El último timbre retumbó a través de las aulas, marcando el final de mi primer día en esta nueva universidad. Recorrí los pasillos laberínticos de un campus que parecía no tener fin, con instalaciones deportivas impecables como jamás había visto y estudiantes corriendo para no perder el bus de regreso a casa. A pesar de que nos habían dado una guía por la universidad, seguía sintiéndome perdido. Todo ese recorrido había sido informativo, pero también abrumador. Muy abrumador.
No quería llegar a casa, aun no conocía a mis compañeros de piso, me moría de vergüenza solo de pensar en vivir con completos desconocidos, pero tampoco podía permitirme un piso yo solo. Antes de regresar a mi nuevo hogar temporal decidí explorar un poco mas. El sol de septiembre brillaba sobre las fachadas de piedra y los jardines bien cuidados, mientras estudiantes compartían risas y conversaciones en mantas bajo la sombra de los arboles.
Mientras caminaba por los senderos creyéndome un verdadero explorador escuche gritos de "MIA" y eso solo podía significar una cosa: voleibol. Seguí el sonido hasta una cancha de voleibol cercana, donde un grupo bastante animado estaba jugando amistosamente. Me quede ahí mirando como todos esos chicos jugaban, me entraron ganas de unirme a jugar con ellos, pero no los conocía y si me decían "vete de aquí imbécil" o un simple pero tajante "no". Parecía un completo acosador mirando mientras me movía entre un árbol y otro.
De pronto la pelota salió despedida del campo de voleibol y rodo hasta donde yo estaba. En cuanto me agache para recogerla sentí todas las miradas del grupo puestas en mi. --¡Oye, pasa la pelota!--Dijo uno de ellos.
Confundido y un poco tenso, no lo escuche bien. Hubo un silencio que duro un segundo o incluso dos pero a mi me pareció una eternidad, obviamente caí en que querían que les pasara la pelota.
--Perdón-- Murmure mientras hice un saque con el balón. La pelota voló con precisión y fuerza hacia la cancha. La vergüenza se apodero de mi y lo único que hice es coger mi mochila con fuerza y alejarme rápidamente del lugar.
--¡BUEN SAQUE!-- grito uno de ellos.
En cuanto gire el primer edificio y perdí de vista la cancha de voleibol, me puse mis cascos y empecé a escuchar Arctic Monkeys para poder relajarme. Decidí que era hora de dirigirme a mi nueva casa mientras dejaba que la música me envolviera y calmara mis nervios.
Llegue a la dirección que me había dado mi hermana mayor, ya que fue ella quien encontró esta casa por pura chiripa, tiene un don para encontrar todo a muy buen precio. Era una casa antigua, de tres pisos, con una fachada de un vibrante azul celeste y unos ventanales que dejaban entrar mucha luz natural, las paredes exteriores estaban cubiertas de enredaderas que subían hasta el tejado.
Toque el timbre y la puerta se abrió rápidamente. Fui recibido por una chica con una sonrisa cálida.
--¡Hola! Tu debes de ser Iván, ¿Verdad? Soy Amelia-- Dijo mientras me daba dos besos en la mejilla.
--Si, encantado, Amelia-- Asentí y sonreí.
--Ven, pasa. Te presentare a Daniel, es otro compi de piso-- Dijo haciéndose a un lado para que entrara.
Entre a la casa y me encontré con un ambiente muy tranquilo y apacible. El recibidor era mas amplio de lo que me esperaba, con suelos de madera y una escalera que conducía a los pisos superiores. En el salón, un chico con gafas y con aire de estudioso me saludó --Que hay, soy Dani--.
El salón estaba decorado con muebles cómodos y funcionales. Un gran sofá en forma de L, frente a el una televisión con altavoces. También, había una mesa de centro de madera y varias estanterías llenas de libros, trofeos y objetos decorativos, las paredes estaban decoradas con cuadros y por fotos enmarcadas, dando un toque personal e intimo al espacio.
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Una casa azul celeste
Teen FictionEntre risas, pijamas ridículos y tardes interminables, cinco amigos navegan por el caos de la universidad, los partidos de voleibol y los amorios En esta historia, no encontrarás grandes aventuras ni fantasías imposibles, sino momentos sencillos y a...
