Prefacio

35 4 0
                                        

Siento las que serán las últimas bocanadas de aire que tome hacerse hueco en mis pulmones. Cada inhalación se vuelve más dolorosa que la anterior; cada expiración más sofocante; cada segundo más insoportable.

Observo el paisaje que se extiende frente a mí. La lluvia, implacable, forma pequeños charcos de agua a mi alrededor. La mezcla de agua y tierra deja apenas visibles las franjas de colores que decoran el puente que yace bajo mis pies y un sonido repetitivo y constante, símil al sonido de un despertador, me recuerda el motivo por el que estoy aquí. Levanto la mirada hacia el horizonte y, más allá de las montañas, la luz del alba parece querer hacerse hueco entre la vegetación. Si no me equivoco, significa que faltan unos quince minutos para que amanezca y otros quince para que salga el primer tren.

Fragmentos de mi vida toman forma ante mis ojos y hacen que mi ritmo cardíaco aumente. Mi corazón parece estar pidiéndome que ponga fin a su penitencia con cada una de sus contracciones.

A modo de respuesta a mis pensamientos, una voz metálica comunica a través de megafonía la salida del tren de las 7:02 y sin perder un segundo más, coloco mis manos alrededor de la barandilla. Me impulso hacia arriba, hasta que consigo aferrarme a la parte alta del muro y ya en cuclillas lucho ponerme en pie, aguantando el equilibrio para no caerme.

El afán de supervivencia humano me deslumbra y estallo en carcajadas.

—¿Qué es lo que te hace tanta gracia?

Una hermosa mujer está parada frente a mí, su semblante serio, sus ojos verdes reclamando mi respuesta.

—Es un bonito día para morir —respondo, todavía con una sonrisa en la boca.
—¿Y entonces, a qué estás esperando?

Sin pensarlo, doy un paso hacia adelante y me veo a mí mismo caer por el abismo del puente de colores. Cierro los ojos y me preparo para la dolorosa caída, pero mi cuerpo no llega a impactar contra el suelo.
La mujer del puente me está sosteniendo entre sus brazos. Tras ella, unidas a su espalda, se intuyen unas majestuosas alas angelicales batiendo a un ritmo lento pero constante.

Ij biv Eve, Varik.

AbaddhonOù les histoires vivent. Découvrez maintenant