Encuentro en el bar

19 2 2
                                        


El bar apestaba a tabaco, alcohol barato y a esa mezcla de sudor y perfume caro que la gente se pone cuando quiere impresionar, pero solo logra oler a desesperación. Un lugar perfecto para perder el tiempo.

Estaba sentado en la barra, removiendo distraídamente el hielo de mi trago con una uña larga y afilada. No tenía un plan, ni siquiera una razón para estar ahí, pero tampoco quería estar en mi apartamento mirando el techo y escuchando el ruido de la ciudad infernal. Así que aquí estaba, tomando lo que quedaba de mi copa y dejando que la música ahogara mis pensamientos.

Claro, la tranquilidad nunca me dura mucho.

—¿Y qué hace un bombón como tú solo en un lugar como este? —La voz chorreaba falsa confianza y alcohol.

Puse los ojos en blanco antes siquiera de girarme. Ya sabía lo que iba a encontrar: otro demonio baboso creyendo que tenía la frase ganadora. Y, efectivamente, ahí estaba, un tipo alto, de piel rojiza y cuernos retorcidos, con una camisa abierta más de lo necesario y una sonrisa que me daba más asco que otra cosa.

—Esperando a que se me acerque alguien con buen gusto —respondí con una sonrisita sarcástica, antes de volver a centrarme en mi vaso.

Pero el tipo no captó la indirecta.

—Vamos, no seas así, preciosa. ¿Qué tal si te invito un trago y charlamos un rato?

Resoplé. Esto era un clásico. Me preparé para soltarle una buena respuesta cuando, de repente, sentí que alguien se apoyaba en mi hombro con un peso familiar.

—¡Anthonitooo—canturreó Cherri, su voz un poco más fuerte de lo normal, probablemente porque ya estaba entrada en copas.

Giré la cabeza y ahí estaba, mi mejor amiga, con una granada en una mano y una botella en la otra. Su sonrisa traviesa brillaba bajo las luces del bar.

—Dime que no estás perdiendo el tiempo con este idiota —dijo, mirando al tipo de arriba abajo como si ya estuviera evaluando si valía la pena volarlo en pedazos.

El demonio frunció el ceño.

—¿Quién demonios eres tú?

—¿Quién demonios eres tú? —replicó Cherri con una sonrisa afilada.

No pude evitar reírme. Amo a esta chica.

El tipo resopló y murmuró algo sobre "zorras maleducadas" antes de largarse.

—Tienes un imán para los perdedores, cariño —bromeó Cherri, dejándose caer en un taburete junto a mí.

—Es un don y una maldición —respondí, alzando mi vaso.

Cherri me pasó su botella y le di un trago, disfrutando del ardor en la garganta. Por un momento, la noche parecía mejorar. Hasta que una nueva voz interrumpió nuestro momento.

—Te invito una copa, cariño.

Me giré, ya preparado para soltar otro comentario sarcástico, pero lo que vi me hizo detenerme un segundo.

El tipo que tenía enfrente no se parecía en nada al baboso de antes. Alto, bien vestido, con gafas de sol a pesar de la tenue iluminación del bar. Su sonrisa era perezosa, confiada, como si ya supiera de antemano cuál iba a ser mi respuesta.

Y eso me tocó un poco los cojones.

—No voy a acostarme contigo —solté sin rodeos, mirándolo de arriba abajo.

El tipo no se inmutó.

—Tranquilo, guapo. Solo te estoy invitando una copa, nada más.

Ajá. Claro. Como si no supiera cómo funcionaban estas cosas. Pero, oye, si quería gastar su dinero en mí, que lo hiciera. No iba a quejarme.

Cuerpos rotosWhere stories live. Discover now