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Colapso

Primera parte

I

- Dime, ¿qué sientes al ver las nubes teñirse de dorado?, ¿qué sientes al ver el sol ocultarse? –preguntó la joven, apartando de su rostro distraídamente un mechón de cabello. En sus oscuros ojos se reflejaba perfectamente el atardecer, tan profundo, tan nostálgico, como un recuerdo que resurge de las cenizas del olvido.

- Siento nostalgia, casi tristeza. Es como si algo se me escapara, un "algo" que nunca tuve –miró a su interlocutora--. Te devuelvo la pregunta: ¿qué sientes?

- Que es un momento efímero. Lo efímero es más precioso que lo perenne, porque te obliga a apreciarlo con más detenimiento y pensar en su belleza.

- Has visto muchos atardeceres.

- Cierto, he visto muchos. Pero ninguno como este. Cada momento es único, igual que los atardeceres. Puedes ver muchos, pero ninguno será igual ni se asemejará al anterior, con ninguno sentirás las mismas emociones, siempre serán distintas, siempre pensarás algo diferente al ver uno –la joven, sentada sobre la hierba, miraba abstraída el espectáculo natural, no dirigía la vista a su acompañante.

    Ambos guardaron silencio y continuaron contemplando, de manera casi religiosa, el atardecer. Con ellos, había tres silencios, el primero, era el que los envolvía, el silencio más denso, el contemplativo, roto únicamente por el lejano cantar de las aves y el suave sonido de la brisa circundante. El segundo silencio, era el que separaba a ambos acompañantes, el silencio de su infinito, aquel que los separaba y unía, que los internaba en el momento de su compañía, en la lejanía infinitesimal de su propio ser, el silencio del infinito que los mantenía en el mismo lugar del espacio-tiempo, pero tan lejanos de sí. El tercer silencio era el que ellos producían, el más denso, el que consumía a los otros dos silencios. El silencio de la espera. El silencio de aquellos que saben contemplar el momento tan efímero de su propia existencia.

    El acogedor manto de la calma los cobijaba en su calor. El crepúsculo se cernía sobre ellos, escondiendo los últimos rayos de sol, que dejaba los vestigios de su luz en las nubes, como una memoria perdida.

- A veces... --dijo la chica--. Me siento vacía... Tan vacía, que siento no ser yo... --sus palabras fueron dichas en apenas un hilo de voz, que se desvaneció, como la llama extinta de una vela, cuyo vestigio es solamente un débil hilito de humo, indicando que allí hubo vida. Palabras, que jamás llegaron a ser escuchadas.

El chico la miró de soslayo, notó que ella ocultaba el rostro entre las piernas. Supo que estaba llorando. Suspiró. La dejó continuar.

Ella alzó la cabeza y se enjugó las lágrimas con un brazo, en la manga de suéter. Cuando se hubo limpiado, permaneció silenciosa.

- Ya ha anochecido, vámonos, tu madre te estará esperando –dijo el chico, levantándose. Ella obedeció, no obstante, su rostro delataba que se sentía compungida--. Anímate –le exhortó--, la familia también es algo efímero. Además, no todos tienen una. Es un regalo inmerecido.

- Pero la familia no se compone únicamente por la unión sanguínea –agregó.

- Eso es cierto, los amigos son la familia que podemos escoger y, hay ocasiones en las que ese vínculo es más fuerte que el de la familia original. Sin embargo, sigue siendo tu familia, y ahí te aman.

- Pero ¿qué pasa si yo no los amo?

- Quizá no hayas aprendido a valorarla –respondió el acompañante, luego de reflexionar unos segundos.

    La chica fue a decir algo más, pero prefirió cerrar la boca. Recordó los años de amistad y el tiempo que llevaban de conocerse, él la conocía mejor que nadie. Por eso, decidió callar. Caminaron en silencio hasta el hogar de la joven, que seguía cabizbaja. Él iba con las manos en los bolsillos de su pantalón, y ella, con las manos entrelazadas sobre los muslos.

    Al llegar, él la acompañó hasta la entrada y llamó al timbre. Fue la madre quien acudió a abrir y lo saludó efusivamente, colmándolo de abrazos y besos. Ambas familias eran vecinas desde hacía más de diez años, forjando una muy sólida amistad.

- ¡Alter, mi niño! Hoy no habías pasado a saludar –acariciándole una mejilla.

- Me disculpo, señora Mine. Estuve haciendo deberes y salí a comprar unas cosas, de camino encontré a su hija y decidí acompañarla. Ahora, he venido con ella.

- Siempre tan atento. Muchas gracias, querido. Mañana haré galletas de chocolate, dile a tu madre que venga por ellas en la tarde, ¿entendido?

- Entendido, señora Mine.

- Muchas gracias por haber acompañado a Lumine. Aprecio mucho lo que haces por ella.

- Somos amigos desde la infancia. Es para mí como una hermana –al finalizar la frase, la miró con un cariño fraterno. Ella lo veía, ladeando la cabeza.

- Estoy en casa, mamá –dijo Lumine, dirigiéndose a su madre, que la recibió con un abrazo.

- Alter, los espero mañana, vengan ambos, por favor. Tengo muchas cosas por contarle a tu madre, y creo que ella también tendrá sus chismes, ¿no? –guiño un ojo--. ¡Ja! En fin, buenas noches, querido. Salúdame a tu familia –se despidió con la mano y entró a la casa. Lumine permaneció en el umbral.

- Descansa, Lumine –levantó una mano y le sonrió.

    Ella solamente lo miraba, como queriendo decir algo, pero se conformó con asentimiento de cabeza. Entró a su casa y cerró la puerta tras de sí, se recostó en ella. "Muchas gracias por acompañarme" –se dijo.

    Por otro lado, Alter abrió la puerta de su casa, entró, saludó a su madre, y fue a su habitación en el segundo piso. Aún no estaba la cena lista. Se dispuso a reflexionar un poco, pero, justo al sentarse en la silla de su escritorio, sintió vibrar su teléfono. Lo sacó de su bolsillo y revisó. Era un mensaje de Lumine.

"Siempre has sido un gran apoyo emocional para mí,

incluso en los silencios. Muchas gracias, Alter."

Lost MemoriesWhere stories live. Discover now