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Siempre me he considerado un chico normal, a pesar de las obvias incongruencias. El hecho de que mi padre fuera el gran héroe conocido como el Hombre de Acero me pareció una anécdota, no mi identidad. Lo que realmente me alteró fue descubrir que estaba desarrollando los mismos poderes kryptonianos: la visión calorífica, la invulnerabilidad, el vuelo.

Durante años tuve que aprender a controlar mi herencia. Fui rechazado por algunos superhéroes que me consideraban una amenaza latente, una bomba de tiempo con corazón humano. A pesar de eso, logré forjar amistades sinceras. Incluso me llegué a enamorar, pero no de un cualquiera, sino de mi mejor amigo y compañero de equipo, Damián Wayne, alias Robin, el chico que aún no sabe que su supuesto compañero lo ama en secreto con una intensidad que a veces eclipsaba mi propia súper velocidad.

Todas esas aventuras, sin embargo, debían terminar. Lo supe desde el momento en que fui sutilmente rechazado por la cúpula de los Teen Titans-una decisión supuestamente táctica que se sintió como una confirmación de mi peligrosidad. Me sentí desolado. Mi abuelo paterno, el mismísimo Jor-El (cuya conciencia vivía en la Fortaleza), llegó con una propuesta tentadora: un retiro en el espacio para dominar mi herencia. La rechacé. ¿Por qué? Aún lo ignoro. Algo dentro de mí, un instinto primal, me decía que me negara.

Una noche, durante una práctica de vuelo en solitario, perdí la concentración en un momento de ansiedad y caí en picada. Aterricé torpemente cerca de una cueva oculta, velada incluso al ojo kryptoniano. Al adentrarme en la oscuridad húmeda, descubrí un secreto cósmico: una Piedra de Origen, una fuente de poder ancestral con el potencial de destruir o recrear el universo.

Pensé en llamar a mi padre, a la Liga, pero no lo hice. El instinto que me hizo rechazar a mi abuelo me detuvo. En su lugar, hice algo de lo que me arrepentí al instante: hice un trato con ella. No era una voz, sino una resonancia psíquica que prometía control y poder absoluto. A cambio de la seguridad, la Piedra me imbuyó de su esencia. En contra de mi voluntad consciente, me dio partes de sus poderes de oscuridad, corrompiéndome y convirtiéndome en parte de ella.

La piedra inerte se transformó. Se cristalizó en una Flor de Loto Negra de exquisita belleza y filo cortante. La dejé en esa cueva y huí, sintiendo un frío alienígena en mis venas.

Creí que podía controlar mis nuevos poderes, pero la oscuridad crecía. Era como un segundo corazón latiendo con malicia. Llegó un momento en que la perdí por completo. En un estallido de energía sombría, lastimé a mi mejor amiga, Katy. No fue grave, pero la visión de su terror fue la gota que derramó el vaso.

Esa misma noche, mientras mis padres dormían, empaqué mis pocas pertenencias. Me fui por la ventana y volé directamente al hogar de la persona que más amaba, la única ancla que me quedaba.

Me senté en el alféizar de su ventana. Me puse a observar el cielo de Gotham, buscando paz. No tardó mucho en que la ventana fuera abierta con un chirrido familiar.

-Que yo sepa, no tenemos ninguna misión hoy- Damián dijo con su típica actitud de mil demonios, enfundado en su pijama de seda negra.

Su comentario me hizo sonreír, pero no lo voltee a ver de inmediato. Me concentré en ver las estrellas, cada una de ellas una promesa de un lugar que no era aquí.

-Me tengo que ir- Le dije, sin rodeos ni mirarlo.

Él suspiró, la frustración habitual al tratar conmigo -Jon, si fue por lo que pasó hoy, eso fue un accidente. Tú no...-

No lo dejé terminar. Lo miré a los ojos, mis propios ojos llenos de una convicción dolorosa.

-No es por eso, Damián. Es que yo... yo no pertenezco aquí. Yo soy una amenaza, y hoy eso fue más que comprobado-

Desde la Oscuridad de Nuestro Amor Stories to obsess over. Discover now