「 p r ó l o g o / 零の火」† 蛾と太陽の夢

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p r ó l o g o / 零の火」

蛾と太陽の夢

Teofanía: El sueño de una polilla que vuela hacia la luz del sol

Fue durante una primavera sin tiempo, oculta entre las ramas sacudidas por el viento, cuando se manifestó sobre mis sueños aquello que, en términos religiosos, es conocido como «teofanía». Un susurro secreto al alba, obsequio único para mí, de quien nunca he dudado existe también en la luz. Lo sé porque puedo sentirlo en la voracidad de este corazón que bombea mi sangre, que me impulsa a correr a contraviento, y que me mantiene en pie incluso si el Armagedón fue desatado en nuestras tierras. 

En aquel momento, el mundo onírico que se desplegó ante mis ojos era muy similar al nuestro; debido a ello, fue para mí tan confuso, y presiento que en algún invierno habré de narrarlo sin vacilar, al igual que una memoria. Sí, de la misma forma en que ordeno con palabras mis vivencias en torno a la tormenta de fuego que cayó desde los cielos un nueve de marzo por la noche, en mi cumpleaños, sobre el pueblo vecino. ¿Será oportuno enunciarlo? Recuerdo los gritos de mamá pronunciando mi nombre, con la voz desgarrada en hilos rojos. Yo, erguido desde la cima de nuestro cerezo, contemplaba las llamas a lo lejos, propagándose sobre la ciudad vecina.

Mi gesto, casi infantil, dibujado en un lienzo de carmines y sombras, permanecía hipnotizado ante los rastros cenicientos que el humo arrastraba con él. Lo recuerdo espeso, muy caliente, sobre mi nariz y dentro de mi boca como un beso forzado; descubría su furia acrecentada ante los alaridos de un pueblo cercenado, masticado y regurgitado por el fuego. La humillación, la profunda desesperanza. Todo esto ocurría después del estruendo, el rugido de las bombas caídas desde los aviones, detonadas sobre la tierra. Supongo que desde entonces la lumbre se adhirió a mi historia y, por ende, a mi identidad. Había en mi alma también una chispa a punto de incendiarse, por primera... o quizás, por segunda ocasión, pero esta vez impregnada por una magnificencia superior a la caricia inicial. 

Sé que ningún lenguaje humano me permitirá jamás transmitir las sensaciones que despertaban con violencia en mi alma; sé que pretender hacerlo resulta un inminente acto de soberbia. Pero a mí, que poco me importan estas cuestiones, se me ocurren algunos términos como "la conmoción de lo incomprensible", "el horror en su estado más puro", que a menudo se desliza acompañado por una suerte de excitación oscura. Pienso en una iluminación fatídica, como si en aquel instante hubiese descubierto mi calidad de criatura labrada a capricho, subordinada y minúscula en el universo; un ente reducido al puro sentimiento de dependencia o negación respecto a aquel que nos mira desde los cielos. Esta revelación, a menudo denominada «epifanía», significó para mí el miedo. Entonces adopté una posición defensiva.

Impulsado por mis sensaciones, a la mañana siguiente, muy temprano, caminé y caminé hasta encontrarme entre los escombros que una vez fueron hogares, escuelas, tiendas de colores reducidas a carbón. Una peregrinación negra que perduraba a lo largo de cuadras y cuadras. Vi, agitado por el viento que todo lo esparce y acrecienta, decenas de cadáveres carbonizados, apilados sobre las aceras. Recuerdo uno en particular... que había sido en vida un hombre alto. Yacía sobre la tierra, arrumbado y desnudo, por lo que me acerqué a observarlo en cuclillas con el morbo de mis ojos en otredad; el olor de su carne no difería por completo de aquella que gozamos tanto en la mesa. Pasé los dedos por su rostro, por sus brazos. Noté el rigor mortis, un rastro de blancura en los dientes de su boca abierta, el pene negro, sanguinolento, igualmente tieso. Se me ocurrió, de pronto, un ciempiés aplastado. Entonces hubiese deseado, ante el temor de que las llamas arrebatasen algún día también mis memorias, posar para una foto... de pie, manos juntas, con mis sandalias y hakama manchados de polvo oscuro, justo en esa avenida. Sí, porque en el cenit de aquel infierno florecía una belleza aborrecible que sólo yo, iluminado por mi señor, era capaz de comprender incluso si aún me resultaba complejo de aceptar y articular.

Todo esto, sin embargo, pertenece a la realidad que conformó mi adolescencia; un instante vital en el que me preocupaba más resolver la efimeridad del fuego, que la causa humana a sus espaldas, o sus repercusiones en las almas de quienes me rodeaban. No. Allá, en el sueño apocalíptico que mencionaba al principio, los cielos rojizos eran sólo superados en su abominación por una serie de escaleras. Subir, bajar, correr absurdo como una hormiga que se extravía en la espiral de un caracol. Representaba para mí una certeza que debía abrazar a mi padre; no aquel que me crio sobre sus fuertes piernas, sino el extraño que regresó de la guerra postrado en una silla de ruedas. Vi su rostro, similar al mío, avejentado; el cuerpo inválido, con el muñón descubierto que acaricié una noche antes de su suicidio en los cerezos. 

Envuelto en la sensación ominosa enraizada a esta visión, perdido en el laberinto de los mil escalones, descifraba por obra natural, tal vez instintiva que, dentro de semejante panorama, las personas abandonarían su humanidad para convertirse en los monstruos ocultos de sus sueños. Yo, que existía sólo despojado, puesto totalmente a merced de la divinidad; en cuanto conseguía unirme a papá y protegerlo, comprendía el hecho evidente de que, tarde o temprano, yo me habría de transformar en una bestia también. Pensé en qué tipo de leviatán sería, y de inmediato llegué a la conclusión de que debía ser una polilla, inmensa como los cielos, en busca de una luz equiparable a su tamaño: el sol.

Cuando desperté, la tristeza y la convulsión permanecían. Estaba llorando. Bajo la luz azulada del amanecer, volví a inquirir a mis adentros: ¿por qué una polilla y no una mariposa? Pensé, apoyada mi diestra suavemente sobre la fría ventana, que la respuesta era sencilla. Los colores de la primera son opacos, mientras que la segunda presume la vivacidad de sus alas con soberbia. Las polillas roen la madera, las otras sólo nacen para dar vida y ser veneradas. La polilla, hipnotizada, en busca de la luz, muere consumida por la llama. La mariposa no, ella sólo goza de la libertad que le es otorgada en sus breves segundos de vida. Entonces, qué monstruo tan triste debía ser aquel que fallece como un mártir contra el sol, atado y subordinado a las pasiones inherentes a su material genético. Vuela, se estrella y desciende en lluvia ígnea ante la mirada siempre vigilante de la humanidad. Qué fastuoso, también. 

Desde entonces, decidí reconocerlo como mi destino: ¡Ícaro! ¡Un kamikaze! Fui tan afortunado... Luzbel me lo reveló en un sueño de auto-teofanía. Que soy, entre todos, su ángel favorito.

Teofanía: Aparición o manifestación de un dios o de Dios al hombre.

Teofanía: Aparición o manifestación de un dios o de Dios al hombre

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Artista: Suehiro Maruo

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