La Rata

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La jornada de trabajo en el bar terminó al fin, con el punzante cansancio invadiendo cada fibra de mi ser. El cierre se prolongó hasta horas avanzadas, y la tarea tediosa de cuadrar las cuentas se convirtió en un penoso epílogo que desafió la paciencia de las manecillas del reloj. Ahora, bajo el manto de la oscura ciudad, me veo forzada a emprender una carrera desesperada para llegar a la estación de metro antes de que sus puertas se cierren ante mi cara fatigada.

El guarda de la estación, una pequeña figura entre sombras, observa mi llegada precipitada y aguarda con paciencia antes de sellar el acceso al laberinto subterráneo. Una vez dentro, baja detrás de mí la pesada cortina metálica que desciende con un quejido angustioso, un lamento que resuena incesante contra las paredes alicatadas de los interminables corredores.

Sin detenerme, recorro los sinuosos pasillos que se retuercen como una culebra. La estación, envuelta en un silencio sepulcral, amplifica los sonidos de mi respiración ahogada y el repiqueteo de mis pasos que retumban como el tambor de una marcha fúnebre.

Ya en el andén, un panel luminoso anuncia la llegada inminente del último convoy en dos minutos. Aliviada, mi pecho se libera, en un suspiro, de la tensión acumulada.

Absorta en mis propios pensamientos, permito que mi mirada vague por los anuncios y carteles que abarrotan las paredes y columnas de la estación. Un letrero rojo, con enormes letras negras, advierte con firmeza sobre la imperiosa necesidad de mantenerse alejado del borde del andén. En un acto inconsciente, ese aviso despierta mi curiosidad y mi mirada cae involuntariamente hacia el abismo donde descansan las vías. En ese foso subterráneo, entre los raíles de acero, mis ojos detectan una pequeña sombra oscura que danza con frenesí. En ese instante, la silueta se inmoviliza, como si mi mirada la hubiera aprisionado con un hechizo. Es entonces, cuando mi embotada mente logra descifrar la naturaleza de esa figura: una rata.

La sorpresa irrumpe en mi ser y, sin poder contener mi sobresalto, un grito se libera de mi garganta, una expresión de pavor que inmediatamente sofoco con mis propias manos. La rata, más asustada que yo, responde a mi alarido con un chillido agudo, como un eco disonante en el silencio de la estación. En un parpadeo, la pequeña criatura emprende una fuga veloz, desapareciendo entre las sombras y buscando refugio bajo un muro desgastado. La estación, ahora impregnada con la fugaz presencia de aquel intruso peludo, recupera su quietud, mientras mi corazón late con intensidad.

Transcurren exactamente dos minutos, como bien había vaticinado el cartel luminoso. Con la precisión de un reloj suizo, el tren subterráneo entra en la estación, emitiendo un alarido de rieles y lamento de frenos. Con el corazón aún acelerado, entro en el vagón más cercano, un páramo de soledad que refleja la desolación del andén que dejé atrás. Es una escena de abandono, donde los restos de la jornada de los miles de viajeros anteriores a mí se acumulan por doquier.

Busco un rincón limpio y encuentro un asiento que se erige como un oasis en medio del caos. Me acomodo con la esperanza de encontrar un breve respiro en la jornada y con la intención de permitir que mis párpados, cargados con el peso del día, caigan en un sueño efímero hasta alcanzar mi destino. En el preciso instante en que las puertas del metro se deslizan hacia su cierre inexorable, mis ojos captan la entrada sigilosa de una mujer en el fondo del vagón. ¿De dónde ha emergido? Hasta hace un instante el andén estaba completamente desierto. Sin dedicarle inicialmente más que un fugaz vistazo, decido rendirme al letargo.

