La tienda de los Breath no quedaba muy lejos, por lo que decidió ir a pie. Caminó con prisa, sin detenerse por nada, mecánicamente. Estaba deseando ver a Mike, el hermano que nunca había tenido. Lo quería tanto, como si ese parentesco fuese verdadero. Llegó en quince minutos, de lo rápido que fue. Consultó la hora en su móvil. Eran las 16:27. Bien, había llegado justo a tiempo. Se quedó esperando en el parque un rato hasta que Mike apareció por el lado contrario al que ella había venido, el camino que llevaba a la tienda de su padre. Levantó la mano para indicarle dónde estaba. Mike alzó la mirada, buscándola. Una enorme sonrisa apareció en su rostro en cuanto la vio. Empezó a caminar en su dirección pero Ever ya se encontraba corriendo hacia el cobijo de sus brazos. Mike acogió con los brazos abiertos. La estrechó y la alzó en volandas, sin dejar de abrazarla, sin que los pies de Ever tocaran el suelo. Así se quedaron un buen rato, abrazados, disfrutando cada uno de la compañía del otro. Cuando se soltaron, cada uno tenía una gran sonrisa en el rostro.
– Vaya, pequeñaja, no sabía que te echaba tanto de menos hasta ahora – dijo Mike, sonriente.
– Pues yo sí sabía que te echaba de menos, bobo – replicó Ever dándole un codazo amistoso en el brazo –. Pero ya veo que tú no sentías lo mismo. Ni siquiera te preocupaste por mí. Ni me llamaste ni nada. Estoy muy enfadada contigo – añadió, frunciendo el ceño.
La verdad era que no sabía si estaba enfadada de verdad o sólo hablaba bromeando, porque sí que le molestaba que Mike no hubiese preguntado por ella, teniendo en cuenta de que sabía que le pasaba algo. Mike le pasó el brazo por los hombros y la atrajo más hacia sí. Empezó a conducirla hacia un banco. Pensó en hacerle una broma y ponerse a hacer pucheros como una niña pequeña, sólo para fastidiarle, pero descartó la idea rápidamente al ver que había mucha gente en el parque. Así pues, se dirigieron a un banco y allí se sentaron muy juntos.
–Sí te he echado de menos, Ever. No digas eso – replicó ahora Mike.
– No, eso es mentira – Si no podía hacer pucheros, sí podía fastidiarle de otra manera.
Mike la contempló fijamente para luego sonreír burlonamente.
– A mí no me mientes. Sé que sólo quieres fastidiarme. Nunca lo has conseguido hasta ahora, y no lo conseguirás llegados hasta este punto. Tengo práctica en leerte el pensamiento, Ever – dijo, con suficiencia.
Ever le dio otro codazo, esta vez con fuerza.
– Ay... – dijo, agarrándose el brazo – ¿Qué te he hecho yo para merecer que me pegues? Eres muy mala, Ever – Ahora era él el que quería hacerle pucheros.
– ¿Por qué no disimulas que te fastidio? Siempre me fastidias tú. Dame una pista para que yo pueda fastidiarte a ti, anda – replicó, enfurruñada.
Siempre, desde que se conocieron, Ever había intentado fastidiar a Mike, ya que Mike siempre la fastidiaba cuando quería. Ya sea diciéndole algo o haciéndole cualquier trampa que no podía anticipar nunca. Ya era hora de que Ever le devolviera la jugada, ¿no? Pues no, no lo conseguía nunca. Desde hace tanto tiempo (desde que se conocieron, más bien), Ever intentaba devolverle las jugarretas. Pero aún seguía en ascuas. El patético intento de hacer pucheros entró en la lista de "Cosas que no logran fastidiar a Mike". Intentó acordarse para escribirlo en la voluminosa lista. Ya dudaba de que algo lograra fastidiarle. Pero, al contrario, la lista de "Cosas que logran fastidiar a Mike" estaba vacía. Y al contrario con Ever.
– Es que no hay nada que me fastidie. Sólo el trabajo. Eso sí que me fastidia – contestó.
– ¡Pero eso no está en mis manos!
– Sí, gracias a Dios que es así.
Se quedó en silencio, fastidiada. Pero el fastidio no duró mucho cuando contempló el rostro de Mike. Un rostro feliz. Sus ojos eran del color de la avellana, amables, pero a la vez, burlones. Era de tez blanca pero para nada pálida y tenía el cabello castaño que le alcanzaba hasta la nuca. No logró quedarse enfurruñada mucho tiempo. Mike le sonrió y Ever le devolvió la sonrisa.
– Bueno Ever, creo que me tienes que contar muchas cosas – dijo.
De repente estaba serio. Y eso que pensaba que podía pasar la tarde con Mike sin tener que pensar en ello.
– ¿No podemos dejarlo pasar simplemente? – dijo, intentando salirse por la tangente.
Mike negó con la cabeza, aún serio.
Ever inspiró hondo, desesperada. Cuando Mike se encontraba serio y quería saber algo, nunca daba su brazo a torcer sin antes tener lo que deseaba. Casi nunca estaba así, pero cuando ocurría, ya se sabía el final cómo acabaría, y con quien sería el ganador. Mike.
Ever volvió a intentarlo, de todos modos. La seriedad de Mike era más soportable que el recuerdo que se le pasaba por la cabeza.
– Mike... es que no quiero hablar de ello. Me hace sentir mal – suplicó.
– Pues compártelo. Eso aliviará tu dolor – replicó.
– Dudo que lo alivie al hablar de ello.
– Eso lo veremos. Empieza.
– Mike...
Mike perdió la paciencia.
– Mira, Ever. No voy a irme sin saber lo que pasó. Ya sabes que no vas a conseguir hacerme cambiar de opinión. Cuanto antes empieces, antes acabarás, y antes podremos pasar el tiempo de una manera mejor que ésta. Ya lo sabes – añadió, con un matiz burlón en su voz.
Vaya si no lo sabía. Inspiró hondo mientras un leve pinchacito que hizo que estuviese a punto de gritar de dolor. No entendía esas reacciones siempre que pensaba en Damen o recordaba cosas que ella odiaba pensar. Intentó ser fuerte, como su difunto padre le había enseñado, y empezó a hablar.