La noche era tan silenciosa que hasta el reloj parecía contener la respiración.
Diez con treinta minutos de la noche.
Un golpe seco en la puerta quebró la calma. Dasha alzó la mirada desde el libro que ya no leía; sus dedos seguían marcando la misma página desde hacía una hora. La madera crujió. Su madre se detuvo en seco junto al fregadero, con la mirada perdida en la ventana, como si aquel sonido le hubiera abierto una herida que apenas comenzaba a sanar.
La figura que apareció en el umbral, hecha un desastre, era la de su hermanastra, Annika. Cabello rubio revuelto, vestido rasgado, el rímel cayendo en surcos torcidos por sus mejillas. Ni una palabra. Nada. Solo el temblor en su cuerpo.
-Annika, ¿Pero qué te pasó? -preguntó Dasha con voz baja.
No obtuvo respuesta. La señora Ivanova soltó el vaso que sostenía, y el cristal se hizo trizas en el suelo.
El sonido fue pequeño, casi inútil, comparado con el siguiente ruido que llenó la casa: miedo. La certeza de lo que se avecinaba estaba a punto de explotarles en la cara como una bomba de tiempo.
La pelinegra lo sintió antes de que nadie lo dijera en voz alta.
No era paranoia. Era un pequeño malestar que se había instalado detrás de su nuca y que había estado sintiendo durante los últimos días.
Pronto, un olor inconfundible a tabaco caro, remojado en whisky, impregnó el aire; un olor que su cuerpo recordaba mejor que su mente.
El silencio se volvió pesado, ligeramente eléctrico.
Dasha tragó grueso. En definitiva, no necesitaba verlo para saber de quién se trataba.
Él había vuelto.
Dos golpes secos resonaron tras la puerta, sacándolas de su burbuja.
La rubia se desplomó de inmediato, el suelo de baldosas raspando sus rodillas. Dasha apenas la miró; no podía hacerlo sin sentir cómo la bilis le subía por la garganta de tan solo pensarlo. La escena se repetía en su cabeza con la misma brutalidad de siempre: aquel hombre yéndose, ella temblando, y su madre llorando desconsolada.
El hombre al que se suponía debía llamar padre -el encargado de velar por su salud y bienestar- volvía a causarle ansiedad.
La pelinegra sabía que nada bueno saldría de eso. No importaba a quién tuviera que enfrentar o dañar en el proceso. Después de todo, él siempre conseguía lo que quería.
El silencio se alargó hasta volverse insoportable. Sofocante. Dasha inspiró tres veces, aún con la respiración pesada, fingiendo seguridad donde solo había miedo. Su mano cubrió el picaporte; y un leve temblor recorrió sus dedos antes de obligarlos a mantenerse quietos, posando su otra mano encima. Entonces giró la manija y abrió. Lo suficiente para evitar que se viera el interior de su casa, pero no a Dasha.
De pronto, el aire cambió.
El hombre frente a ella se erguía en su metro ochenta y cinco con una calma impasible. Cabello castaño oscuro, piel nivea, peinado ligeramente hacia atrás, con un mechón suelto cayendo sobre la frente; ojos verdes, fríos, sin una pizca de cansancio. La chaqueta de corte italiano se ajustaba a sus hombros como si hubiera sido hecha para él -probablemente lo fue.
El tiempo no lo había desgastado. Solo lo había vuelto más peligroso.
La pelinegra lo miró sin articular palabra, conteniéndose para no escupir el asco que le subía al pecho, amenazando con raspar el interior de su garganta.
-Qué se te ofrece -soltó finalmente, con voz fría, apenas cubierta por un temblor sutil.
Él sonrió de lado, apenas, como si le divirtiera la audacia.
-Esa no es forma de saludar a tu padre, pequeña Dasha.
Su tono fue suave, casi afectuoso, pero las palabras pesaron como un golpe seco en el estómago. Cada sílaba arrastraba la autoridad de quien no necesita gritar para dominar una habitación.
