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"El encierro de un pajarito"

Papá trajo a una persona, como si hubiese leído mi rostro se apresuró en aclarar que estaba borracha y que por ello la cargaba en su hombro. Me pareció extraño que estuviera tan lúcido justo al lado de alguien inconsciente, ¿acaso siempre fue tan resistente al licor? Sin embargo, me aterraba indagar con él estando directamente involucrado, por lo que callé el recelo esa noche y me fui a la cama.

Al desayuno, mi padre salió de su habitación sin el invitado, le pregunté si se había ido más temprano y respondió que si, pero el hecho de que llevara una doble porción de comida hacia su habitación a cualquiera le justificaría la incertidumbre.

—¿No viste nada más esa noche? ¿Sangre, por ejemplo?

—Estaba oscuro y estaba cansado, por lo que no puedo asegurar nada, creo que eran las doce de la noche ya que él llegó tres horas más tarde de lo usual.

—¿Recuerdas a que hora te despertaste? ¿Viste algo inusual en lo que llevó Jackson a su cuarto?

—Nueve de la mañana, es parte de mi rutina. Papá llevó cuatro tostadas con mantequilla y dos vasos de jugo de frutilla, nada más.

Esa misma misma tarde, oí a papá enojado, por instinto solía encerrarme en el baño, pero como si la adrenalina me dominara, pegué la oreja a la fría madera de su puerta, algo me incitaba a no tragar mi curiosidad como la noche anterior. Se escuchó un llanto desolado y pasos avecinándose cada vez más cerca a la salida, por lo que me apresuré en huir escaleras abajo.

Tomé mi bicicleta y cuando estaba abriendo la reja, lo escuché llamarme.

—"Jaebeom, hablaremos tú y yo cuando vuelvas, ya conoces tu toque de queda".

—¿Lograste salir? ¿Dónde fuiste?

Apenas mis pies tocaron los pedales fui cuesta arriba a casa de Mark, un amigo de la escuela que vivía cerca. Le conté lo que había pasado en casa aún con los detalles superficiales que hasta el momento manejaba y me aconsejó que, conociendo lo autoritario que papá podía llegar a ser, no hiciera nada imprudente, era mejor callar y observar hasta que fuese el momento oportuno. Nuevamente sentí el cosquilleo en mi estómago y estando de acuerdo con él, volví a casa luego de cenar en su compañía.

—¿Día y hora?

—Dieciséis de diciembre, lo recuerdo bien porque el día anterior comenzaban mis vacaciones de invierno. Mi toque de queda siempre había sido a las nueve de la noche.

Abrí la puerta principal y pude sentir sus pasos bajar las escaleras, como si de un hostigante interrogatorio se tratase, comenzó a preguntarme lo que había estado escuchando y viendo, ¿acaso soy yo el villano en esta historia? ¿por qué pareciese que soy el criminal aquí?

—"No te hagas ideas raras, está por su propia voluntad, se quedará un tiempo y ya".

—¿Entonces no lo admitió al principio?

Obviamente no estuve tranquilo, ni esa misma noche ni la semana que le siguió. Papá no salía  a menos que fuese a buscar comida. Ya ni siquiera tenía tiempo para ser el hombre estricto que era conmigo, lo cual me llenaba de angustia más que de satisfacción. ¿Qué es lo que en verdad estaba pasando?

—¿Día y hora?

—Veintitrés de diciembre por la mañana, era noche buena.

Entonces llegó un día en el que partió, asumí que fue por provisiones por lo que esa arriesgada idea de que tenía suficiente tiempo para investigar se coló en mi mente sin ventanas para escapar. Me acerqué con cautela e intenté abrir su puerta, tenía llave. La intenté forzar, pero más arriba de mi cabeza encontré dos candados con combinaciones, fue evidente que mi oportunidad había acabado tan pronto como había empezado. 

Cuando emprendí mi camino hacia las escaleras, lo escuché a él, como si de un pájaro se tratase, estaba tarareando un villancico como solo un ángel podría hacerlo. Volví y le dije que no se asustara, que podía oírlo, pero fue el mayor error que pude haber cometido, pues no volvió a emitir sonido alguno.

—¿Jackson regresó ese día?

—Si, con varias bolsas de regalos, solo uno era para mi.





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