El Sultan - Mi Leon

By AngelicLinsell

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-Lo lamento mi Sultan, pero... No hay nada que pueda hacer. -¡¿Que me estas diciendo? Hurrem cerró los ojos r... More

Cerem
Consuelo
Fiesta
Nevada pt.2
Nevada pt.3
Fuego
Recuperación
La condena pt.1
La condena pt.2
El Pasha y la Sirvienta
Codicia
Orgullo
El Camino Dorado
La primera noche
La mañana llegó
Favorita
Enfrentamientos pt.1
Advertencias sensatas
Parga
Familia pt. 1
Familia pt. 2
Giana
Furia pt. 1
Victoria
Desdicha
Llegada
Propuesta
Sinceridad
Furia pt. 2
Vendetta
Sangre
Problemas Familiares
Tulipán
Frustración
Noches de invierno
Lo mejor
Constantinopla
Pérdidas
Noches
Cerem Sultán
Almuerzo
Incomodidad
Roto
Do you understand... What is happening?
Afirmaciones
Reclamos
Arrepentimiento
Tus gustos
Bandera blanca
Títulos
Amor olvidado
Ibrahim
Aysun
Emisario
Convivencia
Sentimientos
Leones y Gacelas
Complicidad pt.1
Contratiempos
Deberes
¿Que hubiera sido?
Suleiman y Arturo
Ilusiones abandonadas
Amor, amor, amor, amor
Esfuerzo pt. 1
Alcohol
Ibrahim y Beyhan
Esfuerzo pt. 2
Complicidad pt. 2
Complicidad pt.3
Pensamientos
Confusión
El retrato
Despedida
Rutina
Preciosa primavera
Visita
La muerte llega en partes
Llovizna
Palabras dolorosas
Arzú pt.1
Intenciones expuestas
Arzú pt.2
Querida amiga
Mustafá pt.1
Baño de sangre
Panorama
Oraciones
Encierro pt. 1
Fatiga
Resignación
Encierro pt. 2
Salvación pt. 1
Noticias
Arrebatos
Charlas
Primera Impresiones
Salvación pt.2
Buenas decisiones
Salvación pt.3
Adorado pt.1
Adorado pt.2

Nevada pt.1

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By AngelicLinsell


—¡Mi Sultana! —llamó Nurhan despertando a Hurrem.

—¡No vuelvas a hacer eso! —reprendió— me he asustado y eso le puede traer algún mal al hijo del Sultán.

—Lo lamento Sultana —escuchar esas palabras venir de su amiga hacían que su ego se elevara— pero tiene que saber, hoy en la mañana  el Sultán ordenó que no se le diera más que agua a la criada de Mahidevran y ahora ella está arrodillada frente a los jardines sin decir una palabra.

—¿Qué habrá pasado? —se preguntó para levantarse.

La sirvienta estaba postrada a los pies del Sultán, la desesperación le había ganado a su cobardía, la madre Sultana le había prohibido acercarse a Mustafá y el pequeño niño lloraba al no tener a su compañera, así que sin tener opciones la menor acudió al hombre más justo de este palacio.

—Tus manos  están manchadas de la sangre de mi hijo ¿Cómo puedes siquiera pensar en pedirme que te deje seguir a su lado?

—El príncipe estará bien bajo mi cuidado, daría mi vida por él de ser necesaria.

—... Eso no es suficiente.

—Su Majestad... Le ruego que no me separé del príncipe —pidió.

Suleiman suspiró.

—Si estas tan dispuesta a hacer todo por mi hijo tendrás que demostrarlo —sentenció.

—Haré cualquier cosa que el Sultán desee que haga.

—Arrodíllate frente a los jardines, no puedes hablar, comer o levantarte, no hasta que yo lo diga, si fallas te enviaré a una provincia lejana o te venderé a un mercader.

—Lo que su Majestad desee.

Suleiman sonrió notando la persistencia en la voz de la chica.

—Puedes retirarte.

—No tienes que hacer esto —dijo Hurrem mirando a la joven postrada en el piso— Mahidevran está muerta y este es un palacio cruel, no tienes que desgastarte y en cambio únete a mi, sabré pagar tu lealtad —ofreció.

Aquellas palabras le hicieron dudar, estaba realmente cansada y no había pensado demasiado la situación, el calor en el piso la había consumido, el sol quemaba su espalda y la poca agua que le habían dado no era suficiente.

—Ah- —antes de decir algo una brisa fría abrazó su cuello.

Cerem suspiró sonoramente, no dijo nada, no subió la mirada, solo pegó su frente a la tierra buscando consuelo. El no levantar la mirada le impidió ver que a unos metros estaba el Sultán observando la escena.

Con una señal hizo que Hurrem se acercara a él y besó su frente como agradecimiento. Hurrem había dicho lo necesario para tentar a la sirvienta, aunque conservaba la esperanza de que la joven aceptara su propuesta solo para quitarla de su camino.

