Paralisis del sueño

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La noche estaba empezando a caer, el frio se metía entre los suéteres de los jóvenes tan sigilosamente que un escalofrió recorría sus espaldas como un soplido tan endulzante que creaba un leve silbido anunciando la próxima llamada para respetar el toque de queda que se había acordado desde que empezaron a notar una serie de eventos paranormales de los cuales preferían no hablar en voz alta para no llamar a lo que sea que los estuviese perturbando desde hacía un tiempo. Jóvenes correteabas y hacían bromas sobre una leyenda que alcanzo los oídos de todos.

- Corre, o si no Linko vendrá y te quitara los ojos para después dárselos de comer a su perro- el joven empezó a bufarse al ver la mirada aterrada de un chico unos cuantos centímetros menores a él.

- Basta, no juegues con eso, no es gracioso- las ultimas carcajadas salían de la boca del más alto.

- Miedoso, mejor apurémonos sino la tía Lilia será quien nos arranque los ojos a nosotros por no ayudarle con la cena.

El toque de queda era algo que nadie se atrevía a romper y no es que hubiese alguien vigilando y reportando a las personas que desobedecían, el verdadero pavor era saber lo que les pasaba cuando desobedecían, el último incidente fue cuando encontraron una joven con los ojos extirpados cerca del parque por donde todos transitaban, la colilla del cigarro seguía entre sus dedos los cuales estaban manchados de un leve color carmesí, fue tan impactante que las personas que vieron aquello se mudaron inmediatamente y ya nunca se supo el rumbo que tomaron. Los que se quedaron se encargaron de difundir el rumor y quedo como una leyenda, una que hacía que todos se mantuvieran en sus casas, según las autoridades "hasta que todo se volviera más seguro".

...

— Vamos, Jisung. Camina más rápido— regañaba el mayor a un azabache que venía casi cayéndose por la inclinada colina, a ratos daba grandes bocanadas de aire y se recargaba sobre sus rodillas, haciendo que su padre se enojara más.

— Hago todo lo que puedo— decía entrecortadamente el azabache.

— Tu mamá se enfadará si no llegamos para la cena

— Esa bruja se enoja por todo– el padre hizo oídos sordos pues era más importante para el llegar que reclamarle al menor por faltarle el respeto a su madre.

Al terminar la colina lograba visualizar una pequeña casa deteriorada, está estaba en las ruinas pues el techo hacía falta y las paredes estaban que se caían con un simple roce, pero eso no logró impedir que padre e hijo entrarán a dicha casa y así tratar de limpiar un poco, aunque en realidad no hubo mucho cambio una vez terminaron.

— Muestra respeto— hablo mientras daba un ligero golpe en la cabeza de Ji Sung pues este miraba con desinterés todo alrededor de él.

Jisung murmuró una pequeña disculpa y se inclinó frente al pequeño altar que aquella morada contenía. Ji Sung realmente nunca entendía porque todos creían que poniendo una veladora y dando ofrendas a esa cosa iban a conseguir deseos, en la cabeza del azabache realmente nadie era merecedor de pedirlos, todos tenían un alma mala; Incluso sus padres, no los juzgaba él no era nadie para juzgar a los demás, sin embargo, Ji Sung creía fielmente que los deseos no son más que realidades egoístas que la gente quiere tener. Claro que existen todo tipo de ambiciones, pero si se ponía a pensarlo bien todos deseaban porque simplemente no tienen la capacidad de lograr sus metas por propia cuenta, esperaban que alguien llegase y les resolviera sus problemas, como si realmente fueran merecedores.

Su mirada estaba perdida en el andar de su padre, observaba cómo prendía la veladora, como ponía su encendedor favorito como ofrenda y miraba como de sus labios salían pequeños susurros que creía él era la oración para aquello. Ji Sung escéptico de todo lo que estaba pasando solo pudo pararse atrás de su padre quien unos minutos después le dijo que deberían irse antes de que comenzara a llover pues el cielo comenzaba a tronar de una manera escalofriante.

La última melodia de la noche - MinsungStories to obsess over. Discover now