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La sangre manchó las hojas secas que el otoño había dejado dispersas en el bosque, Will se encogió en el suelo abrazando sus piernas y se meció intentando consolar su llanto. Había asesinado, no importa qué explicación intentará dar, que excusa se inventara para autoconsolarse. Había asesinado a un perro, una criatura indefensa que solo había cometido el error de correr tras él ladrando y asustando.

Tenía seis años y había lanzado una piedra al perro, cuando escucho el chillido del animal algo dentro del pequeño omega se revolvió, no fue miedo. Poder, sintió que tenía el poder en sus manos, la primera piedra fue un accidente, las siguientes tres no lo fueron.

La sangre pintó la escena del crimen y el sintió curiosidad, ¿qué pasaría si deja así las cosas? ¿Como reaccionarían las personas al ver su creación? ¿Podía llamarse creación a algo que él había destruido?

Pero todas sus preguntas cesaron por el creciente miedo y culpa, el perro solo lo había seguido y asustado. No había merecido ese final, Will arrastró el cuerpo del callejero y cavó con sus propias manos un agujero para enterrarlo, no era esconderlo, no. Su cuerpo merecía descansar en un lugar donde los cuervos no volarán sobre él, donde los animales hambrientos no pelearan por su carne y sus huesos se volvieran uno con la tierra de nuevo.

Cubrió el agujero con la misma tierra y usó las hojas manchadas de sangre para tapar la tierra donde había sido removida.

–Lo siento –

Murmuró, gruesas lágrimas escurriendo de sus ojos azules por sus rosadas mejillas. El pequeño omega vómito no muy lejos de la improvisada tumba, después de expulsar el estómago se abrazó a sí mismo y lloro, lloro por que como una persona normal no sentía remordimiento, en su cabeza una voz repetía que el animal lo había asustado y que merecía ser castigado, que el podía castigarlo. Will lloró porque matar al animal le había gustado.

Ese habia sido su primer y unico asesinato se dijo a si mismo. Por el momento al menos.





Will abrió los ojos, su mirada comenzó a enfocarse en el perro delante de él. Winston era un lindo nombre para el callejero frente a él, Winston encajaría bien en su manada. El perro volvió a ladrar para sacarlo del tren de pesadillas que lo azotaban. Con un suspiro Will se dio cuenta que otra vez se había perdido en sus pensamientos por mucho tiempo, el frío azotador del invierno y el escozor en sus manos descubiertas lo trajeron de regreso a la realidad. Winston lamió sus dedos y subió a la camioneta cuando le abrió la puerta, el omega manejo en silencio acariciando a su compañero detrás de las orejas.

–Buen chico – Winston se había dejado bañar y después comió con prisa la comida que le había ofrecido, temeroso que los otros perros se la comieran. Will observó todo desde su silla en el porche. Su manada era bien entrenada por el, cada que un nuevo callejero se unía a ellos él se aseguraba de bañarlos, alimentarlos, llevarlos al veterinario, y darles amor. Eran su manada después de todo. Hace años había comenzado a adoptar callejeros y darles todo el amor que era capaz, se dijo a sí mismo que no era por la culpa que cargaba de cuando era un cachorro. Una mentira más, una mentira menos qué más daba. El intentaba redimirse.

Esa noche se fue a la cama esperando no tener pesadillas, como todas las noches. Que tanto lo amaba la oscuridad para atormentarlo todas las noches con terrores nocturnos. Como era costumbre despertó en la madrugada, el reloj en la mesa de noche presentaba las dos y un cuarto de la madrugada; el omega se removió en la cama y suspiro levantándose para meterse al baño y tomar una ducha fría.

Sus rizos se pegaban a su frente por culpa del sudor, su rostro lucía pálido y el sudor perlaba cada parte de su cuerpo. Con la esperanza de poder volver a dormir se duchó y salió con una camisa y ropa interior, quitó las sábanas empapadas de sudor y puso una toalla antes de poder acostarse de nuevo.

El trastorno de vidas pasadasStories to obsess over. Discover now