—¿Mi Sultán? —preguntó Ibrahim al ver como el hombre mantenía su vista fija en los jardines— ¿Cuánto tiempo planea mantenerla allí mi señor? —ya habían pasado tres días y ahora el frío de las noches que predecían el invierno comenzaban a hacer que el Pasha sintiera pena por la sirvienta.

—El tiempo que sea necesario, ella dijo que aguantaría el tiempo que fuese necesario y espero que cumpla su palabra.

—Aún así sigue siendo una muchacha con poca resistencia, la mitad del tiempo yace desmayada en la misma posición.

—Es el precio a pagar por sus pecados —sentenció  observando como la Daye se acercaba al cuerpo de la menor.

—Muchacha, solo resiste un poco más —murmuró alzando su cabeza para que esta pudiera tomar agua— el Sultán-

—Señorita Daye —la imponente voz del hombre erizó la piel de las sirvientas— la madre Sultana pide tu presencia, ve con ella —la mujer asintió.

Cerem abrió sus ojos llorosos para encontrarse con la túnica del hombre frente a ella.

—¿Cuánto más planeas seguir así?  —preguntó mirando el demacrado cuerpo de la joven— si vas a otro palacio estarás bien, incluso si su majestad llega a venderte, me aseguraré de que seas  vendida a un Pasha, solo debes renunciar, tus pecados no pueden ser limpiados.

Ella negó con su cabeza, no se arriesgaría a hablar sabiendo que el Sultán no estaba lejos.

—La nieve se acerca al palacio, ¡No puedes ser tan necia como para dejarte morir de frío! —aquel gritó la hizo temblar, pero aún así no se movió.

—Hasta aquí ha llegado mi piedad por ti.

El hombre se alejó del lugar para volver  al lado del Sultán quien miraba todo desde la lejanía.

—No se rendirá.

—Al menos lo intentaste —se burló sacándole una sonrisa al Pasha.

La madrugada llegó al palacio y el Sultán del mundo apagaba las velas de sus aposentos después de una larga jornada de trabajo, la guerra aún no acababa y la idea de que otros bandos comenzaran a unirse lo mantenían despierto a pesar de las horas.

Sin poder dormir el hombre salió de sus aposentos para ir a los de su hijo quien a pesar de las horas seguía despierto envuelto en lágrimas.

—¿Qué le ocurre al príncipe?

—Su majestad —la sirvienta se inclinó— lo lamento, pero el príncipe no se quiere dormir, le he dado de comer, lo he mecido , pero nada es suficiente.

—¿Eres tan incompetente? ¡Fuera de aquí! Y llama a alguien que sí pueda hacer su trabajo —el hombre tomó al niño en sus brazos y este comenzó a calmarse.

Así estuvieron unos minutos hasta que la Daye llegó al lugar.

—Su Majestad —la mujer cuidó su tono de voz al notar que el niño yacía dormido en la cama.

—Señorita Daye ¿Que es lo que está pasando? ¿Cómo pueden dejar al príncipe con alguien tan incompetente?

—Lo lamento su Majestad, pero esa mujer es una buena criada.

—¿Entonces por qué el príncipe estaba en este estado?

—Me temo que no importa con quien lo deje, el príncipe no para de llorar por las noches desde....

—¿Desde que?

—Desde que fue separado de Cerem, el príncipe tiene pesadillas frecuentemente y era Cerem quien se quedaba con él cada noche para calmarlo.

—¿Y es que acaso ella es la única sirvienta competente en todo el palacio?

—No, pero me temo que es la única con la que el príncipe se siente seguro.

El hombre suspiró antes de mirar los ojos hinchados de su primogénito quien respiraba entre gemidos de angustia.

—Cuida de Mustafá esta noche.

 El hombre salió de la habitación para despejarse y nuevamente sus pasos lo llevaron al lugar en donde se encontraba aquella sirviente, la nieve había comenzado a caer y la joven temblaba, aquella escena le hizo recordar porque la puso allí en primer lugar.

El haber servido a Mahidevran, el no impedir que ésta muriera o que su hijo se lastimara, ella no podía estar junto a su hijo, era demasiado cobarde y eso condenaría a Mustafá, pero no podía retractarse después de haberle perdonado la vida, así que esperaba a que ella muriera por su cuenta.

—Levántate —ordenó— duerme un poco, come algo y mañana vuelve al servicio de Mustafá —a pesar de todo... Ella era la única competente.

El hombre no dijo nada más al ver cómo la joven se paraba con dificultad, simplemente se volteo buscando volver a sus aposentos o eso fue lo que procuró antes de escuchar el ruido sordo que provocó la caída de la menor.

—Allah dame paciencia —murmuró al verla tirada en el suelo.

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