Once.

7.4K 448 12
                                    

El sábado llegó finalmente: el día en que Ian y yo romperíamos un par de reglas e iríamos al recital de Andrew.

Desperté muy temprano, puede ser por nervios, y no logré dormir. Me duché y me puse algo cómodo para variar después de tender mi cama y acomodar el cuarto. Cuando hube terminado, podía escuchar actividad en los pasillos: los pacientes y los enfermeros ya se habían despertado para iniciar un nuevo día.

Salí al comedor y me limité a desayunar en silencio para después ir al consultorio por mis medicamentos. Ese día era el último en el que guardaría las píldoras de Prozac para dárselas al guardia. Cuando terminé de desayunar, vi a Ian entrando. Sus ojos azules reflejaban emoción.

—Hola, Noelle. ¿Lista?

—Creo.

—¿Crees?

—Estoy algo nerviosa —confesé.

—¿Por? ¡Todo saldrá bien!

—¿Lo prometes?

—El plan es perfecto —sonrió.

Y así era. La idea era simple: a las cuatro, mientras todos estaban en el patio de juegos, nosotros nos escaparíamos rumbo a nuestras respectivas habitaciones, a las cinco menos cuarenta y cinco, iríamos al pasillo por donde escapamos la última ocasión, vestidos de cirujanos y después de haberle dado las pastillas al guardia, nos iríamos por el mismo camino del comedor de personal y escaparíamos por la puerta lateral. Afuera tomaríamos un taxi que nos llevaría al recital. Contábamos con el tiempo preciso y contado. El plan era aprueba de tontos, y sin embargo, me sentía nerviosa.

Me fui sola rumbo al consultorio mientras Ian desayunaba y me llevé las pastillas, con la misma excusa de siempre, conmigo. Me encerré en mi alcoba y las puse en un frasco. Miré el reloj que había en mi mesita de noche y vi que me quedaban un poco más de cinco horas. Obviamente, dadas las circunstancias, no me podía quedar tranquila en ningún sitio. Tomé el libro que ahora estaba leyendo (Cien Años de Soledad) y ni siquiera logré concentrarme.

Salí a buscar a Ian y no había rastro de él por ningún lugar. Decidí ir en busca de él a los salones de actividades y lo fui buscando uno a uno, interrumpiendo sesiones y siendo víctima de las miradas furibundas de los encargados, por supuesto. Sin embargo de nada servía, él no estaba en ninguna parte. Me rendí cuando salí del salón de música y entonces vi a Violeta en el pasillo. Ella como siempre me saludó amablemente y yo apenas si ladeé la cabeza, en señal de que la había escuchado.

—¿Buscas a Ian?

—Algo así.

—Está en la sala de visitas.

Me sorprendió mucho que estuviese ahí. En los días que llevaba en el hospital, nunca habían ido a verlo y mucho menos él había mencionado que tuviera familia o algo así. Ian era reservado, demasiado diría yo.

—¿Quieres que platiquemos hoy? —preguntó la doctora.

—No desperdiciaré mi sábado.

—Nunca es un desperdicio hablar con alguien.

—Como sea —gruñí.

Violeta suspira un tanto agotada y se marchó, dejándome en el pasillo. Tomé la decisión de esperar en el pasillo a Ian para ir a comer juntos y antes de que me pudiera sentar, lo vi salir, azotando la puerta a su paso.

Por primera vez, desde el poco tiempo que llevaba de conocerlo, lo veía furioso. Sus ojos azules que en ocasiones se mostraban sarcásticos y burlones, reflejaban, esta ocasión, enojo y desesperación. Quise ir tras él o decirle algo pero ni siquiera notó mi presencia. Me encaminé para seguirlo y entonces vi que una mujer mayor, de unos cincuenta y muchos años salía de la sala de visitas. Se veía cansada y un tanto triste. Cuando pasó a mi lado, apenas si esbozó una débil sonrisa.

Redención.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora