prólogo

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El sonido de los zapatos rechinando contra la madera pulida resonaba por todo el gimnasio, mezclándose con los gritos de ánimo y las palmadas de los jugadores en la cancha. Mabel, con su uniforme azul y blanco ajustado, lanzó una mirada rápida hacia su equipo antes de dar un par de saltos ligeros sobre el suelo, preparándose para el saque. Cada músculo en su cuerpo estaba tenso, listo para actuar. No podía permitirse perder; no cuando su equipo la miraba con tanta expectativa.

—Vamos, Mabel, este es nuestro punto —gritó una de sus compañeras desde la esquina.

Ella asintió con seguridad, centrando la vista en la red. En el lado opuesto, el equipo visitante, liderado por Bill, estaba alineado. Él estaba allí, observándola con esos ojos ambarinos que parecían analizar cada uno de sus movimientos. Alto, musculoso, con una postura que irradiaba confianza. Mabel no pudo evitar fruncir el ceño; ese tipo parecía demasiado seguro de sí mismo, como si ya hubiera ganado.

No mientras yo esté aquí, pensó con furia.

Con un movimiento fluido, Mabel lanzó el balón al aire y lo golpeó con precisión, enviándolo directamente hacia el centro de la cancha contraria. El balón voló rápido, directo, como un misil dirigido a su objetivo.

Pero Bill ya estaba en posición. Con una habilidad envidiable, saltó y recibió el balón, devolviéndolo a la cancha de Mabel con tanta fuerza que el eco del golpe resonó por todo el gimnasio. La sorpresa no le duró mucho a Mabel; logró reaccionar justo a tiempo, levantándose en un salto para interceptar la pelota. Aunque su equipo logró mantenerla en juego, fue solo cuestión de segundos antes de que Bill sellara el punto con otro golpe perfecto.

—Punto para el equipo visitante —anunció el árbitro, mientras el público estallaba en aplausos.

Mabel mordió su labio, sus ojos centelleando de frustración. No soportaba perder, mucho menos contra alguien como él. Cuando las miradas de ambos se cruzaron, el destello en sus ojos fue casi eléctrico.

Al final del partido, con la victoria inclinada hacia el equipo visitante, Mabel se acercó al borde de la cancha. No había terminado con él, ni mucho menos.

—Buen saque, pero no lo suficiente, ¿eh? —la voz de Bill la sacó de sus pensamientos.

Ella lo miró con los ojos entrecerrados. Él estaba frente a ella, con una sonrisa arrogante en el rostro, como si lo hubiera disfrutado más de lo necesario. A Mabel no le gustaba esa sonrisa, esa seguridad. Sentía que él la estaba desafiando, como si le dijera que ella no era suficiente para enfrentarlo.

—¿Qué? ¿Ya te crees el ganador por un punto? —respondió Mabel, cruzándose de brazos.

Bill levantó una ceja, como si la retara a seguir. No estaba acostumbrado a que alguien lo enfrentara de esa manera.

—No es solo un punto, fue el punto que cerró el partido —dijo, inclinándose ligeramente hacia ella—. Pero si quieres una revancha, estaré encantado de darte otra lección.

Mabel apretó los dientes, pero mantuvo su compostura. Si algo la caracterizaba era no mostrar debilidad. El orgullo corría por sus venas tanto como la competitividad.

—No te preocupes —replicó—. La próxima vez, ni siquiera tendrás oportunidad de llegar a ese punto.

Bill soltó una carcajada baja, pero su mirada no perdió esa intensidad. Podía ver lo que Mabel intentaba hacer, y de alguna manera, le divertía. Pocas personas lo desafiaban de esa manera. Estaba acostumbrado a ganar, a dominar cada situación, y ahora, esta chica estaba frente a él con una actitud que reflejaba tanto de él mismo que no podía evitar encontrarla interesante.

—Me gusta tu confianza, Mabel —dijo Bill, pronunciando su nombre con una familiaridad que a ella le irritó—. Pero la próxima vez, no te contengas, porque yo tampoco lo haré.

—¿Y quién dice que me he contenido? —respondió ella, dándole una sonrisa ladeada que no llegaba a sus ojos—. Esto fue solo el calentamiento.

Bill la miró un momento, sorprendido por la firmeza de su respuesta. A pesar de que había perdido, Mabel no parecía afectada. De hecho, si algo estaba claro en sus ojos, era que no tenía intenciones de detenerse ahí.

—Entonces espero con ansias lo que puedas ofrecer la próxima vez —dijo él finalmente, con una ligera inclinación de cabeza—. Aunque no te prometo que vayas a salir victoriosa.

—No necesito promesas —dijo Mabel con un tono cortante, dándole la espalda—. Solo hechos.

Mientras se alejaba, Bill la observó, una pequeña sonrisa jugando en sus labios. Mabel era diferente. Igual de egocéntrica, igual de competitiva. Ambos jugaban el mismo juego, y ambos odiaban perder.

Pero lo que no sabían era que en ese primer encuentro, habían encendido una chispa que pronto se convertiría en un fuego incontrolable.

bad boy downWhere stories live. Discover now