Una ligera y fresca lluvia caía del cielo oscuro de la tarde hasta caer en el frío cemento bajo mis pies.
Salía de la terminal en compañía de mi valija y ahí iba hasta uno de los taxis para poder subirme e ir hasta mi destino.
Una pequeña casa, que, detrás de ella un almacén bastante grande había.
Dicho lugar le pertenecía a mi fallecido padre, que, en una carta, me dejó escrito que su último deseo era que yo me quedara con la casa y todo lo que queda dentro. Incluyendo, por supuesto, aquél almacén.
Hace tiempo que no me encontraba en el Microcentro Marplatense.
Unos diez años de edad aproximadamente debía rondar. Cuando mis padres aún estaban juntos en esa misma casa que en minutos llegaría por fin.
Ya me encontraba en viaje, observando las calles, las casas, edificios, la gente caminando, los autos. Todo con mucha nostalgia.
Pero, ¿De dónde venía yo? Bueno, yo venía de San Bernardo, donde vive mi familia de parte materna.
Pasar de un pueblo tranquilo a una caótica ciudad era un salto enorme y ya casi me había olvidado de la sensación de incomodidad que me provocaba de niño.
Todo pensamiento había sido interrumpido con el vehículo frenando casi de golpe. Ya que habíamos llegado al destino.
Pagué por el servicio y me bajé junto a mi valija. Observé la casa. Estaba más vieja y descuidada de lo que recordaba.
Generando un poco de incomodidad. Pero no tardé mucho en sacar las llaves de mi bolsillo, abrir la puerta y adentrarme al hogar que una vez fue mío.
El polvillo me dio una abrupta bienvenida, las telarañas también. ¿Por qué estaba todo en ese estado? Se suponía que mi padre vivía en este lugar muchísimo antes de morir.
Cerré la puerta detrás de mí, encendí la luz, que para mi sorpresa, funcionaba.
Y pude ver todo con más detalles.
Los muebles, las fotos familiares en la pared, repisas con algunos libros, macetas con flores secas, y otras cosas más.
Limpiar todo me llevaría muchísimo tiempo. No quería imaginar el baño y las demás habitaciones. En especial el almacén en la parte trasera.
Suspiré un poco, y comencé a caminar por el resto de la casa. La madera crujía en cada paso que daba.
Comenzaba a incomodarme más que al estar afuera bajo la lluvia. Sentía que era un simple sueño extraño y que pronto iba a despertar, allá en San Bernardo.
Ese sentimiento se desvanecía poco a poco.
Me acerqué a una mesa donde un libro con hojas negras y letras blancas estaba ahí como si fuese el último libro que mi padre había leído.
Pasé mi mano por una de las páginas, sacándole el polvo. Una frase logré leer, y decía "No está muerto lo que puede yacer eternamente; y con el paso de los extraños eones, incluso la Muerte puede morir".
Esas palabras me llenaron de intriga. Y no temo en admitir que también me provocó un poco de miedo.
Porque parecía que estaba allí a propósito. Para que lo leyera. Pero no entiendo lo que significa con exactitud.
Decidí dejar eso atrás. Y metí la mano nuevamente en el bolsillo para sacar otra llave más. La del almacén.
Me dirigí hasta el final de la casa y abrí la puerta. Estaba totalmente oscuro. A penas pude ver que a un costado unas velas estaban ahí sobre un mueble.
YOU ARE READING
Luthrannaeh, El Horror en Rojo
HorrorUn joven vuelve a la ciudad donde su padre vivía, allí se encuentra con la casa en mal estado. Y poco a poco, se va topando con cosas extrañas, especialmente un enorme almacén con libros interesantes y comunes, hasta libros oscuros y prohibidos. La...