Un hedor insoportable asalta mis sentidos, provocando que, por un breve instante, mi respiración se vea asfixiada. Los párpados, que acababan de cerrarse, se ven forzados a abrirse nuevamente. La mujer se desplaza por el pasillo en mi dirección con una presencia que exuda abandono y decadencia, con sus ropas desgarradas y los pies descalzos. Carga con pesadez un decrépito y abultado bolso de tela. El olor fétido, cual aura tóxica, se propaga desde su figura, invadiendo cada rincón del vagón. Sus pasos, cortos y veloces, revelan una búsqueda frenética entre los asientos, moviendo la cabeza con una rapidez desconcertante, como si pudiera rastrear su objetivo mediante el olfato. Cuando finalmente alcanza mi posición, se detiene y me escudriña con una mirada curiosa, mientras sus fosas nasales se agitan de manera repulsiva. Con un gesto brusco, aparta los restos de un Happy Meal abandonado en el asiento de enfrente y se sienta, sus ojos fijos en los míos como si pretendiera descifrar un enigma en mi rostro.

El penetrante hedor, un abominable cóctel de decadencia, revuelve las profundidades de mis entrañas, desencadenando una danza de malestar en mi interior. La presencia de la mujer, ante mí, se torna insoportable, pero una mezcla de temor paralizante y prudencia me impide levantarme, por miedo a desencadenar una reacción violenta.

Desvío la mirada hacia un rincón oscuro, buscando refugio de su penetrante mirada, mientras me cubro el rostro con la mano en un vano intento de filtrar los efluvios que emanan de su asfixiante presencia. En ese instante, percibo, de soslayo, un movimiento en el suelo, tres asientos más allá. Mi atención se fija en aquel punto, y repentinamente, de entre las sombras, surge una rata negra de enormes proporciones.

Correteando con agilidad, haciendo resonar sus garras sobre el suelo metálico en un inaudible susurro, la enorme rata avanza con gracia hacia nosotras, deteniéndose entre la mujer y yo. Su piel, donde la falta de pelo a causa de la sarna deja ver una tonalidad rosácea, contrasta con el resto del pelaje sucio y untuoso que la recubre. Parte de una de sus orejas ha sido amputada con crueldad, probablemente en una riña contra otra de sus repugnantes congéneres. Su larga cola anillada se retuerce convulsivamente, recordando a una gigantesca lombriz de tierra.

El horror se apodera de mí, impulsándome a dar un salto brusco y a resguardar mis pies sobre el asiento, como si pudiera distanciarme de aquella repulsiva criatura mediante ese simple acto.

La rata, erguida sobre sus patas traseras, lleva a cabo una especie de ceremonia grotesca al olfatear el aire con movimientos sutiles de la cabeza. En ese momento, como si el universo conspirara contra mi cordura, la criatura gira su atención hacia mí y clava en mí sus ojos rojos, una mirada que penetra mi ser y congela mi sangre en las venas, como si los mismos abismos se reflejaran en su mirada escarlata.

En cambio, la mujer frente a mí se muestra imperturbable ante aquella inquietante danza. Sin perder su compostura, abre bruscamente su voluminoso bolso. La rata, con un movimiento ágil, trepa hasta su regazo y desaparece dentro del abismo de la saca abierta, como si el bolso fuese un portal a otro reino. Un escalofrío, helado como el roce de la muerte contra la piel, serpentea por mi espina dorsal mientras contemplo esta escena surrealista. El bolso, ahora cerrado, se convierte en un relicario de oscuros secretos.

El metro, ajeno a la extraña escena que sucede en su seno, anuncia la próxima parada con un chirrido metálico. La mujer se levanta con gracia, manteniendo su mirada fija en la mía como si el vínculo entre nosotras fuera más que un mero encuentro casual. Antes de abandonar el vagón, una sonrisa retorcida se dibuja en su rostro, revelando unos incisivos afilados semejantes a los de la criatura que ahora descansa en las profundidades de su bolso. La puerta se cierra tras ella con un suspiro mecánico, dejándome sola en el creciente abrazo de la penumbra del metro. En el silencio que sigue, la risa silente de la mujer persiste como una melodía inquietante que se desvanece en la distancia. Mientras la oscuridad se ciñe con más fuerza alrededor de mí, retumbando en los pasillos subterráneos, se oye el chillido distante de... la rata.

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¿Qué situaciones extrañas os habéis encontrado en el metro?

¿Compartís la fobia a las ratas de la protagonista?

Ilusiones ArcanasWhere stories live. Discover now