Prólogo

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Mi corazón iba a mil después de que él pasase a mi lado acariciándome el brazo. Lo miré de espaldas con esa camiseta blanca pegada que tanto le favorecía con el pelo algo despeinado por culpa del empujón de su amigo.

Miró hacia el lado observando al grupo de chicas que había allí, pero yo sabía que, de reojo, estaba pendiente de mí. Suerte para mí que desde allí no podía ver mis rosadas y calientes mejillas ni escuchar mi corazón hiperactivo. Eso no evitaba que me pusiese más nerviosa al pensar que él lo controlaba todo disimuladamente, que estudiaba mis movimientos y comportamientos, que los podría usar a su favor.

Por mi cabeza pasaron esos abrazos y besos en la mejilla, sus manos atrevidas en cualquier roze, todas las veces que me cruzaba con sus preciosos ojos canela que parecían profundizar en mí.

Me giré hacia la única persona que permitía que me viese así mientras respiraba intentando aparentar calma.

—Qué bonito es el amor—dijo Rosa con una sonrisa fantasiosa en la cara.

Hacía unos meses este comentario me habría puesto más parecida a un tomate si cabía la posibilidad todavía, pero en ese entonces hizo que me riese y le diese un pequeño empujón.

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