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Capitulo 1: Prada

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El sonido de la puerta los puso alerta. Un par de tacones negros se asomaron dramáticamente por el marco. Las miradas de los presentes en el aula se clavaron en una pelirroja de ojos verdes amielados; cualquiera podría caer víctima de la gruesa capa de pestañas rizadas que enmarcaban la profundidad de aquel par de orbes. Una sonrisa lasciva adornó el rostro de la chica y, cuando la vista de sus largas piernas se impuso, la atención de la clase de literatura bíblica se perdió por completo.

Los murmullos fueron interrumpidos por una maestra furiosa golpeando la Biblia contra el escritorio.

El grupo de chicas del fondo fue el menos interesado en la "nueva", a excepción de Carmen, cuyos labios se elevaron en una sonrisa ladina. Codeó a Majo e indicó con la barbilla su nueva intención respecto a la chica.

—Señorita, ¿podría presentarse a la clase? —los lentes de la profesora descendieron hasta el puente de su nariz mientras analizaba la vestimenta de la rizada—. Sobre su uniforme, tendré que darle una cátedra de normativas más tarde.

Con el orgullo a tope, se levantó del asiento, dejando en claro que no solo sus piernas eran dignas de admirar.

—Mi nombre es Angela Ontiveros. Me acabo de mudar desde Italia con mi familia, así que sería lindo que me enseñaran las atracciones de este pintoresco condado.

La burla era clara. Scalpelville era todo menos atractiva: un clima pésimo y húmedo dominaba la mayor parte del año, y el único sitio social era un pequeño centro comercial con algo parecido a boutiques y comercios. El instituto se encontraba escondido en una franja fronteriza de América, permitiendo el acceso tanto a alumnos del norte como del sur.

Cuando cobró popularidad inicialmente entre familias de abolengo, se vieron en la necesidad de elevar los estándares de admisión. Al inicio, solo pedían una nada modesta cuota mensual y mantenimiento. Cuando el espacio dejó de ser suficiente, idearon estrategias para mejorar la calidad, usando siempre como base una edificación antigua remodelada con especial cuidado de conservar vestigios históricos.

Con el tiempo, se corrió la voz de que el instituto no solo ofrecía carreras personalizadas y educación cultural para preparar a sus alumnos, sino también una irremediable red de empleos asegurados. Aunque muchos ni siquiera los necesitaran, aquello favorecía el intercambio de negocios familiares y garantizaba relaciones exteriores.

No pensaban aumentar el tamaño y disminuir la calidad; al contrario, se volvieron más exigentes, hasta llegar al punto actual: una lista de requisitos económicos e intelectuales prácticamente imposible, dividida en institutos por género que compartían ciertas clases. Aun así, el lugar estaba prácticamente aislado, facilitando que más que una escuela pareciera un encierro para niños de papi que se salían de control.

—Te puedo enseñar la mejor de las atracciones —comentó Gael desde la esquina del aula mientras acomodaba el tiro de su pantalón azul ceñido, dejando clara la proposición.

—Señorito Jarez, se retira en este momento. Reporte y detención —gritó la monja, escandalizada—. No toleraré ese tipo de vulgaridades en el instituto.

—No me molesta —sonrió coqueta, acentuando la abertura de su camisa de botones mientras echaba el cabello hacia atrás—. Lástima que no me parezca llamativa la atracción —añadió, mirando con desprecio la entrepierna del castaño.

El orgullo de Gael quedó herido, por lo que abandonó el aula con un resoplido.
Majo rió bajo; siempre disfrutaba que le bajaran los humos de grandeza a ese idiota. Carmen, por su parte, ya planeaba la manera más creativa de llegar al cierre de la falda de la pelirroja. Belén observaba la escena, esperando que Carmen dejara de lado sus intenciones. Estaba un poco fastidiada de su comportamiento, no solo por el historial de encuentros sexuales ocasionales entre ambas, sino por la constante serie de problemas que traía consigo cada vez que dejaba a alguna niña rica después de un par de cogidas.

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