La observó con detenimiento, de arriba abajo, como si evaluara una inversión a punto de ser reclamada.
-Has crecido -dijo, con un dejo de satisfacción seca-. Lo suficiente.
Dasha no respondió.
Sabía lo que esas dos palabras significaban.
Y lo que estaba a punto de comenzar.
Quería tirar todo por la borda y largarse a llorar en los brazos de su madre. Le estaba costando mantener la postura, pero su orgullo no le permitiría flaquear, y menos frente a aquel despreciable ser de sonrisa arrogante y una mirada que, si pudiera matar, ya la habría dejado cinco metros bajo tierra.
-No creas que no sé lo que tratas de hacer. Solo... deja a mis hermanos fuera de tus asuntos.
-Créeme, querida, no lo sabes. Lo haré siempre y cuando tu comportamiento mejore. De eso se va a encargar Danielson.
El hombre a su lado, un poco más bajo de estatura, asintió sin chistar.
Dasha miró de un hombre al otro y viceversa, buscando una pizca de gracia en sus palabras, maldiciendo por lo bajo al darse cuenta de que decían la verdad. Odiaba con todas sus fuerzas a su padre -si es que todavía podía llamarlo así-.
¿Por qué no podía dejar las cosas como estaban? ¿Por qué no podía dejarla en paz, como venía haciendo? ¿Qué demonios quería de ella que no pudiera conseguir por sí mismo? ¿Sería que tenía otra familia? No, nada de eso. Él no era ese tipo de hombre.
Entonces... qué.
Por su cabeza pasaban mil y un escenarios buscando una respuesta a toda esa situación tan confusa que se había armado, pero al final nada cobraba sentido.
-Hasta acá puedo escuchar los engranajes trabajando en esa cabecita tuya, pequeña. Si quieres saber por qué estoy aquí, primero tendrás que dejarme pasar. Empieza a helar aquí afuera -dijo, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.
La pelinegra parpadeó con lentitud, cayendo en cuenta de que seguían en la misma posición desde hacía un buen rato. Los colores subieron a su rostro, tiñéndolo de un rosa pálido a un rojo intenso en cuestión de segundos.
-Adelante -susurró, evitando mirarlos más de la cuenta.
La puerta estaba lo suficientemente abierta como para dejarlo pasar e impedir la vista de los fisgones hacia el interior, pero él no pudo evitar inclinarse primero antes de entrar, apenas curioso.
Una sonrisa leve, casi imperceptible, se dibujó en su rostro cuando recorrió con la mirada cada rincón visible, bañado por la luz blanca. No era sorpresa lo que mostraban sus ojos, sino una tranquila confirmación de lo que ya sospechaba.
Al final, su mirada se encontró con la de ella: la mujer que hacía años había decidido borrar de su vida.
Por un instante, el verde claro de sus ojos se ensombreció hasta volverse casi negro. La mandíbula se tensó, y las manos -que ahora mantenía fuera de los bolsillo- se cerraron con fuerza en dos puños. El silencio que siguió fue pesado, de esos que parecen sostener todo el aire de una habitación.
Y entonces, como si nada hubiera pasado, volvió a sonreír.
Una sonrisa breve, vacía, que no tocó sus ojos.
Pasó junto a ella sin pronunciar palabra, ignorándola con la naturalidad de quien camina entre fantasmas, y dejó su saco sobre el sofá, a un lado del libro que minutos atrás Dasha había dejado tras el incidente con su hermana. Entonces, el aire pareció retener el aliento otra vez, como si la casa entera recordara lo que significaba tenerlo dentro.
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Madame Petrova
ActionA Dasha Ivanova le quedan seis meses para culminar sus estudios en la universidad. Vive junto a su madre, Isabel Ivanova; su hermanastra, Annika Ivanova; y el menor de la familia, Jake Ivanov, su pequeña adoración. Hasta que, una noche, su hermana l...
