La sombra estaba sentada ahora en el borde de mi cama, observándome.
—Vas a romperte otra vez, Bruno. Sabes que pasará. Sabes que no no puedes evitarlo. Eso es lo que te rompe. Solo me tienes a mi.
No podía moverse. No podía hablar. Apenas podía respirar.
Solo podía temblar y pensar que, esta vez, al igual que todas las demás, tenía razón.
"Dos semanas antes..."
En las primeras luces del alba, cuando el mundo todavía dormía bajo el manto de la noche, Bruno se encontraba ya de pie en la pequeña cocina de la humilde casa que compartía con sus abuelos. Sus padres, si es que así podían llamarse, estaban de viaje, disfrutando de un ocio bien merecido en algún lugar lejano, dejándolo atrás como el único sostén de la familia.
Sus abuelos, ancianos y frágiles, eran su razón de ser, su principal preocupación y su mayor tesoro. Desde que sus padres partieron en su última expedición, la responsabilidad de cuidar de sus abuelos recayó completamente en él. A sus jóvenes dieciséis años, Bruno asumió esta carga con determinación y amor, sabiendo que no podía fallarles.
Cada mañana, antes de que el sol se alzara sobre el horizonte, se sumergía en las tareas del hogar con la habilidad y la destreza de un veterano ama de casa. Preparaba el desayuno con esmero, atendiendo a las necesidades dietéticas específicas de sus abuelos y asegurándose de que cada plato estuviera a la temperatura adecuada.
Después del desayuno, se encargaba de los quehaceres del hogar, limpiando, organizando y asegurándose de que todo estuviera en su lugar. La casa, aunque modesta, irradiaba calidez y amor gracias a su cuidado meticuloso. Para él, el hogar no era solo un lugar donde vivir, sino un refugio sagrado donde proteger y cuidar a sus seres queridos.
El cuidado de sus abuelos se había convertido en una rutina diaria para Bruno, pero lejos de considerarlo una carga, lo abrazaba como una oportunidad para demostrar su amor y gratitud hacia aquellos que lo habían criado. Cada gesto, cada sonrisa, era una muestra de la profunda conexión que compartían, una conexión que trascendía las barreras del tiempo y la edad.
A medida que el sol ascendía lentamente en el horizonte, él completaba sus labores domésticas y se preparaba para partir hacia el instituto. Con el corazón lleno de gratitud y responsabilidad, emprendía su camino hacia la escuela, llevando consigo el peso de las responsabilidades que había asumido en casa.
Todo estaba preparado. Se disponía a emprender el camino hacia su nuevo instituto, como cada mañana. Sin embargo, en esta ocasión, se aseguró de partir con cuarenta minutos de anticipación, queriendo garantizar que no llegaría tarde a su primera jornada de clases en el nuevo instituto.
Con paso firme, cerró la puerta tras de sí, dejando atrás el hogar que había sido su refugio y su responsabilidad. Las calles aún estaban tranquilas a esa hora temprana. Él avanzaba con determinación, con el peso de sus deberes y la promesa de un nuevo comienzo en sus hombros.
El trayecto hacia el instituto era conocido para él, pero en esa mañana especial, cada esquina, cada callejón, parecía adquirir un significado renovado. Cada paso lo acercaba un poco más a su destino.
Atravesó el tranquilo pueblo, dejando atrás las casas alineadas y las calles empedradas que habían sido testigos de su crecimiento. Cada paso que daba resonaba con el eco de los recuerdos que había acumulado a lo largo de los años, desde los juegos infantiles en los parques hasta las conversaciones con vecinos que se habían convertido en parte de su vida diaria.
Al salir de entre las últimas casas, se encontró frente a la colina que conducía hacia su nuevo instituto. La pendiente ascendente se extendía ante él, una imponente barrera natural que separaba el pueblo de la vida escolar que lo esperaba al otro lado. Aunque había recorrido ese camino varias veces en las últimas semanas, cada vez se sentía como un nuevo desafío que enfrentar.
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No estoy solo
Teen FictionHay vacíos que nadie ve. Grietas pequeñas que se abren con el tiempo, hasta que no queda nada. Bruno tenía seis años cuando hizo su primer trato con la oscuridad. No con palabras. Con miedo. Con hambre de amor. Desde entonces, una sombra lo acompaña...
