Un vendaje extenso cubría mi descolorido abdomen. Mis oídos captaban poco a poco el típico sonido del monitor de pulso que se ubicaba a unos centímetros de mi lecho. Mis párpados se abrían lentamente dejando atrás la intriga de saber dónde rayos me encontraba. Aún seguía vivo.
El dramatismo siempre había sido mi fuerte, o mejor dicho, lo es, hasta el día de hoy. Y fue eso mismo lo que me condujo a pensar un momento en que no sobreviviría terminada la noche. O tal vez, no quería hacerlo. Después de todo, la fiesta no se acaba hasta que se acaba, claro, si es que antes como medida de prevención amordazan al anfitrión gruñón para que evite arruinar la velada. La voluntad de querer despertar reposaba sobre mí de buenas a primeras. Mamá había sido muy clara, aún quedaba mucho camino por delante. No tenía que ser el fin del mundo.
El año transcurrido no me acostumbró a la rutina que venía ejerciendo desde tiempos remotos, y es que el constante cambio de mi suerte me llevó a cuestionar mucho mi destino. ¿Lo ven? Dramatismo. El bombardeo de preguntas nunca se hacía esperar. ¿Por qué a la vida le gustaba jugar con la mente de las personas, en especial con la mía? ¿Qué más faltaba? ¿Una patada en la entrepierna para obligarme a aceptar la cruda realidad? Quizá lo necesitaba, puesto que después de aquel accidente, mi verdadero yo se hallaba listo para esperar lo que sea de quien sea.
Atisbé las cosas a mi alrededor. Al guiarme por sus tonalidades claras y por lo limpio que estaba todo, caí en cuenta de que todavía continuaba en el cuarto de hospital. Resoplé despacio y me incliné hacia delante con lentitud. De manera inmediata, noté la presencia de mi padre, que asombrado, se levantó de su silla mientras sostenía el abrigo que descansaba en su regazo. Sin poder contenerse, se acercó a darme un abrazo. Me sorprendió su forma de actuar. Jamás había sido tan cariñoso, sobre todo con su hijo mayor, el decepcionado.
- Al fin despertaste, Hemmet - me dijo. Al separarse distinguí en su mirada el regocijo y la preocupación en conjunto. Tomó una de mis manos y la apretó algo tembloroso. Había más emociones de las que pudiera sonsacar en ese instante. No todos los días tienes la oportunidad de ver a tu hijo si es que un problema de gran magnitud interfiere -. Temí lo peor, no-no iba a soportar si...
- ¿Al fin desperté? ¿Cu-cuánto estuve inconsciente?
- Fueron... un par de días. Pero ya estás aquí. El doctor dijo que podía quedarme contigo, que esperara a que abrieras los ojos porque no faltaba mucho - me dio unas palmaditas en los dedos - Me contaron lo que sucedió... - cambió el tono de su voz y la expresión en su semblante -. La policía aseguró que los atraparán tarde o temprano.
- Vaya - suspiré aliviado pasándome una mano por el cabello, aunque de cualquier modo me tenía sin cuidado. De repente, noté cómo mi padre se aferraba a mi otra mano transmitiendo angustia y alguna clase de redención. No era natural. Quería verse... distinto -. Papá, no necesitas ponerte así, con que estés aquí es suficiente para mí.
- Yo eh... fui un estúpido, hijo - titubeó. Agachó la mirada y sorbió su nariz -, no sabes cuánto me arrepiento de todo lo que pasó. Sé que no hemos podido hablar de eso, pero...
- Ya no es necesario que lo menciones, de verdad - me mostré comprensivo asimilando el hecho de que conversaba con él sin remordimientos ni rencores. Ya no podía odiarlo, no después de lo reciente -. Es bueno que al menos hayas reconocido lo que hiciste mal.
Y entonces, me detuvo el clásico ardor en los ojos.
- ¿Qué pasa?
- Es mi vista, me quema...
- No te vayas a frotar mucho. Ponte tus anteojos - me los señaló. Estaban al costado, en una mesita -. Los necesitarás cuando dejen pasar a tus amigos. Que yo sepa no te gusta estar frente a nadie sin gafas.
- ¿A mis... amigos? ¿Mis... mis amigos vinieron?
- Claro, están afuera y ansiosos por entrar. Llegaron en la mañana y dijeron que no se irían hasta que volvieras.
- Un segundo, ¿a cuáles amigos te refieres? - tartamudeé de la impresión y con cierto disimulo sobre mi entusiasmo. Nunca imaginé que les importara tanto.
- Pues, sus nombres... me dijeron que son... Nathalie, Tomás... Sofía, Arturo, una tal ¿Danae? Y... otra chica... No la conozco bien, pero parece que los muchachos sí.
Mentalicé sus rostros con la emoción a tope. ¿Cómo reaccionarían al verme? ¿Cómo reaccionaría yo al verlos? Parecía una eternidad, incluso después de haber finalizado el año, reencontrarme con sus caras era algo que no veía posible. Era parte del grupo de pesimistas que decía que nunca nos volveríamos a ver terminada la secundaria. Luego, pensé en esa chica que había mencionado papá.
- Y esa otra chica, ¿cómo es...? ¿Cómo es ella?
- Pues... será... de unos sesenta, cabello negro, largo, blanquita. Se veía muy angustiada por ti, incluso más que los otros.
Más que los otros.
No podría ser otra persona parada detrás de la puerta que calzara con las mismas características. Para ustedes pueden haber miles de chicas con los mismos rasgos, pero para mí existía solo una. Me acordé de lo ocurrido entre ambos y de la tensa situación en la que nos encontrábamos. Me acordé de su rostro, del brillo en sus pupilas y de sus mejillas rosadas. Me acordé de aquel día, de lo que me enteré aquella tarde. Me acordé de lo que me contó Ian y fue entonces cuando una serie de extrañas sensaciones recorrieron mi herido cuerpo. Esbocé una sonrisa y no tardé mucho en ruborizarme. Fue imposible no querer llorar.
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Cuando Despierto: Trazos en papel
Teen FictionHemmet Mimbela es un muchacho como cualquier otro que está a punto de experimentar la fase final de su adolescencia. Cursando ya el último año de la secundaria, Hemmet se ve enfrascado en una lucha constante consigo mismo, con sus emociones y con su...
