Estaba ahí, sentada en San Petersburgo, en la casa de mis sueños, siendo una mujer exitosa y observando los autos pasar por la calle, las luces de la ciudad se veían preciosas y me hacían sentir en casa, mi casa, el hogar que había soñado.
Bajé y en la sala estaban mis padres, veían televisión, después de todo, eran lo único que tenía, lo único que quería, sonreí, era un maldito sueño hecho realidad, había logrado la vida de mis sueños.
Todo tiene un precio y tal vez, solo tal vez, ella fue el precio a pagar.
Tomé mi abrigo, junto a mi teléfono y caminé a la puerta.
—¿Piensas salir a está hora, Remi?—mi madre aún quería que pidiera permiso para salir, pero eso la hacía feliz y quién era yo para impedirle esa felicidad.
—Sólo será por unas horas, volveré antes de mañana.—le sonreí y ella asintió resignada.
Salí de mi casa, pensé en tomar el auto, pero opté por caminar, a mis treinta y nueve años, lo tenía todo, excepto al amor de mi vida, cómo podría encontrarlo, si lo encontré a mis veinte años, había conocido al ser más precioso en todo el universo, todos los días me maldecia, no había esquivado una bala, como dice Taylor Swift, yo había perdido al amor de mi vida, por siempre y para siempre.
Quiero decirte que, estoy por contarte la historia de mi vida, soy swiftie y depresiva, encontrarás muchas referencias de sus canciones, siempre encontraré la manera de relacionarme con ella.
Llegué a un bar, era un lugar acogedor, me hacía sentir en casa, me senté en la mesa más alejada de las personas, entonces sucedió, lo que sucedía unas dos veces al mes, tuve otro encuentro angelical y sobrenatural, con una joven vestida de negro, su aspecto me decía que podría tener unos dieciocho años, era delgada y alta, tez morena, cabello castaño, tenía ese tatuaje tan distintivo, ese pentagrama en su muñeca izquierda.
—¿Por qué tan sola?—su voz era firme, pero también de una niña.
—¿Te gustaría que tuviera compañía?—tomé un sorbo de mi bebida, mientras le sonreía a la copa.
—Probablemente le cortaría el cuello frente a ti con mucho gusto.—me lanzó esa mirada fría y vacía, acompañada de una sonrisa de superioridad.
—Hoy estás más agresiva que de costumbre, calma esos demonios dentro de ti.—me reí y ella solo me fulminó con la mirada mientras se sentaba frente a mí.
—He venido a verte, porque quiero hablar, no, mejor dicho, quiero que me hables sobre Abrahel, mi madre.—entonces mi risa desapareció, aquél nombre me estremeció por completo.
—No tengo idea de quién es Abrahel.—intenté fingir mirando a otro lado.
—Remiel, los angelitos no deberían mentir.—sus ojos se tornaron de ese negro intenso y mi pulso se aceleró.
—No soy un ángel.—le devolví la mirada.
—Y yo no soy un demonio.—sus ojos volvieron a su estado normal mientras se reía.
—¿Para qué hablar de ella?
—Era mi madre y sé que la conocías muy bien.—me miró mientras se levantaba de su asiento y se sentaba en mis piernas, pasando sus brazos por mi cuello. —tendrías tu recompensa por ser una chica buena.—no sabía cómo es que hacía un año me dejaba controlar por una chiquilla que era un demonio.
—está bien, voy a contarte sobre ella, Zalir.—dije resignada mientras me preparaba para volver a hablar sobre mi gran pasado.
