Veena
- ¿Qué ves aquí?
- Nada
- ¿Y aquí? - preguntó mi psiquiatra, elevando una cartulina repleta de manchas de tinta. Sabía de qué se trataba este test. También sabía que si me estaba sometiendo a esto, era por algo.
- Borrones de tinta. - Me crucé de brazos. Realmente no veía nada más. Sabía que en este exámen la gente suele ver mariposas, osos, asesinos, muerte... pero yo no le encuentro el mínimo sentido a diagnosticar una enfermedad a través de unas imágenes que creó un hombre hace siglos.
- De acuerdo, de acuerdo - El doctor Jonathan suspiró y se elevó suavemente las gafas. Me miró fijamente a los ojos, obligándome a desviar la mirada - Veamos, Victor. Esto no puede seguir así.
- Me llamo Venna. – Afirmé tajante.
- Como quieras, Venna – suspiró — Si no pones más de tu parte nunca sabremos lo que te pasa. – volvió a suspirar -- Tienes que colaborar. Sé que es difícil, pero trata de abrirte con nosotros... - se pasó una mano por la frente y continuó hablando pero dejé de escuchar. Digamos que siempre he tenido la capacidad de desconectar de una conversación. El doctor Jonahan tenía pinta de ser un buen profesional, no como el resto de mis psicólogos.
Mi primera psicóloga fue Dana, a mis cinco años de edad, no recuerdo demasiado sobre ella, excepto que dejó la profesión y se mudó a Los Ángeles tras tres años de terapia conmigo. Recuerdo que solía regalarme dulces después de cada sesión. Luego vendría Lukas, mi segundo psicólogo, con el cual no tuve una buena experiencia. Tras miles de tests diferentes nunca llegó a diagnosticarme nada, simplemente pensaba que yo no era una niña normal y mi familia tenía que asumirlo. Tras esto, mis padres se divorciaron y me mudé con mi padre a Nueva Orleans. Allí, empecé el instituto y dejé de ir a terapia ya que pensaron que "era conveniente", aunque, aun así, asistía a la orientadora de la escuela una vez por semana. Esta misma me recomendó decenas de psicólogos de pago que me podrían ayudar. La primera fue Renny, una cincuentona que trataba de convencerme de que me estaba inventando todos mis problemas ya que tenía "una imaginación prodigiosa", una maravilla. Y el segundo fue Jonathan, mi psicólogo actual que no, aún no había logrado diagnosticarme nada además de depresión, pero al menos me trataba como una adolescente normal y no como una enferma o una cliente. Almenos respecto a mi salud mental.
Así que sí, siempre he estado rodeada de personas con bata blanca tratando de descifrar mis emociones. ¿Es molesto? Me siento una rata de experimentos. De hecho, he participado en estudios de nuevos antidepresivos y calmantes para la ansiedad. Supongo que al menos estoy contribuyendo a una buena causa y no soy una completa inutil con depresión.
-¿Victor? ¿Me estás escuchando? – el doctor Jonathan interrumpió mis pensamientos. Solía pasarme. Tal vez esa era una de las razones por lo cual la terapia nunca me ha surgido efecto, quien sabe-
-Venna. – Volví a repetir.
-¿Me estás escuchando? – preguntó Jonathan por segunda vez. Asentí y pestañeé varias veces. – Venna necesito que pongas de tu parte, por favor. No puedes seguir callado en mis sesiones, sin aportar nada, sin... no sé, explicarme cómo te sientes.
-¡Soy una mujer! – Exclamé tras tantos errores cometidos respecto a mi género. Al segundo me arrepentí de ello y me crucé de brazos. – Lo siento – Susurré, ya que no sabía que añadir. Traté de calmarme a mí misma. Mi pie no paraba de temblar.
-Ni se te ocurra hablarme así o... – Amenazó mi terapeuta. Sí, amenazó. Jonathan era así, si alguien hacía algo que a él no le parecía bien, te llovían las amenazas, al igual que mi padre. – Está bien. Esto es todo por hoy.
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Fairy Kingdom
FantasyDos historias. Diferentes traumas. Mismo Reino. Venna, una adolescente deprimida, descubre que existe un mundo que ella no podía imaginar que era real: El reino de las hadas. El lugar en el que su yo no deprimido descansa de la cruel enfermedad, mi...
