.

Un leve cambio en la temperatura del aire, una vibración imperceptible. Uno de los sellos, reactivo al movimiento, se activó con una luz pálida. Un zumbido, casi un susurro, recorrió las paredes como una corriente. En lo alto del castillo, Sindel abrió los ojos. No dijo nada. No necesitaba hacerlo. La magia respondió sola.

Desde el techo y los muros, círculos de energía se abrieron de golpe. Corrientes mágicas descendieron como cadenas, atrapando al intruso antes de que pudiera reformarse. Intentó dividirse, evaporarse, escapar en partículas... pero no pudo. El metal líquido se solidificó lentamente, paralizado por los sellos.

Fue arrastrado, sin palabras, hasta una sala sin ventanas. Allí, entre columnas oscuras y bajo una luz cenicienta, Sindel lo esperaba.

La energía mágica que lo inmovilizaba chispeaba con violencia, tratando de contener lo imposible. El cuerpo del intruso, aún atrapado entre formas cambiantes de metal sólido y líquido, comenzó a estabilizarse. Por primera vez, adoptó una forma definida: la de un hombre, alto, de piel obscura y desgastada, con ojos como carbones ardientes. El metal que lo formaba retrocedió, fundiéndose en partes de su cuerpo como si fuera una armadura viva. Había dolor en su mirada... y rabia.

Frente a él, Sindel observaba con severidad, flanqueada por guardianes y asesores, entre ellos un joven general edénico que reconocía la amenaza, pero no el rostro

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Frente a él, Sindel observaba con severidad, flanqueada por guardianes y asesores, entre ellos un joven general edénico que reconocía la amenaza, pero no el rostro.

—¿Quién eres? —preguntó ella con una mezcla de autoridad y curiosidad.

El prisionero alzó la cabeza con lentitud. Su voz era ronca, rasgada, como si hablara desde un abismo de sufrimiento.

UHD: Mortal KombatWhere stories live. Discover now