Prólogo

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El eco de los cascos de los caballos contra el adoquín húmedo aún resonaba en los oídos de Sesshomaru, un niño de cinco años de mirada seria y cabello plateado que se negaba a reflejar el sol.

Aquel día, su familia había decidido arrancar sus raíces de la única ciudad que conocía para plantar su existencia en un lugar extraño, lleno de olores desconocidos y rostros que pronto se volverían cotidianos. Pero para Sesshomaru, lo único que importaba era el vacío que había dejado la mudanza, un silencio que solo se llenaba con el bullicio de los desconocidos. Sin embargo, el destino, caprichoso y tejedor de hilos invisibles, tenía preparado un giro que marcaría su alma para siempre.

Inuyasha, su hermano mayor, tres años más experimentado en el arte de vivir, no tardó en adaptarse. Su carácter impulsivo y su sonrisa fácil, que contrastaban con la reserva de Sesshomaru, se convirtieron en un imán para las almas curiosas de su nueva escuela. Pronto, la casa se llenó de voces juveniles, risas y secretos susurrados al oído. Entre aquel torbellino de nuevos amigos, destacaba una figura que, para Sesshomaru, parecía haber sido tallada por la luz de la luna en un sueño: una niña de rasgos finos y delicados, como de porcelana, con un cabello azabache corto que enmarcaba un rostro que irradiaba una inocencia casi irreal. Sus ojos, del color del café más suave y claro, brillaban con una ternura que desarmaba cualquier coraza, incluso la suya.

Cada vez que ella visitaba a su hermano -y lo hacía con una frecuencia que Sesshomaru aprendió a seguir con la mirada-, el pequeño de cabello plateado encontraba una excusa para merodear cerca de la puerta de la habitación de Inuyasha. Se escondía en las sombras del pasillo, conteniendo la respiración, con el corazón latiéndole con una fuerza que él mismo no comprendía. Espiaba por la rendija de la puerta, observando cómo ella movía las manos al hablar, cómo su risa -una melodía cristalina que se colaba por las rendijas de la madera- hacía que el mundo pareciera más ligero.

No entendía las palabras, solo el sonido de su voz, y eso era suficiente para que su pequeño mundo se sintiera completo. No era curiosidad por la charla de los mayores; era un hambre inconsciente por la presencia de ella, por la luz que irradiaba sin saberlo.

Los años, como el agua que esculpe la piedra, pasaron. Diez años de miradas furtivas, de latidos acelerados cada vez que ella cruzaba el umbral de su hogar, de sonrisas que él guardaba en un cofre secreto dentro de su pecho. Diez años en los que Sesshomaru, ya un adolescente de facciones afiladas y alma profunda, comprendió la verdad que había anidado en su pecho desde aquel primer día: estaba enamorado de ella.

No era el capricho de un niño, ni la admiración pasajera por una belleza externa. Era un sentimiento tejido con cada risa que había atesorado, con cada gesto suyo que había memorizado, con la forma en que su nombre sonaba en su mente como una oración. Ella era el centro de su universo silencioso, y él, un planeta que giraba a su alrededor sin atreverse a pedir órbita.

La revelación cruel llegó una tarde de otoño, cuando el sol teñía de naranja los pasillos de la casa. Sesshomaru se dirigía a la biblioteca cuando, al pasar frente a la habitación de Inuyasha, escuchó las voces de su hermano y su mejor amigo. La puerta entreabierta dejaba escapar fragmentos de una conversación que paralizó su sangre. La voz de Inuyasha, más grave y segura que la del niño impulsivo que recordaba, confesaba con una sinceridad que dolía.

"-Hay una chica... no puedo dejar de pensar en ella. Su cabello es tan oscuro como la noche, su piel parece de porcelana, y sus ojos... sus ojos son del color café más hermoso que he visto. Cuando ríe, siento que todo a mi alrededor se detiene".

El mundo se derrumbó bajo los pies de Sesshomaru. Cada palabra era un dardo envenenado que atravesaba su pecho, porque describían a la perfección a la dueña de su corazón. El chico que siempre había visto a su hermano como un rival en todo -en fuerza, en popularidad, en la facilidad para conectar con los demás- ahora se convertía en su competidor en el único terreno que realmente le importaba.

Un nudo de celos, dolor y determinación se formó en su garganta. No podía permitirlo. No podía perderla, no después de una década de adoración silenciosa. Si Inuyasha también la amaba, el mundo se volvía un campo de batalla y él estaba dispuesto a librar la guerra, aunque su alma quedara hecha trizas en el proceso.

Desde ese instante, la dulce obsesión de Sesshomaru se transformó en una misión. Un plan meticuloso comenzó a gestarse en su mente, frío y calculador como su carácter. Haría lo imposible por ganar el corazón de aquella chica, aunque eso significara traicionar los lazos de sangre, aunque su hermano terminara odiándolo con la misma intensidad con la que él la amaba. Empezó a vestirse con más esmero, a cuidar cada detalle de su apariencia, a mostrar un interés forzado por las aficiones que sabía que a ella le gustaban. Aprendió a sonreír, aunque sus sonrisas le resultaran extrañas en su propio rostro.

Buscaba coincidir con ella en los lugares que frecuentaba, inventaba excusas para cruzarse en su camino, y cada vez que sus miradas se encontraban, sentía que su corazón se partía y se recomponía en un latido.

Pero la competencia no era fácil. Inuyasha, con su carisma natural y su manera despreocupada de ser, tenía una ventaja que Sesshomaru no podía igualar: la espontaneidad. Mientras su hermano hacía reír a la chica con ocurrencias sin filtro, Sesshomaru se esforzaba por cada palabra que salía de sus labios, temiendo que un error lo delatara. Observaba desde lejos cómo ella posaba su mano en el hombro de Inuyasha, cómo compartían secretos al oído, y una llama de desesperación ardía en su interior. Pero no se rendía. Su amor, alimentado por diez años de silencio, era un fuego que no podía apagar con lágrimas.

Una noche, bajo el manto estrellado que había presenciado sus primeros espiés, Sesshomaru se juró a sí mismo con la voz rota por la emoción contenida.

"-Haré lo posible para ganar su corazón, hermano".

La frase sonó en el vacío de su habitación, un susurro que era a la vez una promesa y una sentencia. Sabía que el camino estaría lleno de sombras, que podría perderlo todo -el amor de su hermano, su propia dignidad, quizás hasta la cordura-, pero no podía retroceder. El amor, ese sentimiento que había crecido en las grietas de su infancia, era ahora el único faro en su existencia. Y aunque la tormenta se avecinaba, Sesshomaru estaba dispuesto a navegar hacia ella, con el corazón en la mano y la mirada fija en la única estrella que iluminaba su noche: ella.

Diario de un adolescente enamorado Stories to obsess over. Discover now