El aire de la noche estaba cargado de humedad y frustración. Leonardo respiraba con fuerza mientras caminaba por la cornisa de un viejo edificio de ladrillos, tratando de calmar el temblor de su pecho. La discusión con Raphael aún resonaba en su cabeza. Otra pelea. Otra vez sobre liderazgo, decisiones, orgullo... lo de siempre. Necesitaba aire. Necesitaba pensar.
Entonces la vio.
Una figura pequeña, sentada al borde del tejado, con las piernas colgando sobre el abismo de la ciudad. El cabello largo, cobrizo, se mecía apenas con la brisa. No se movía. No hablaba. Solo miraba hacia el cielo, como si esperara algo entre las estrellas.
Leo se detuvo en seco, su instinto encendió las alarmas. ¿Iba a saltar?
Sin pensarlo demasiado, se deslizó entre las sombras, manteniéndose oculto.
—Hey... —dijo con cautela, su voz apenas un susurro—. No tienes que hacer esto. Cualquiera que sea la razón... no es la salida.
La chica no se giró. Ni siquiera pareció sobresaltarse.
—¿Qué? —dijo con voz suave, como si acabara de despertar de un sueño—. Oh... no. No iba a saltar. Solo... necesitaba un lugar tranquilo.
Leo se quedó quieto, sorprendido. Su cuerpo aún tenso, su corazón golpeando con fuerza.
—Ah... lo siento. Supuse mal —respondió desde las sombras, sin acercarse—. Es solo que... bueno, parecía...
—Sí. Ya me han dicho eso antes —interrumpió ella, sin molestia en su tono. Seguía sin mirarlo, con los ojos clavados en la noche—. Pero no. Solo estoy... pensando.
Hubo un largo silencio. Leo podría haberse ido. Debería haberse ido. Pero algo en su voz, en su postura, le impidió hacerlo.
—¿En qué piensas? —preguntó, casi sin darse cuenta.
La chica dudó un momento. Y luego habló. Su voz tenía una mezcla de cansancio y sinceridad que lo desarmó.
—En mis padres —dijo—. Murieron hace poco. En un accidente. Desde entonces... todo cambió. Me quedé con mi hermanito. Tengo que cuidarlo, y seguir estudiando, y fingir que todo está bien cuando no lo está. A veces solo quiero... dejar de sentirme tan rota.
Leo tragó saliva. No sabía qué decir. No tenía respuestas. Pero tampoco se fue. Se sentó en silencio, a unos metros detrás de ella, aún oculto.
—Lamento mucho lo de tus padres —dijo al fin—. Debes ser muy fuerte para soportar todo eso.
Elara soltó una risa muy leve, casi imperceptible.
—No me siento fuerte.
—A veces, lo somos sin darnos cuenta.
Volvieron a quedar en silencio. Pero esta vez, no fue incómodo. El ruido distante de la ciudad los envolvía como un murmullo constante. Y, por un rato, no necesitaron decir nada más.
Finalmente, cuando el reloj marcó la medianoche, Elara se levantó lentamente.
—Gracias por... hablar conmigo. Supongo que necesitaba desahogarme.
—¿Vendrás otra vez? —preguntó Leo, sorprendiéndose a sí mismo.
Ella asintió, con una pequeña sonrisa apenas visible.
—Sí. Me gustaría eso.
Elara se giró entonces, queriendo ver el rostro del extraño que le había dado un poco de paz. Pero ya no estaba.
Donde había estado sentado, solo quedaba un pequeño objeto metálico: un shuriken grabado con un símbolo que no reconocía, pero que le transmitía una extraña sensación de seguridad. Lo recogió con cuidado.
—Hamato... —susurró, leyendo el grabado apenas visible.
Apretó el shuriken entre sus dedos, y por primera vez en semanas, el nudo en su pecho se aflojó un poco. Más tarde, lo convertiría en un llavero. Y sin saber por qué, sonreiría cada vez que lo viera.
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Un paso hacia la luz | Leonardo Hamato
Hayran KurguLuego de una pelea con Raph, Leonardo se escapa para tomar un poco de aire. En su camino se encuentra a una chica al borde de un edificio, y Leo, creyendo que saltaría, interviene.
