El invierno londinense lo congelaba todo. La escarcha se apoderaba de las calles deshabitadas, el viento silbaba entre las cabidas de las casas, la madera de las puertas se helaba y en los tejados se creaban grandes carámbanos que vigilaban los callejones cual gárgolas en catedrales.
La cena estaba lista cuando el señor Wright entró a casa. El aroma del guiso de su mujer, la señora Wright, junto con la calidez del hogar, se sintieron como una cálida caricia en su helado rostro. Colgaba el sombrero de copa en el perchero y se quitaba el largo abrigo mientras escuchaba la música que venía del comedor.
- Hola, cariño, hoy llegas tarde. ¿Mucho trabajo? – preguntaba desde la cocina la señora Wright.
El señor Wright caminó hacia su mujer, dudando un momento antes de contestar, como si analizase su respuesta.
- Sí, querida, un cliente descontento e indignado pedía un reembolso por su compra. – decía el hombre ya apoyado en el marco de la puerta de la cocina. – Qué bien huele.
- He probado una nueva receta, a ver si te gusta. Creo que se me ha pasado el pavo... he ido a poner mi disco favorito, ya sabes, el de Charles Heart, y cuando he vuelto la olla estaba en llamas, menos mal que he sido rápida y las llamas no han ido a más. Pero sí tendremos que comprar una nueva olla. – la mujer hablaba casi de forma frenética sin mirar a su marido, acabando de poner la mesa para servir los platos. – Siéntate, anda.
La señora Wright era muy delgada, no por falta de alimento, más bien por constitución: su madre y su abuela también lo habían sido. Sus ojos eran como el color de la miel, grandes, pero algo apocados. Su nariz estaba en proporción al resto de facciones. El rostro de la mujer quedaba perfectamente esculpido por unos pómulos pronunciados y una perfilada mandíbula. Su tez era como el alabastro, pálida pero bonita y suave como el satén. El color de sus labios, gruesos y vibrantes se asemejaba al vino contrastado con su blanca piel. Cuando sonreía se le marcaban hoyuelos en las mejillas y dejaba ver su dentadura, perfectamente alineada. Pero hacía mucho tiempo que la señora Wright no sonreía.
Aunque no saliese de casa, la señora Wright vestía cada mañana con sus mejores galas y se recogía el largo y castaño pelo en un moño victoriano que le dejaba lucir el camafeo que hubiese escogido a conjunto con el vestido.
Vagaba por las habitaciones de la casa limpiando y ordenando y volviendo a ordenar. Aunque a veces simplemente se sentaba en la butaca del comedor junto a la chimenea y se pasaba las horas leyendo. Leía historias de amor que la hacían llorar, quizás porque anhelaba algo de esas aventuras amorosas en su matrimonio, o quizás porque simplemente tenía ganas de llorar.
Aquella tarde la señora Wright había estado llorando. Sus ojos irritados y su nariz enrojecida la delataban por mucho que intentase disuadirse del juicio de su marido hablando de más y de forma ansiosa.
- ¿Has estado llorando de nuevo, Blanche? – preguntaba el señor Wright a su mujer, ya ambos sentados en la mesa.
- No... ¿qué te lo hace pensar? – hacía la mujer sin mirar a su marido – anda, come patatas, me han salido ricas – le indicaba acercándole la bandeja.
El resto de la cena fue pausada. Parecía que el silencio se había apoderado de la habitación y sólo se escuchaban los choques de la cubertería.
El señor Wright levantaba la mirada del plato de vez en cuando para observar a Blanche. Parecía preocupado, quería hacer contacto visual con su mujer, pero cada vez que lo intentaba ella apartaba la mirada. Él pensaba que ambos eran muy jóvenes para tener un matrimonio tan debilitado y mortecino. Todo se caía a pedazos.
- La cena estaba muy buena, querida. – hacía amablemente el señor Wright.
- El pavo estaba quemado. – respondía desilusionada la señora Wright.
- No, de veras, me ha gustado. Lo quemado le ha dado ese toque... especial. – decía el hombre sonriendo, buscando un atisbo de complicidad en su mujer. Blanche sonrió vagamente.
Ya en el dormitorio el señor Wright avivaba el fuego de la chimenea mientras Blanche se desvestía frente al tocador y deshacía su moño, dejando así caer su largo pelo ondulado por su espalda. Las vestiduras de noche de la mujer tenían una apertura por la parte de atrás y revelaban sus finos hombros y su estrecho tronco.
Mientras se peinaba, podía ver a su marido observándola meticulosamente a través del espejo. Cuando hubo acabado, se acomodó bajo las sábanas y apagó la luz del dormitorio.
- ¿Hoy no lees? - preguntaba el hombre.
- No, estoy muy cansada, me duele la cabeza - respondió Blanche dándole la espalda y con los ojos ya cerrados.
El hombre hizo un intento de acercamiento acariciando la pierna de su mujer debajo de las sábanas y besando su cuello.
- James, me duele la cabeza - respondió tímida Blanche, apartándose molesta por el tacto de su marido.
El señor Wright se apartó indignado, girándose hacia el lado de la pared. Se hizo un silencio sepulcral, sólo se escuchaba un vago aullido del viento.
- Mañana he pedido a la señora Elinor que venga a tomar el té y si no llueve podéis salir de paseo al parque del cementerio, he pensado que te vendrá bien salir y tener compañía.
Blanche abrió los ojos de repente. Ardió por dentro, no quería socializar con nadie y mucho menos con la señorita Elinor que era una mujer pretenciosa de clase alta que lo único que hacía era quejarse de lo mal que limpiaba su ama de casa y hablar de lo bonita que era la vida con hijos. Blanche no quería hijos, a penas sabía cuidar de ella misma. Ella solo quería leer libros y llorar, vagar por su casa sin nada que hacer durante todo el día, a excepción de la cena. No quería compañía, ni ruido, ni té, ni conversar. Se había acostumbrado a ese vacío, la soledad era ahora su mejor compañía.
