Cuando cierro los ojos se van...

By PsiqueMaichen

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Isaac no conoce más allá del internado de monjas donde ha sido criado desde su infancia. Su padre niega que l... More

Nota
Anuncio
Reparto y datos
Carta
Permiso
Daniel
Luna
Necesitas buenos amigos
Salida
Demasiado bullicio
Violeta
Excusas para acercarse a los chicos lindos
¿Tal vez era un fantasma?
Recuerdo
Piano
Adonis
¿Fuga?
Castigo
Ya no había futuro
Ya, bebito
Navidad
Copos de nieve en un lugar secreto
Regalos
El cuento de Isaac
Pesadillas
Terrence
¿No recuerdas?
Conversaciones frías
El pasado coexistiendo con una pesadilla
El inicio de la primavera
Albert
Reviviendo el pasado
Los ángeles enamorados del músico
Las estrellas florecieron
Las ilusiones del amor
El ocaso llegará
Repentina decisión
Mientras esperaba
Lana Fajro
El refugio de las ilusiones del amor
Fiesta de cumpleaños/ parte 1
Fiesta de cumpleaños/ parte 2
Fiesta de cumpleaños/ parte 3
Parte dos del libro
Bach
Milagro
Corazón roto
Fantasmas
Afecto muerto
Una mala decisión
Aroma a rosas
La muerte de un futuro triste
Destellos de otra realidad
Unión
Los amantes
Lo que aprisionan los santos
Él lo sabe
Rumores que son verdades
El anillo
No le debía fidelidad
Falsa calma
La pesadilla de Albert
Tiempos difíciles
Un espacio dentro de otro espacio, donde no existe la vida ni la muerte
La nueva realidad
El final que soñó


El propósito del anillo 

(Epílogo) El camino correcto

Una triste carta

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By PsiqueMaichen

Quería vomitar mi corazón. Me encontraba haciendo vigilancia en la oficina de la directora. Con una vela en mano, Daniel había entrado al cuartito donde archivaban todo. Me ayudaba a buscar algo sobre Bach. Miré a través de la ventanilla de la puerta la tenue luz de la vela, era lo único que me daba tranquilidad ante la penumbra de la habitación. El aroma del lugar era extraño, algo como mirra mezclada con vejez.

—Lo encontré —anunció en voz baja, pero eufórica—. Salgamos de aquí.

Apagó de un soplido la vela y nos escabullimos en silencio hacia el jardín. Terminamos ocultos detrás del tronco de un grueso árbol, buscábamos refugio del viento y el frío. Daniel me entregó una carpeta. Dijo que las monjas la darían por perdida porque era casi imposible entrar en los archivos. Él, con la habilidad de un excelente ladrón, con una ganzúa abrió las puertas y archiveros. Temblaba y rechinaba los dientes de miedo y frío. Era increíble como Daniel me motivaba a hacer cosas que ni ensueños imaginé.

—Me atemoriza saber qué hay adentro —susurré mientras contemplaba la carpeta.

Toqué la montura de mis lentes y me los ajusté.

—Tranquilo, de seguro solo son documentos aburridos. Te informarán más de lo que pueden contar los grises compañeros.

—Gracias, Daniel. Te arriesgaste mucho para ayudarme.

—Para mí es pan comido, colega. —Guiñó un ojo—. Regresa a tu dormitorio, mañana me cuentas qué descubriste.

Entonces, mientras nos despedimos, escuchamos a la distancia un quejido de ultratumba, como si le desgarraran el alma a alguien. Corrimos asustados. Me separé de Daniel, él se fue por el camino de su dormitorio. Con mucha precaución, seguí los mismos pasos que di al salir para entrar. Al pasar cerca de la habitación de las monjas que cuidaban los dormitorios, escuché sus ronquidos profundos. Me pregunté en pensamientos qué monja había soltado el grito.

Cuando volví a mi cuarto, al no tener sueño y estar más asustado que nada, me encerré en el pequeño baño con una vela encendida para leer los documentos.

Vi copia del acta de nacimiento de Bach, fotos de él, su credencial de estudiante, los permisos firmados por sus padres, copias de recibos de servicios de una casa, copias de comprobantes de pagos y reportes de castigos infringidos, eran demasiados. Llamó mi atención que se repitiera constantemente el mismo motivo: «Se le encontró, en la noche, a fuera de los dormitorios con otro alumno». Busqué en los reportes el nombre del alumno, por suerte, una monja con letra de doctor, escribió el nombre en lugar de poner alumno. Se llamaba Albert. No me sonó para nada. Seguí buscando entre los documentos, había demasiados reportes de castigos. Entonces, di con la copia de lo que me pareció una carta escrita a puño. Acerqué la vela y me dispuse a leer. Decía:

«Estoy cansado, demasiado. La rutina de esta prisión me agobia y las monjas no paran de castigarme y someterme al 'tratamiento' que mi padre aprobó. No estoy mal ni enfermo, lo sé. Para el amor verdadero no existen reglas. No quiero seguir en un mundo donde yo esté mal por amar a quien me dicta mi corazón. Me enferman las monjas, locas del mal. Dicen ser admiradoras de alguien que vino a la Tierra a hablar de amor y perdón, pero en su nombre destruyen. Hipócritas. Son demonios vestidos de hábitos. Me arrastran al infierno por aferrarme a mi paraíso. Yo estoy bien, lo sé. Estoy bien. Pero en el mundo donde me encuentro no, por eso debo abandonarlo».

El corazón se me hizo pequeño a leer. Busqué en la carpeta algo más, di con recibos pagados de un tratamiento, no decía mucho, pero la cantidad era exagerada. La breve carta me produjo mucha tristeza. No sabía por qué pasaba Bach, no pude ayudarle ni un poco.

En esa noche no pude dormir. Daba vueltas en mi cama y pensaba en lo leído en la carta. Saqué del armario un libro que escondí en mis abrigos, me puse a leer para distraer mi mente. Mientras estaba inmerso en las páginas, sonó la campana. Era hora de ir a desayunar y después rezar.

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