PROLOGO

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La desolada calle temblaba bajo un estallido de luces rojas y violetas que destellaban en la lejanía, iluminando la oscuridad con un resplandor caótico.

Un golpe seco resonó contra el pavimento. Un joven rodó por el suelo, pero se incorporó en un instante, como si el impacto no hubiera sido más que un tropiezo. Otra ráfaga de energía surcó el aire; la esquivó con una agilidad casi imposible. Luego otra, y otra más. Cada ataque lo sorteaba con la destreza de un gimnasta, su cuerpo moviéndose con precisión calculada.

Frente a él, su atacante gruñó con furia. Sus manos estaban envueltas en una energía oscura y vibrante, un fulgor morado que irradiaba rabia contenida. Sus ojos ardían con odio. Con un movimiento brusco, lanzó otra descarga letal.

El chico ni se inmutó. De sus propias manos emergió un resplandor escarlata que chocó contra el ataque enemigo, desviándolo antes de que pudiera tocarlo. Las explosiones retumbaban a su alrededor, abriendo grietas en el asfalto.

Parecía tener la situación bajo control. Pero solo lo parecía.

Avanzó con cautela, calculando sus movimientos, midiendo los patrones de ataque de la mujer. Pero ella era astuta.

En el instante en que él aterrizó tras una voltereta, algo lo atrapó. Un ardor abrasador le recorrió el tobillo. No tuvo tiempo de reaccionar. En un abrir y cerrar de ojos, una fuerza brutal lo arrastró y lo estrelló contra el cemento.

El impacto le robó el aliento. Un dolor punzante le atravesó el pecho, afilado como cuchillas invisibles. Probablemente tenía algunas costillas rotas.

Escupió sangre y apretó los labios, intentando ponerse de pie.

—Carajo... mis costillas...

Los pasos resonaron en el pavimento, firmes y amenazantes, como tacones golpeando el suelo con confianza. Frente a él, su contrincante se detuvo. No era "él". Era ella.

Alex alzó la mirada desde el suelo, su visión aún borrosa por el dolor, y vio a la chica observándolo con una sonrisa burlona.

—Eso fue demasiado fácil —murmuró con frialdad, cada palabra impregnada de desdén.

Alex soltó una risa entrecortada, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su lengua.

—No cantes victoria todavía, preciosa —replicó con un tono burlón, esbozando una sonrisa manchada de rojo.

Otra risa. Fría. Cruel. Resonó en el eco de la calle abandonada. Su bota golpeó con fuerza el rostro del joven. Este intentó volver a levantarse, pero ella no parecía tener piedad.

—Eres un asco —dijo con desdén, acercándose con elegancia amenazante al chico tirado en el suelo—. Te haré el favor de matarte ahora. Así, puede que no metas tus narices en donde no te llaman.

Alzó las manos. La energía dentro de ella serpenteó desde su hombro hasta su palma. Algo rodeó al joven moribundo. Quemaba, como si el infierno lo envolviera. Entonces sintió una presión.

Una serpiente negra lo estrujaba en un amarre maldito.

Ella esbozó una sonrisa llena de satisfacción.

—Sabes... cuando dije que no cantes victoria... hablaba en serio...

—¿Y qué harás? ¿Contarme un chiste para morirme de risa?

—Tal vez...

Entonces, el suelo tembló bajo sus pies. Algo se movía.

Sin previo aviso, un enorme pedazo de piedra se alzó y la empujó contra una barrera de concreto. El impacto retumbó en la calle desierta, levantando una nube de polvo. Durante un instante, el único sonido fue el eco sordo de los escombros cayendo.

El amarre se desvaneció como ceniza, y el joven se desplomó en el suelo.

Acabado. Adolorido. Hecho mierda.

—Me lleva... —gruñó, intentando recuperar el aliento.

Trató de levantarse, pero el dolor era insoportable, como si una manada de elefantes le hubiera pasado por encima. Lo intentó de nuevo, esta vez logrando ponerse de pie, aunque no sin soltar varios quejidos de dolor y algunas maldiciones al aire.

Apenas logró alzarse, sintió una fugaz sensación de triunfo, pero no todo era color de rosa.

Una luz lo iluminó desde atrás, seguida del inconfundible sonido de una sirena. Una advertencia.

Me lleva el diablo... pensó.

Una patrulla de policía se había detenido justo donde él estaba, en medio de la calle. La puerta se abrió y de ella descendió un oficial. Era joven, probablemente de unos 24 años, con el cabello negro cayéndole sobre el rostro, ocultando parcialmente sus ojos. Ojos azules. Profundos como el mar.

—No te muevas —ordenó con firmeza, alzando su arma y apuntando al extraño sujeto que tenía frente a él.

La voz le resultó familiar. Alex parpadeó y, sin pena ni gloria, sonrió con cansancio.

—¡Carlos! Me alegra verte... —dijo con la voz rasposa.

El policía abrió los ojos con sorpresa.

—¡Alex! —exclamó al reconocerlo. Guardó su arma de inmediato y se apresuró hacia él.

—Ya sabes, el mismo de siempre... —Alex intentó bromear, pero su cuerpo no le respondió. Su visión se nubló y, antes de darse cuenta, sus piernas cedieron.

Afortunadamente, Carlos lo sostuvo antes de que cayera.

—Para que veas que me desmayo al verte... —murmuró con una débil sonrisa.

Carlos no pudo evitar soltar una risa.

—Estás hecho pedazos —comentó con un tono suave, aunque su preocupación era evidente.

—Me han... tratado peor los jugadores de rugby...

Carlos sonrió, pero su preocupación no desapareció. Alex estaba destrozado. Su rostro estaba cubierto de golpes y sangre, y su ropa—la playera y la chamarra—estaban llenas de polvo y tierra. Parecía tan frágil que, con un mal movimiento, podía desmoronarse como un castillo de naipes.

Con cuidado, Carlos lo cargó y lo llevó hasta la patrulla. Lo acomodó en el asiento trasero, donde Alex se dejó caer, agotado, cansado... derrotado.

Carlos lo observó en silencio. No pudo evitar mirarlo con ternura.

—Debo llevarte con Dimitri —sentenció, cerrando la puerta antes de dirigirse a su asiento.

Desde el asiento trasero, Alex lo siguió con la mirada mientras Carlos daba vueltas apresurado. A pesar del dolor, no pudo evitar sonreír. Tenerlo como amigo era un alivio.

—Vamos, que de seguro te echará un regaño.

Carlos encendió el motor.

—Quizás... pero es la mejor parte de todo esto...

Carlos sonrió. Sus ojos se encontraron con los de Alex en el retrovisor.

Verlo así, débil, agotado y aun así sonriendo, le recordó lo que realmente veía en él. No lo veía como lo hacían los demás brujos. Para ellos, Alejandro Vega era un hechicero experimentado, temerario, capaz de lanzarse de cabeza al peligro, de enfrentarse a espíritus y brujos oscuros sin dudarlo.

Pero Carlos no veía eso.

Él solo veía a Alex.

Un chico con sentimientos y pensamientos. Un chico con sueños y debilidades.

911: Magic EmergencyWhere stories live. Discover now