Todo parecía bajo control hasta que la verdad se volvió ensordecedor. Anna de Luca creía conocer las reglas del juego, pero una verdad enterrada está a punto de salir a la luz, y no todos sobrevivirán para contarla. En un mundo donde las lealtades s...
El repiqueteo del diluvio contra el cristal es lo único que me mantiene anclada a este sofá, aunque mi mente está a kilómetros de distancia, perdida en el eco de un disparo que nunca realicé.
Tantos años cazando a un fantasma. Tantos años imaginando el momento de ponerle fin a esta carnicería. Y cuando al fin tuve el cañón de mi arma alineado, cuando la pelea me dio al fin su rostro en aquel lugar, me convertí en piedra.
Mi dedo, ese que ha apretado el gatillo sin vacilar ante lo peor de la sociedad, se sintió de plomo.
No fui capaz de moverme. No fui la agente De Luca; fui solo una mujer aterrada por lo que acababa de descubrir.
El golpe seco en la puerta me obliga a saltar del sofá, mi mano busca por instinto el arma que dejé en la mesa.
La insistencia del ruido compite con los truenos, pero el alivio me recorre el cuerpo al reconocer la silueta de Abigail a través de la mirilla.
Abro la puerta y el aire frío del exterior invade la sala. Ella entra de inmediato, sus ojos moviéndose con una rapidez frenética, escaneando cada rincón de la estancia como si esperara encontrar a un intruso escondido entre las sombras. Su nerviosismo es contagioso.
—¿Te estuve llamando? —su voz sale entrecortada, más aguda de lo habitual—. Como no contestabas, he decidido venir.
—¿Pasa algo? —pregunto, tratando de que mi voz no tiemble.
Abigail se queda con la frase suspendida en el aire, sus ojos clavados en los míos mientras un sonido resuena por toda la casa.
No es el tono de una llamada perdida ni un mensaje cualquiera. Es la alerta del sistema; ese pitido agudo que solo se activa cuando su objetivo está bajo código rojo.
Abigail mete la mano en su chaqueta empapada con movimientos torpes, sacando el dispositivo cuya pantalla ilumina su rostro pálido con una luz azulada y fantasmal. Su mirada salta del teléfono a mí.
El mundo se detiene. Mis ojos pasan del dispositivo en la mano de Abigail a su rostro desencajado.
Ese no es un teléfono. Es el celular de Alondra.
—¿Por qué tienes su celular? —le espeto, dando un paso hacia ella. Mi voz sube de tono, cargada de una agresividad que nace del puro pánico.
¡Dime! Ella no se separa de eso, es su vida.
De pronto, Abigail parpadea y recobra la consciencia. Sus manos tiemblan mientras saca su propio teléfono y marca con una urgencia que me hiela la sangre.
—¡Ya pueden ubicarla! —grita casi sin aliento, ignorando mis preguntas.
Abigail evita mi mirada, moviéndose de un lado a otro de la sala con una agitación que nunca le había visto. Su profesionalismo se está desmoronando frente a mis ojos.
—Lo siento, Anna. No te puedo mentir en esto —dice, y su voz suena a una disculpa que no estoy lista para aceptar.
Sé que, a pesar de lo que ha pasado entre ustedes, sé que ella te importa.
—Fui a buscarla al departamento esta mañana y solo encontré su celular —continúa ella, hablando rápido—. No logramos localizarla hasta ahora.
—Dime... ¿de casualidad tú reconoces esto?
Mis ojos se clavan en la imagen. Es una fotografía de la pared del departamento de Alondra. Sobre el mármol elegante que ella misma eligió, hay un mensaje trazado con una precisión quirúrgica.
En ese instante, siento una presión insoportable en el pecho, como si el aire se hubiera vuelto sólido.
No puede ser verdad. Esto no puede estar pasando.
Mis dedos tiemblan imperceptiblemente. Reconozco eso.
Tomo mi celular con las manos entumecidas. El celular bajo mis dedos se siente como el filo de una navaja. Tal como lo pensaba, hay un mensaje. No necesito abrirlo para que las palabras se claven en mi retina como metralla.
«¡Disfrutaré quitarle la vida a la persona que más amas!», leo en la pantalla.
De pronto, el aparato de Abigail anuncia otra alerta. El sonido es más agudo, más insistente.
Sin pedir permiso, se lo arrebato de las manos. Abigail intenta decir algo, pero su voz es un ruido blanco de fondo.
Mi corazón da otro vuelco y mis ojos empiezan a arder, nublándose por las lágrimas que lucho por no derramar
—No... Alondra no —susurro, mientras la primera lágrima rueda por mi mejilla, mezclándose con la rabia.
La línea entre la placa y el amor se acaba de borrar para siempre.
Ya no soy una agente persiguiendo a un criminal; soy una mujer cazando al demonio que tiene lo único que me importa.
Alondra Mercier Williams
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Anna Sofia De Luca
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