Prólogo: La Pesadilla

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El condado dormía intranquilo mientras la Pesadilla cabalgaba en la noche. Era una noche muy fría, demasiado para ser verano. Hacía ya mucho tiempo que la gente del condado había perdido la esperanza de ver un verano de verdad. La lluvia era fría, tanto que dolía al tacto, pero nunca nevaba ni granizaba, ni siquiera cuando lo hacía en las tierras que la rodeaban. Eso no evitaba que aquella horrible lluvia destruyera los campos y los convirtiera en extensos y vacíos pantanos. Aquella lluvia maldita era el heraldo de aquella espectral presencia que atormentaba los sueños de la buena genbte de Dol, que en el fondo no lo era demasiado.

Sin embargo, aquella noche no llovía. Nunca llovía en la noche de la Pesadilla. Algo que Búfet y Tagin agradecieron. Sostenían una antorcha cada uno, antorchas normales y corrientes que sabían que de un momento a otro podían dejar de serlo. Iban nerviosos y descubrieron que el abrigo era insuficiente para aquella noche de vientos gélidos y escalofrios constantes. Entre ellos, a un par de pasos de distancia estaba Monseñor Aberdato, un sacerdote que combatía con la luz sagrada las bestias que se esconden en la oscuridad. Por ser muy temerosos de los dioses, Aberdato había aceptado que le acompañasen, aunque muchos creen que pagaron a otros por el honor de ir junto a él, sus amuletos sagrados y sus poderosas canciones.

Búfet iba al frente, y su habitual verborrea se enmudeció cuando una luz fantasmal atravesó el cielo como un relámpago, de luz verde. Un relincho la siguió, como el trueno sigue al rayo.

— ¿Monseñor...?-- quiso preguntar pero se no atrevió a terminar la pregunta

— Si, lo sé, estad atentos, la Pesadilla es rápida pero tenemos armas contra sus vilezas — su voz sonaba serena, pero cautelosa. Tantos años de perseguir monstruos en las sombras habían conseguido que viera fantasmas que solo él podía ver detrás de cada esquina oscura.

El relincho sonó más cerca, y el eco viajó por las calles como agua desbocada. Tagin se paró, pero no consiguió alertar a Monseñor, que caminaba delante. Su antorcha se había vuelto azul.

— ¡AQUÍ! — Gritó a todo pulmón Hernon a dos calles de distancia, cuesta arriba. Aberdato miró rápidamente, viendo la antorcha azul de Tagin y luego contemplando su rostro, invadido por el pánico. Se subió la túnica, aferrando a su libro con su diestra y su amuleto de cristal en la siniestra, el cual rodeaba con cuentas todo su antebrazo, y corrió calle arriba con extraña dignidad. No había llegado cuando Adol, hermano de Hernon salió dando tumbos de entre el cruce, asustado como si hubiera visto al mismo Adversario, incapaz de ponerse en pie o dejar de huir. — ¡AQUÍ! — volvió a gritar Hernon, más cerca y apremiante.

Cuando Aberdato llegó un par de antorchas estaban en el suelo, una apagada en un charco y la otra de brillante azul. El gigantesco Hernon mantenía a raya a una enorme y majestuosa yegua negra con la ayuda de una antorcha de fuego azul y una pequeña lanza con la punta brillante.

La yegua tenía crines y cola de llameante fuego azul verdoso y cascos que lanzaban ráfagas de fuego verde al tocar suelo.

— Atrás, atrás — gruñía feroz a la criatura para arrinconarla contra la fachada de una casa más que ruinosa — ¡AQUÍ! — volvió a gritar sin perderla de vista

Abertado, con cautela, abrió su libro. Este tenía letras que brillaban tenuemente en la oscuridad. Alzó su amuleto, un resplandeciente cristal blanco en forma de rombo en un medallón dorado con intrincados grabados simétricos, y con este mirando hacia la Pesadilla comenzó a entonar un cántico.

Nadie entendía las palabras del cántico, ni siquiera Aberdato, ni su maestro, ni su orden ni nadie entendía con precisión su significado o traducción. Habían venido junto con las reliquias de cristal, desde más allá del último horizonte. Pero significaran lo que significaran albergaban un poder inmenso, y esas en concreto herían el cuerpo de la Pesadilla como el fuego a hombres comunes.

El Hilo RojoWhere stories live. Discover now