La incógnita del teatro

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Un salón ubicado al final de la calle, sumamente exclusivo, oscuro y lleno de extraños espectadores. El telón esta abierto de par en par enmarcando la última escena de la obra. Dos actores se encuentran de pie en medio de una escenografía de época. El rogándole a ella por su amor y ella terminando con la molesta situación.

— Haría lo que fuera con tal de saber que puedo pasar la eternidad a tu lado.

— Yo no.

Acto seguido la actriz clava una daga en el pecho de su compañero y este cae de rodillas al suelo, sin vida. El publico rompe el silencio aplaudiendo de pie unos segundos, hasta que el telón se cierra y el lugar vuelve a perder todo rastro de vida.

La función ya ha terminado pero los actores siguen inmóviles en su última posición detrás de escena.

— ¿Alguien puede limpiar esto? -dijo Marianne, recobrando la compostura.

Un charco de su propia sangre rodea al actor principal, mientras ella se retira del escenario.

— Quiero uno mejor para la próxima función, ese era patético.

Dos asistentes, nerviosos y desprolijos se acercan a la protagonista. Traen ramos de flores a montones y cartas de sus más devotos admiradores.

— Te escucho Rivers. - dice sin mirar al pobre idiota, quitándose el vestuario.

"Marianne, tu puesta en el escenario es algo que siempre nos va a dejar sin palabras. Ojalá algún día pudiera ser quien responda tus diálogos para estar cerca de tu belleza, respirar el mismo aire y..."

— Patético. El que sigue.

"Las estrellas de la galaxia no se comparan a tu presencia escénica, la magia que transmiten tus movimientos y lo embriagadora de tu voz. Todo lo que..."

— Basta, por favor. Voy a vomitar. Déjalas en la caja de siempre. Nunca están de más para encender la chimenea.

Los diminutos y horribles asistentes se retiran sin decir una palabra. Tienen prohibido hablar o mirarla a los ojos sin su consentimiento. Su tarea es acatar órdenes y nada más.

Marianne ya sin vestuario y maquillaje, comienza a retirar los excedentes de su cuerpo. Deja la peluca en una cabeza falsa ubicada a la derecha de su escritorio, guarda las pestañas en un cajón a su izquierda, junto con la replica de manos humanas que cubren sus garras y el par de ojos humanos que segundos antes, ocupaban sus ahora vacías cuencas.

El teatro emana una atracción inexplicable que llama a los mas acaudalados de la ciudad a ver extrañas obras cada martes a media noche. Marianne siempre como protagonista y su compañero, la victima de turno.

Unos tímidos golpes en la puerta seguidos de una voz temblorosa requieren la presencia de la diva.

— Señorita, alguien quiere verla ¿Le digo que pase?

— No estoy en condiciones, Newt.

— Dice que es demasiado urgente...

— Tenemos que hablar, Marianne. -el productor de la obra quedo desplazado para darle paso a él. —Estuviste esplendida.

— Cierra la puerta ¿Por qué no avisaste que venias? – Marianne sostiene su postura, de espaldas al recién llegado.

— Porque no ibas a dejarme verte. Déjame ser parte de tu historia ¡Te lo suplico!

— Serias una leyenda para el público...

— No me importa. Daria mi vida por tener tus manos encima mío cada noche de función.

Marianne no contesto, se quedó inmóvil unos segundos en su lugar ¿En que estará pensando? Truth se acerco a ella impaciente y todo quedo a oscuras. Los asistentes escucharon gritos dentro de la habitación y siguieron en sus tareas como si nada.

Un nuevo martes llego a la ciudad. A las doce en punto comenzó una nueva función. El telón se abrió para mostrar una escenografía vacía que desconcertó a los presentes hasta que una luz despertó los gritos de la multitud. Encima de los asientos y en medio del salón, colgaba el cuerpo de la ultima visita de Marianne, sin ojos y con un extraño liquido oscuro cayendo de sus cuencas.

— ¡Bienvenidos queridos! ¡Bienvenidos a otra noche de oscuro romance! 

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